Por años creí que el mundo que soñaba se construía desde lo público. Es la razón por la que mi primera vida profesional estuvo profundamente vinculada a la política y a lo social. Había en mí una convicción genuina que ese era el ámbito desde donde podía contribuir a transformar la realidad.
Hasta que algo cambió.
A comienzos de los años 2000 tomé una decisión que, en su momento, no terminaba de entender: salir de ese escenario y comenzar a aportar valor desde otro lugar.
Elegí la empresa. No como lugar de tránsito, sino como territorio de posibilidad.
Con el tiempo, entendí algo que hoy me resulta evidente: las empresas no son solo entornos de trabajo. Son espacios de convivencia.
Laboratorios donde todos los días ensayamos la forma en que aprendemos a relacionarnos. Es decir, verdaderas comunidades.
Y quizá por eso, cada vez me hace más sentido pensar que el mundo que queremos construir también se juega ahí.
Guerra o paz: lo que realmente ocurre dentro de las organizaciones
Las empresas no son espacios neutros. En ellas se configuran dinámicas humanas profundas. Y, aunque no sea obvio, en su interior conviven dos formas muy distintas de relacionarnos.
Por un lado, patrones que podríamos reconocer como formas de guerra. Aparecen en el control excesivo, en el miedo como mecanismo de gestión, en la desconfianza, en la competencia que fragmenta, en la presión que deshumaniza, en conversaciones que buscan imponer más que comprender. Son espacios donde las personas aprenden a protegerse, a callar, a adaptarse para sobrevivir.
Por otro lado, existen organizaciones donde se cultivan formas de paz. No una ingenua o complaciente, sino una paz activa, que se forja en la dignidad, en el respeto, en la posibilidad de disentir sin ser castigado, en la conversación honesta, en el cuidado mutuo y en la responsabilidad compartida. Espacios donde es posible decir lo difícil sin miedo, donde la exigencia convive con el respeto, donde las personas pueden desplegarse sin dejar de ser quienes son.
Estas dinámicas no dependen de grandes declaraciones. Se juegan en lo cotidiano. En cada conversación, decisión, interacción. Lo más interesante y desafiante para mí, es que no son excluyentes. En una misma organización -incluso en un mismo equipo- pueden coexistir ambas. Se trata entonces de una elección permanente.
La pregunta, antes que si una organización es de guerra o de paz, es:
¿Qué tipo de dinámica estamos cultivando todos los días con la forma en que lideramos y nos relacionamos?
La empresa como espacio donde emerge lo humano
Durante mucho tiempo, la empresa ha sido vista principalmente como estructura de producción, eficiencia y resultados. Un lugar al que vamos a trabajar, cumplir objetivos y generar valor económico.
Esa mirada se queda corta. En las empresas no solo producimos bienes y servicios. En ellas aprendemos a convivir: qué significa el respeto, qué lugar tiene la diferencia, cómo se gestiona el poder, qué se hace con el error, qué valor tiene la palabra.
Ahí se configuran formas de relacionarnos: cómo abordamos los desacuerdos, cómo ejercemos autoridad, cómo colaboramos o competimos, cómo incluimos o excluimos.
Las organizaciones modelan comportamiento humano. Y ese aprendizaje no se queda dentro de sus muros. Se traslada a la forma en que interactuamos en casa, a cómo participamos en nuestras comunidades, a la manera en que miramos -y tratamos- a otros en la sociedad.
En ese sentido, son espacios donde se entrena la forma en que habitamos el mundo.
Reducirlas únicamente a su dimensión económica no solo es limitado… es peligroso, porque invisibiliza la gran influencia que tienen en la forma en que construimos -o erosionamos- la convivencia. Desde ahí, su impacto es profundo.
En mi artículo anterior, mencioné que algunas empresas tienen un alcance que trasciende ampliamente sus propios límites. Lo que ocurre dentro de ellas influye en personas, comunidades y entornos. Desde allí emerge también una responsabilidad. Las organizaciones, querámoslo o no, forman ciudadanía.
Y lo hacen todos los días de maneras muy concretas. Desde la coherencia de sus prácticas.
En cómo se practica la justicia y la equidad. En la forma en que se sostienen relaciones sanas y sostenibles con colaboradores, clientes y proveedores. En cómo se negocia, se compite y se colabora sin perder de vista la dignidad del otro. En las decisiones que se toman cuando el beneficio económico convive con el impacto humano y social.
También en la forma en que la organización se relaciona con lo público. En cómo contribuye -desde su lugar- a fortalecer instituciones, comunidades y tejido social.
Porque hay momentos en los que cuidar el todo implica tomar decisiones exigentes, incluso impopulares. Y también ahí es posible actuar con respeto, transparencia y sentido de responsabilidad.
Ahí también se construye confianza y paz.
Liderar es elegir el tipo de mundo que se crea
Si las organizaciones son espacios donde se construyen dinámicas de guerra o de paz, entonces el liderazgo deja de ser solo una cuestión de resultados. Se convierte, inevitablemente, en una responsabilidad humana.
Liderar es, sobre todo, lo que otros experimentan cuando están con nosotros. Es co-diseñar mundos a los que queramos pertenecer, cultivar los estados de ánimo apropiados para el logro de los objetivos y modelar formas de relación.
El tono de una conversación, el cómo se gestiona un conflicto, la manera en que se ejerce poder, el tipo de preguntas que se hacen o que no se hacen.
Todo eso genera cultura. Y esa cultura, muchas veces invisible, es la que define si un espacio se vuelve seguro o amenazante, expansivo o limitante, humano o deshumanizante.
Se trata de lo cotidiano más que de grandes gestos. De cómo se da feedback, se escucha, se sostiene la tensión sin romper al otro y se toman decisiones cuando hay algo en juego.
Porque es ahí, en esos momentos pequeños y aparentemente insignificantes, donde se revela el tipo de liderazgo que ejercemos.
La forma en que se ejerce el liderazgo importa.
Un liderazgo centrado en el control o el paternalismo modela dependencia. Un liderazgo de servicio, en cambio, promueve autonomía, dignidad y responsabilidad compartida.
Y, con él, el tipo de mundo que estamos contribuyendo a crear.
La paz como práctica cotidiana
Cada decisión, cada relación y cada forma de operar van configurando un tipo de mundo. Uno donde el desarrollo puede ir de la mano del cuidado, el logro puede convivir con la dignidad y el crecimiento puede ser también sostenible y humano.
Cada vez que una empresa desarrolla a sus personas, no solo está formando mejores profesionales. Está contribuyendo a formar personas empleables que pueden hacerse cargo de su propio destino.
Y cuando fomenta responsabilidad, autonomía y criterio propio, está formando ciudadanos más libres, capaces de pensar por sí mismos, sin depender de figuras paternalistas o liderazgos salvadores.
Cuando se crean espacios donde las personas pueden hablar, opinar o disentir, se está cultivando la capacidad de ejercer la propia voz y de convivir con la diferencia sin excluir.
Cuando se promueven equipos autónomos, proyectos colaborativos o espacios de participación, se está enseñando a las personas a organizarse, a asumir responsabilidad y a ejercer un rol activo en lo común.
Cuando se construyen acuerdos en medio de miradas distintas -por ejemplo, en una negociación con un sindicato- no solo se gestionan intereses. Se vive, en tiempo real, la capacidad de diálogo, de reconocimiento del otro y de construcción colectiva.
Cuando una organización actúa con justicia, cuida la equidad, cumple sus promesas y construye relaciones sanas con clientes, proveedores y aliados, está modelando formas éticas de operar en el mundo.
Cuando apuesta por el desarrollo de nuevos emprendedores -como lo anunció recientemente Empresas Polar al impulsar la creación de, al menos, 1000 nuevas empresas en Venezuela- está fortaleciendo el tejido productivo, promoviendo la sana competencia y contribuyendo activamente a la construcción de futuro.
Cuando una empresa abre oportunidades a pequeños productores, integra a nuevos proveedores o cuida el cierre del vínculo con sus colaboradores, está diciendo algo sobre cómo se construye sociedad.
Y cuando, además, decide poner su escala, sus capacidades y su red al servicio del desarrollo de otros -como ocurre, por ejemplo, cuando Walmart Chile impulsa proveedores locales o programas de emprendimiento- no solo está creciendo como empresa. Está contribuyendo a generar oportunidades y fortalecer el tejido productivo.
En España, decisiones como las de Mercadona, que ha optado por no abrir en domingos y festivos, hablan de una forma particular de entender el trabajo que trasciende la operación.
Una manera de cuidar el descanso, la vida personal y la dignidad del trabajo, que también define el tipo de cultura que se construye.
Nada de esto es menor.
Porque, en el fondo, muchas de las capacidades que sostienen una sociedad más libre, más consciente y más democrática… se practican todos los días dentro de las organizaciones.
Ahí es donde también se construye -o se erosiona- el capital social: esa red invisible de confianza, colaboración y sentido de lo común que hace posible que una sociedad funcione.
Y, al mismo tiempo, sabemos que no siempre ocurre así.
Existen prácticas que van en la dirección opuesta.
Cuando una organización normaliza relaciones desiguales, cuando precariza, cuando evita hacerse cargo de sus compromisos, cuando invisibiliza o discrimina, no solo afecta resultados. Afecta personas. Y, más profundamente, debilita la trama invisible de confianza que sostiene la convivencia.
Por eso, más que juzgar, la invitación es a mirar con honestidad. A reconocer que cada práctica, por pequeña que parezca, deja huella. Incluye o excluye. Dignifica o reduce.
Y desde ahí, elegir.
Las organizaciones son, quizás, uno de los lugares donde más tiempo pasamos, influimos y somos influidos.
Por eso, pensar en ellas como lugares donde se construye paz no es ingenuo. Es profundamente necesario.
El mundo que queremos no se decreta. Se practica.
Y, muchas veces, empieza ahí.
La pregunta, entonces, es: ¿Qué tipo de mundo estamos ayudando a construir, cada día, desde los espacios que habitamos?
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