Lima, 7 jul (EFE).- La presidenta electa de Perú, Keiko Fujimori, asumirá el próximo 28 de julio un país dividido en dos mitades casi simétricas, donde una de ellas tiene depositadas grandes esperanzas en ella y la otra mantiene una enorme desconfianza hacia su figura y su apellido, como hija y heredera política del expresidente Alberto Fujimori (1990-2000).
Solo 49.641 votos dieron el triunfo a Fujimori en su cuarta candidatura presidencial, en la que se enfrentó en la segunda vuelta al izquierdista Roberto Sánchez. Más de 9 millones de peruanos votaron por ella y otros 9 millones en contra de ella, pero el reparto de los votos por regiones refleja realidades opuestas, más allá de la gran igualdad en el resultado final.
Fujimori ganó con gran solvencia en la capital Lima y en el exterior, con alrededor del 65 % de los votos, mientras que en regiones de los Andes, particularmente en la zona sur del país, Sánchez arrasó con votaciones que rondan el 80 %, lugares donde la ahora presidenta electa apenas pudo hacer campaña electoral por el rechazo que genera.
El politólogo Eduardo Dargent, profesor de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), expuso a EFE que estas elecciones muestran un país muy fragmentado, pero además «muy crítico con la política, muy desilusionado y con poca confianza en sus gobernantes».
«El fujimorismo es ambiguo frente a eso porque tiene más apoyo que otros partidos y, al mismo tiempo, tiene mucha más desconfianza que otros grupos», indicó.
Tras ganar con la promesa de gobernar con «mano dura», Fujimori ha declarado recientemente que uno de los principales retos de su gestión será recuperar la confianza de la población del sur de Perú.
Es en esta zona donde se concentró una fuerte represión estatal en las protestas antigubernamentales de 2022 y 2023 tras la destitución y encarcelamiento del presidente Pedro Castillo (2021-2022), que dejaron unos 50 muertos, y donde todavía quedan las secuelas del conflicto armado interno entre el Estado y los grupos subversivos Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA).
Apertura de mirada
Es previsible que Fujimori se centre en proteger los avances conservadores con una política social orientada en la construcción de obras públicas, un ingrediente muy característico de Alberto Fujimori, pero está por ver si se rodea de un gabinete cercano a su partido o escoge figuras abiertas al diálogo.
«Si nos regimos por los antecedentes, yo no tengo mucha esperanza de apertura. Es un partido que, por su tradición y por su forma de actuar en los últimos años, ve el mundo en blanco y negro», apuntó el politólogo.
Dargent sostiene que el principal reto de Fujimori es darse cuenta de que, para gobernar, tendrá que reconocer que su estilo de «ordenar el país» puede generar desconfianza y conflictividad. «Está atrapada en cámaras de eco y en aquellos que le dan la razón en su interpretación de cómo está el Perú», algo que será problemático», apuntó.
Antifujimorismo latente
En medio de esta polarización, el antifujimorismo puede volver a tomar fuerza como en el fin del decenio de Alberto Fujimori y que no había permitido gobernar hasta ahora a su heredera política.
El analista indica que esta oposición de izquierda se quebró durante el gobierno de Castillo tras el fallido golpe de Estado que protagonizó a finales de 2022.
Durante la campaña, la derechista evocó la figura de su padre y ha afirmado que combatirá el auge de la delincuencia como hizo su padre, que fue condenado a 25 años de cárcel por delitos de lesa humanidad en el combate a Sendero Luminoso y el MRTA, además de por escándalos de corrupción.
«A ella le va a costar muchísimo construir legitimidad», dijo Dargent sobre la desconfianza con la que parte la heredera a la que le ha llegado su anhelado momento de liderar el país.
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