En nuestra entrega anterior, analizamos cómo la llamada «innovación tecnológica de frontera» y la concentración del control de los algoritmos de Inteligencia Artificial en órbitas ajenas plantean el riesgo latente de una exclusión operativa para el ciudadano común y el emprendedor de a pie. Señalamos que la respuesta ante ese tablero internacional asimétrico no reside en la parálisis, sino en revisar la forma en que nos conectamos emocional y funcionalmente con las herramientas de hoy y del mañana. Sin embargo, el fenómeno tiene una segunda capa, acaso más silenciosa y peligrosa: el riesgo de enfrentar, ya no una exclusión impuesta desde el exterior, sino una sutil y voluntaria renuncia a nuestra propia autonomía cognitiva.
El detonante para esta reflexión proviene, paradójicamente, de la sátira. En su columna Bartleby, la revista británica The Economist publicó recientemente un agudo ejercicio de ironía corporativa titulado «How to sell a kettle» (Cómo vender una tetera). El texto parodia los excesos del marketing contemporáneo al intentar reimaginar un electrodoméstico básico a través de los clichés de moda. Entre los prototipos satíricos destaca la «KetGPT», una tetera supuestamente revolucionaria diseñada para la era de los «agentes autónomos». Con ella, el usuario no necesita interactuar con el agua ni confiar en sus sentidos; basta con abrir una aplicación, ingresar credenciales y delegar la orden. Incluso, el sistema permite preguntarle al aparato, vía texto o voz, «cómo va el proceso de ebullición», para que este responda de manera completamente autónoma (con costos de tokens no incluidos, por supuesto).
Detrás de la carcajada que provoca la parodia, se asoma un quiebre ontológico fundamental. La metáfora de la tetera autónoma ilustra a la perfección el fenómeno de la «pericia prestada» (borrowed expertise). Al automatizar las tareas más básicas y cotidianas —el «trabajo pesado» o grunt work en el que tradicionalmente los seres humanos desarrollamos la intuición, el oficio y el criterio independiente—, la tecnología nos promete un ahorro de esfuerzo que, en el fondo, opera como una expropiación de nuestra capacidad de aprender.
Cuando un profesional, un estudiante o un ciudadano confía a ciegas en que un algoritmo resuelva la estructura, el análisis o la redacción de sus asignaciones de forma autónoma, el resultado inmediato puede parecer exitoso, pero el conocimiento sigue siendo ajeno. Se genera la ilusión de maestría porque el reporte está sobre la mesa o el agua ha hervido, pero el músculo del juicio clínico, estratégico o financiero se atrofia por desuso. Nos convertimos en observadores pasivos, dependientes de un tercero tecnológico para que nos valide el entorno. Es la misma desconexión existencial que la revista ridiculiza en otro de sus prototipos, la tetera «Kato», enfocada en el bienestar, la cual viene equipada con un sensor portátil diseñado, irónicamente, para avisarle al usuario «si todavía sigue vivo».
Si en el plano macroeconómico el peligro es quedar al margen de la infraestructura del tejido financiero global, en el plano humano y microeconómico el peligro es la automatización de la conciencia. Quien externaliza su capacidad de pensar y resolver la operatividad básica, renuncia también a la construcción de su propia autonomía. Pierde la facultad de leer el entorno, de procesar la incertidumbre y de cultivar esa fina intuición que ninguna base de datos puede replicar. Es, en última instancia, el surgimiento de una figura tan silenciosa como riesgosa en la dinámica productiva: el autómata funcional; un observador que se mueve por inercia en la economía, anestesiado en su propio criterio.
La Inteligencia Artificial acelera los procesos, optimiza las métricas y, metafóricamente, enciende la tetera. Pero el criterio para decidir qué hacer con el agua, el valor humano de la conversación que se genera a su alrededor y la autonomía de nuestro propio arbitrio siguen siendo territorios exclusivamente nuestros.
Frente al avance indetenible de la tecnología de frontera, el mayor desafío del ciudadano común no es solo defender su bolsillo frente a los decretos de las grandes potencias; es defender su mente de la comodidad anestésica de los algoritmos, asegurándose de que, en el afán por automatizar el entorno, no termine automatizando su propia existencia. Y usted, en su día a día, ¿cuántas de sus decisiones está tomando desde el músculo de su propio criterio y cuántas desde la comodidad anestésica de una pericia prestada?.
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