No hay imágenes ni relato que prepare a quien va por primera vez a La Guaira después del trágico 24 de junio, tampoco a los que han regresado más de una vez. La devastación golpea con la misma fuerza el corazón de quien guarda algún recuerdo feliz allí. A tres meses del doble terremoto, el aire denso ya no hiede a la descomposición de los cuerpos, sino al polvo por la remoción de escombros que lo cubre todo. Donde antes se alzaban edificios residenciales frente al mar, hoy solo queda la vista desnuda de El Ávila y terrenos planos marcados por un mismo aviso: «Propiedad privada. Propietarios organizados».
La caída del comercio
Los comerciantes de los sectores Macuto y Caraballeda se debaten entre el respeto al luto y la urgencia de reabrir las playas para reactivar el turismo en el estado. Linethe Fares, de 50 años de edad, es la dueña de la arepera El Rincón del Mileniun, ubicada en la avenida Intercomunal de Macuto. Es un negocio con 55 años de tradición familiar, famoso gracias a sus emblemáticas empanadas de chipichipi con cazón. Abrieron al octavo día del sismo, pero sus ventas hoy se han desplomado más del 50%. «Al principio fluía porque había rescatistas, la dinámica de la emergencia traía gente, pero ya todo decayó, esto se está quedando muy solo«, comenta Linethe.
Roger tiene 28 años viviendo en el sector La Llanada y en su local también vende productos de la cesta básica, refrescos y agua. Aunque el negocio se mantiene gracias a los vecinos que quedan en el sector y algunos amigos, indica que sus ventas bajaron en un 60%. Sumado a esto, afirma que la gobernación del estado carece de la más mínima sensibilidad tributaria frente a la catástrofe.
«Al mes del sismo recibí una inspección de Sanidad exigiéndome modificaciones estructurales en el local, cosas que son insensatas desde todo punto de vista. No hay sensibilidad de parte del ente gubernamental para decirle al comerciante: ‘Esta es la ayuda, vamos a exonerar, vamos a flexibilizar o el canon va a bajar’. Eso no ha ocurrido y golpea mucho, porque si las ventas bajan un 60% y se sigue pagando el tributo tal como está, afecta severamente. Tengo un sistema fiscal homologado; por más que quiera no le puedo mentir al fisco, y prefiero eso antes que una multa. Las multas son en euros y me quitan toda la rentabilidad», expresa.
Las arepas de Margaret
En Mare Abajo, las playas y los comercios siguen con las santamarías abajo. La única excepción es el famoso local Las arepas de Margaret, que tras reabrir sus puertas el pasado primero de septiembre se convirtió en el único punto con afluencia de gente en todo el sector. Sin embargo, registran un marcado contraste en sus ventas. Antes del terremoto despachaban más de 500 arepas al día; hoy Margaret comenta que sus ventas se han desplomado a la mitad. A pesar de ello, sigue pagando los impuestos a la gobernación al 100%
Pero el saldo de la tragedia va mucho más allá de las cifras económicas. Su primer local, ubicado en la avenida El Ejército, en Catia La Mar, lo perdió por completo. Cuatro de sus empleados fallecieron.
Las ventas agonizan en Caribe
En Caribe apenas se sostienen al menos ocho comercios en medio de decenas de edificios colapsados. La estación de servicio de la zona, ubicada frente al centro comercial Costa del Sol, se ve obligada a cerrar a las 6:00 pm porque hasta esa hora trabaja el transporte.
En medio de ese paisaje desolado intenta sobrevivir José Alfredo Azuaje, de 55 años. Su histórico negocio, la Cerrajería Alfredo, desapareció en el instante en que el edificio Roca Park colapsó y se tragó los dos primeros pisos. «27 años de trabajo los perdí en 39 segundos», expresa.
Sin embargo, el golpe material pierde importancia frente a su verdadera tragedia. Su hijo de 28 años y su nieto de 15 años quedaron tapiados bajo los escombros del edificio Gradisca. José Alfredo tardó 16 días en rescatar los cuerpos con sus propias manos.
Hoy, aferrado a una resiliencia admirable, levantó un puesto improvisado frente al terreno del Roca Park. «Yo abrí este negocio en honor a ellos, por eso le tengo tanto cariño», indica. Además de ofrecer sus servicios de cerrajería, vende chucherías para poder llevar comida a su mesa, esperando que alguna institución bancaria le apruebe los créditos que solicitó. Ya no se llama Cerrajería Alfredo, sino «Cerrajería TF», por Tito y Fabián.
«Traté de reinvertir y de activar la economía aquí en Caribe. Somos cuatro los que ya empezamos aquí: la carnicería, el muchacho de los repuestos de motos, mi compadre con la avícola y yo. De gente no hay mucha. A nosotros prácticamente nos están manteniendo los militares y las personas que están recogiendo escombros», cuenta Azuaje.
Respetar el luto
Aunque José Alfredo dice que sus ventas mermaron en un 100%, para él hablar de turismo o de abrir las playas suena a una falta de respeto al luto que guarda. «Deberían esperar un poquito más para abrir las playas, tampoco creo que las de esta zona estén aptas», reflexiona con dolor. A su juicio, la reactivación debería ser prudente y distante: «Deberían abrir progresivamente de Naiguatá hacia allá, que es la costa que no fue afectada. Pero aquí en Caribe y Macuto hubo muchos muertos. Hay que respetar un poquito más el luto y reactivar poco a poco. Lo que sí pueden hacer es ir reparando los daños en los quioscos y las sillas, preparándose para quizás reabrir en diciembre».
También pide respeto ante el comportamiento de los curiosos. «El turismo hace falta, pero también hay gente que viene por un ‘turismo de terror’, a tomar fotos para ver cómo quedó esto. Aquí perdimos a muchos. Murieron como 10 amigos comerciantes. La pérdida humana es incalculable; dan una cifra oficial, pero hasta hoy hay zonas en Tanaguarena que no han tocado y allí había gente«, asegura.
Quedan cuerpos en Residencias Caribe
En el Conjunto Residencial Caribe, un grupo de rescatistas voluntarios, autodenominados «Los Topos de Venezuela», lleva semanas inmerso en una labor titánica pero también insalubre: recuperar los cadáveres que todavía quedan allí.
Marcel Hernández, de 44 años, luego de perder su casa y lograr rescatar con vida a sus padres, a su hija y a varios vecinos, se trasladó a estas residencias donde había quedado atrapada la familia de su primo. Tardó 16 días de trabajo continuo, excavando losa por losa desde la azotea hasta el piso ocho, para lograr extraer los cuerpos de seis familiares.
Tres meses después, Marcel se niega a marcharse. Lidera las labores junto a sus amigos, Chelo y Paki. Calculan que entre 60 y 80 cuerpos siguen tapiados entre los pisos hundidos del complejo. Según la información que ellos manejan, al momento del colapso se celebraba una fiesta infantil y, en otra área del edificio, una reunión de un grupo cristiano. Hasta la fecha, tan solo de la fiesta de niños se han extraído más de 20 cuerpos.
«Los cuerpos ya ni huelen. Ya para nosotros es normal», confiesa. Han aprendido esta labor de forma empírica. No piden dinero. Claman por herramientas de rescate, alimentos, hidratación y equipos de protección personal. Recientemente, la alcaldía les prestó tres bombas de achique para lograr drenar el sótano, ya que el agua había subido hasta el nivel del cuello de los rescatistas.
Ericson, conocido por sus amigos como «Paki», está recibiendo tratamiento médico urgente con dexametasona debido a la severa contaminación y las erupciones en su piel. No les importa si llega diciembre y ellos aún permanecen allí. «Celebramos el cañonazo buscando a los muertos», afirma. Su único propósito, asegura, es encontrar los restos para «ayudarle a conseguir la paz mental a todas esas personas que siguen agobiadas».
Minería en las OPP
De los complejos habitacionales de la Gran Misión Vivienda Venezuela conocidos como las OPP, en Caribe, quedan muy pocos bloques en pie. Allí los trabajos de remoción de escombros han avanzado con celeridad, pero en la OPP 26 todavía se reportan víctimas sin rescatar. Unidades forenses siguen cargando en su camioneta cuerpos envueltos en bolsas blancas, resguardados por los equipos de Protección Civil que permanecen allí junto a la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).
Debajo de un fuerte calor, sentadas sobre los escombros, permanecen dos mujeres muy jóvenes llenas de polvo y usando guantes de carnaza. Al preguntarles si tienen familiares atrapados bajo las placas, niegan con la cabeza. Aseguran que están allí solo para ayudar.
A escasos metros, bajo la sombra de un árbol, más de 10 hombres aguardan en calma. Entre ellos está Pedro José Orienra, un joven que antes de los terremotos se ganaba la vida como colector de autobuses en las rutas que conectan los Valles del Tuy con Caracas. Lleva dos meses en las ruinas de las OPP cumpliendo el rol que él mismo se ha impuesto: el de topo voluntario.
De acuerdo con sus cálculos, en ese sector todavía permanecen unos 25 cuerpos atrapados. Sobre otros hallazgos, es honesto: “Esta cadena de plata que tengo puesta la encontré entre los escombros. Dios no me ha dado la oportunidad todavía de conseguirme un oro o unos dólares”.
Pedro José relata que algunos de sus antiguos compañeros que sí lograron encontrar cadenas de oro o dólares decidieron marcharse al considerar que «su trabajo había terminado». Para él, aún hay por hacer. Principalmente por algunos familiares de los fallecidos que le siguen pidiendo ayuda.
«En la casa a uno a veces lo tratan como a un perro, como que uno no sirve para nada, ¿me entiendes? Y aquí te tratan diferente, eso es una motivación», confiesa Pedro.
La tragedia intacta en Catia La Mar
Las estructuras de La Guaira cuentan múltiples tragedias de forma simultánea. En Playa Grande, la gran mayoría de los edificios afectados se mantienen intactos en su desgracia, sin ser demolidos aún, alzándose como inmensas ruinas sometidas al saqueo.
El icónico hotel Marriott, otro símbolo de lujo y turismo internacional, se reconoce hoy únicamente por las letras sobrevivientes que coronan su último piso. Su fachada quedó completamente descubierta e irrecuperable. Desde la calle se puede observar el interior de las habitaciones vacías y unas columnas que parecen estar a punto de ceder.
A poca distancia, en los terrenos de la Misión Vivienda Hugo Chávez, el paisaje es igualmente desolador: son hectáreas y hectáreas continuas de desechos que están siendo compactados en cubos.
Los saqueos no tienen distinción ni se limitan a Playa Grande o Catia La Mar. En Macuto, la fachada de un edificio parcialmente colapsado tiene escrito en aerosol un mensaje claro: «Ya nos robaron. Ratas». Los sobrevivientes no solo han tenido que lidiar con el trauma que dejó el sismo y la pérdida total de sus hogares, sino también con el asedio del hampa, que ha aprovechado la oscuridad para vaciar con total impunidad los apartamentos que quedaron expuestos al aire libre.
Después de tres meses, La Guaira sigue siendo un territorio suspendido entre el duelo y la urgencia de levantarse. Aunque la remoción de escombros en Caraballeda avanza con rapidez, la verdadera reconstrucción del litoral parece lejana. No se trata solo de levantar concreto o compactar desechos, sino de sanar un estado profundamente herido donde la vida intenta abrirse paso entre lo que un día fue y lo que ya no será jamás.
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