Por: Ricardo R. Contreras*
Conferencia ofrecida en la Cátedra Libre “Francisco González Cruz” en Desarrollo Humano Integral.
Salón Alfredo Tulene de la Sadet – Sociedad Anticancerosa del Estado Trujillo.
Valera, 21 de agosto de 2026
1.- Preámbulo
Se cuenta que en la ciudad de Atenas un hombre, no muy bendecido con gracias físicas, pero sin duda dotado de innumerables virtudes intelectuales, recorría las calles buscando encontrarse con un verdadero ser humano, esto es, con un prohombre, un humanista. Vestido de harapos y viviendo en la más estricta y rigurosa pobreza, casi como un anacoreta, al estilo de Juan el Bautista, quien se vestía con una piel de camello y se alimentaba de langostas y miel silvestre1, este personaje, Diógenes de Sínope2, representa la máxima expresión de una filosofía moral orientada a la humanización de la sociedad, lo cual, sin lugar a dudas, constituye un reclamo permanente que ha trascendido los siglos y ha llegado hasta nuestros tiempos.
A dos mil quinientos años de la búsqueda incansable de Diógenes por las calles de la ciudad consagrada a la diosa Atenea Partenos, nos hemos encontrado con un hombre con el cual el filósofo podría haber disfrutado una extensa disertación. Se trata del Dr. Francisco González Cruz, un intelectual trujillano de sólida formación, que ha destacado en el campo de la geografía, pero que también ha trajinado por diversos campos del saber, todos ellos centrados en la preocupación por el desarrollo de una sociedad no solamente más humana, sino comprometida con el desarrollo integral de la persona en medio del espacio geográfico, la ciudad, el municipio y la región; es decir, la persona imbricada con su espacio vital, con su hogar y su lugar, lo que él ha denominado con el neologismo “lugarización”.
En consecuencia, me complace que diversas instituciones del estado Trujillo hayan decidido honrarlo con una Cátedra Libre que lleva su nombre, lo cual es el resultado natural del reconocimiento a una trayectoria de vida dedicada a enaltecer los valores humanos desde diversos ámbitos, incluyendo el propiamente educativo, donde se le reconoce como fundador y rector emérito de la Universidad Valle del Momboy de Trujillo, promotor del Instituto Tecnológico del Estado Trujillo, sin dejar de mencionar su participación como integrante de la Comisión Nacional para la beatificación y canonización del Dr. José Gregorio Hernández Cisneros, además de ser un intelectual con una importante obra escrita acerca de las realidades y posibilidades de desarrollo del estado Trujillo y de occidente de Venezuela.
Por todas estas razones, cuando recibí la invitación a participar en una de las primeras actividades académicas que organiza esta Cátedra Libre, no pude más que aceptar gustoso, no solo por tratarse de una personalidad sobresaliente, sino por la amistad que me une a su hermano el Dr. Fortunato González Cruz y el respeto que siempre sentí por su madre, doña Luisana “Chana” Cruz.
En tal sentido, me permito compartir una reflexión a la que he dado por título: “La emergencia de un humanismo integral en tiempos de la inteligencia artificial”.
2.- Horizonte sapiencial
El ser humano se encuentra siempre ante un horizonte cuya amplitud depende, en buena medida, de la profundidad de su mirada. Cuando contempla la realidad desde una perspectiva excesivamente antropocéntrica, termina enfrentándose inevitablemente a los límites de su propia condición y a las restricciones que le impone su finitud. Sin embargo, cuando logra liberarse de ciertos prejuicios y condicionamientos que estrechan su comprensión del mundo, puede descubrir con mayor claridad el lugar que ocupa dentro del conjunto de la creación.
De allí surge la necesidad de cultivar una nueva forma de contemplar la realidad: una mirada sapiencial que, apoyándose tanto en la sabiduría acumulada por la tradición como en la verdad revelada, permita comprender más plenamente la condición humana. Una perspectiva capaz de reconocer al hombre como un ser racional, limitado y mortal, pero al mismo tiempo abierto a la trascendencia y a una dimensión que supera los estrechos márgenes de su existencia temporal.
Es precisamente en esta búsqueda, más cercana a la reflexión filosófica que a los métodos propios de las ciencias fácticas, donde el humanismo emerge como una alternativa válida para interpretar el mundo desde una perspectiva más amplia e integradora. En este sentido, podemos adoptar la definición propuesta por Jacques Maritain, quien sostiene en su obra Humanismo Integral:
“Es la concepción que tiende esencialmente a hacer a la persona más verdaderamente humana y a manifestar su grandeza original, haciéndola participar en todo cuanto puede enriquecerla en la naturaleza y en la historia […] Requiere, a un tiempo, que el ser humano desarrolle todas sus virtualidades en él contenidas, sus fuerzas creadoras y la vida de la razón, y trabaje para convertir las fuerzas del mundo físico en instrumentos de su libertad […] Así entendido, el humanismo es inseparable de la civilización o de la cultura”3.
Luego, podemos afirmar que la misión del humanista consiste en procurar que el mundo material se convierta en un ámbito que favorezca la libertad y la realización de la persona. Para ello, debe contemplar todas las realidades que integran la creación, tanto las orgánicas como las inorgánicas, las animadas como las inanimadas, como un patrimonio valioso confiado a su responsabilidad. No se trata de una posesión absoluta, sino de un bien que debe ser administrado con prudencia y respeto4. Del mismo modo que quien sostiene una delicada pieza de porcelana sabe que puede utilizarla, pero también que una manipulación imprudente puede destruirla irreversiblemente, así también el ser humano está llamado a ejercer su capacidad transformadora con moderación, responsabilidad y sabiduría, consciente de que ciertos daños pueden resultar imposibles de reparar5.
3.- Un humanismo en permanente evolución
Lejos de constituir una realidad estática, el humanismo ha experimentado un continuo proceso de transformación a lo largo de la historia. Desde la Grecia clásica hasta nuestros días, cada época ha debido replantearse qué significa ser humano y cuál es el lugar de la persona dentro de la sociedad y del universo.
Uno de los momentos decisivos de esta evolución ocurrió cuando Europa se encontró con nuevos pueblos y culturas tras los viajes transoceánicos. El descubrimiento de América obligó a ampliar los horizontes antropológicos heredados y a reconocer la dignidad de pueblos que hasta entonces permanecían fuera del panorama cultural europeo6. Figuras como Francisco de Vitoria7 o Bartolomé de las Casas8 comprendieron que el humanismo debía ensancharse para incorporar la diversidad humana sin renunciar a la igualdad esencial de todos los hombres.
La modernidad introdujo posteriormente nuevas propuestas. Nietzsche anunció la muerte de Dios y postuló la figura del superhombre (Übermensch)9 como entelequia de realización humana. Marx, por su parte, imaginó la llegada de un hombre nuevo liberado de la alienación económica y social10. Ambos proyectos buscaban responder a las crisis de su tiempo, pero compartían una característica común: la reducción o exclusión de la dimensión trascendente de la existencia humana.
La experiencia histórica del siglo XX mostró las limitaciones de aquellos modelos cuando fueron llevados a sus últimas consecuencias. El hombre no puede ser comprendido exclusivamente como voluntad de poder ni como simple resultado de las relaciones de producción. Existe en él una dimensión más profunda que trasciende lo biológico, lo económico y lo político, su dimensión espiritual o como lo denominó Victor Frankl, una dimensión noológica que pertenece al núcleo “espiritual” de la personalidad humana11.
Precisamente por ello cobra especial relevancia la propuesta del humanismo integral, que reconoce al ser humano como una realidad compleja en la que convergen cuerpo, inteligencia, libertad, vida social y apertura hacia lo trascendental. Desde esta perspectiva, la persona no es un simple individuo aislado ni un mero elemento dentro de una estructura colectiva, sino un ser dotado de dignidad intrínseca y llamado a desarrollarse plenamente en todas sus dimensiones.
Hoy, cuando la inteligencia artificial transforma aceleradamente nuestras formas de conocer, producir y relacionarnos, vuelve a plantearse la misma pregunta que ha acompañado al humanismo a lo largo de los siglos: ¿qué significa ser humano? La respuesta difícilmente podrá encontrarse en la tecnología por sí sola. Requiere una comprensión suficientemente amplia del ser humano que permita orientar el progreso técnico hacia el servicio de la dignidad humana y no a su sustitución.
4.- Un humanismo cristiano
El humanismo, entendido no como una doctrina cerrada sino como una perspectiva filosófica abierta a la comprensión holística de la persona, permite construir una visión del hombre desde una perspectiva cristocéntrica. Dentro de esta tradición el pensamiento de Pierre Teilhard de Chardin es fundamental, pues su propuesta intelectual nace de una doble condición: la del teólogo formado en la tradición ignaciana y la del paleontólogo comprometido con la investigación científica12. Esta singular convergencia le permitió desarrollar una visión integradora, en la que la libertad de conciencia, el respeto por la creación, la responsabilidad ética frente al mundo y la apertura a lo trascendente aparecen íntimamente vinculados.
Uno de los aportes más significativos de Teilhard de Chardin consiste en haber mostrado que la evolución del universo y la evolución del hombre forman parte de un mismo proceso dinámico orientado hacia una plenitud superior. Según esta visión, el cosmos no constituye una realidad estática, sino una realidad en permanente transformación, dentro de la cual surgen progresivamente condiciones cada vez más complejas que hacen posible la aparición de la vida, posteriormente de la conciencia y, finalmente, del ser humano como sujeto capaz de conocerse a sí mismo y de interrogarse acerca del sentido de su existencia13.
Desde esta perspectiva, la aparición del hombre representa un momento singular en la historia del universo, pues con él emerge la reflexión consciente. El ser humano no solamente existe, sino que sabe que existe; no solo transforma el mundo, sino que puede comprenderlo y otorgarle significado. Por ello, la evolución adquiere una dimensión interior que trasciende los procesos meramente biológicos y se proyecta hacia el desarrollo de la conciencia.
Teilhard denominó noosfera a este ámbito de la inteligencia y de la reflexión humana, una esfera en la que el conocimiento, la cultura y la conciencia colectiva continúan desarrollándose. A través de este proceso de creciente complejidad y convergencia, la humanidad avanza hacia lo que denominó el Punto Omega14, entendido como la culminación de la conciencia y la plena comunión de la creación con su Creador.
En este contexto, la gran tarea del ser humano consiste en participar conscientemente en ese proceso de crecimiento integral. No se trata del “superhombre” ni del “hombre nuevo”, sino de una persona que, consciente de su dignidad y de su responsabilidad histórica, orienta su vida conforme a los más altos ideales éticos, espirituales y humanos.
La propuesta teilhardiana ofrece una visión particularmente valiosa para nuestro tiempo, en tanto que en ella convergen la ciencia y la fe, la razón y la trascendencia, el desarrollo humano y el cuidado de la creación. Su pensamiento llama a comprender que el progreso científico y tecnológico necesariamente adquiere auténtico sentido cuando se encuentra al servicio de la persona humana y de su desarrollo integral, y nos acerca al ideal kantiano sostenido en la Crítica de la razón práctica15 y, a la formulación del imperativo categórico, que sostiene que todo ser humano debe ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca exclusivamente como un medio para alcanzar otros objetivos. Precisamente por ello, en una época marcada por profundas transformaciones tecnológicas sin precedentes, la reflexión de Teilhard de Chardin conserva una sorprendente actualidad, al recordarnos que toda evolución verdaderamente humana debe estar orientada no solo al aumento del conocimiento, sino también al crecimiento de la conciencia, de la libertad y de la responsabilidad.
5.- Humanismo verdadero e íntegro en tiempo de inteligencia artificial
Desde la perspectiva del humanismo cristiano podemos vislumbrar una nueva etapa en la evolución histórica del pensamiento humanista, un “humanismo verdadero e íntegro”, particularmente apto para afrontar los desafíos del siglo XXI. Se trata de un humanismo que recoge la visión integradora teilhardiana, pero que también se alimenta de la riqueza espiritual, ética y antropológica acumulada por la tradición cristiana a lo largo de los siglos.
Este humanismo no solo reconoce al hombre en su complejidad intrínseca, en la que convergen dimensiones biológicas, psicológicas, sociales, sino también realidades socioculturales y espirituales. Por ello, rechaza toda visión reduccionista de la persona y centra su atención en el ser humano como sujeto dotado de dignidad inalienable.
En esta tarea de reafirmar la centralidad de la persona humana ha desempeñado un papel significativo el magisterio de la Iglesia16. A lo largo del último siglo, los sucesores de Pedro han levantado su voz en defensa de la paz, la justicia, la solidaridad y la dignidad humana. Desde el llamado de San Juan XXIII a la construcción de un orden internacional basado en la paz y el respeto mutuo, pasando por las exhortaciones de Pablo VI a sustituir la lógica de la fuerza por la fuerza del derecho, hasta la vigorosa defensa de la persona humana promovida por San Juan Pablo II, encontramos una constante preocupación por preservar aquello que hace auténticamente humano al hombre. A esta reflexión se suman las aportaciones de Benedicto XVI, quien recordó que el progreso científico y técnico resulta insuficiente si no va acompañado por un crecimiento moral equivalente, y las enseñanzas del papa Francisco, en Laudato sí y Laudato Deum, que ha insistido en la necesidad de una cultura del encuentro, de una ecología integral entorno al idea de Nuestra Casa Común, y de una fraternidad universal capaz de superar las múltiples formas de exclusión que afectan a la sociedad contemporánea.
No resulta casual que el Concilio Vaticano II haya colocado en el centro de su reflexión la dignidad de la persona humana. En la constitución pastoral Gaudium et Spes17, los padres conciliares afirmaron que los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo son también los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Con ello expresaban una profunda convicción humanista, dado que el hombre constituye el camino privilegiado para comprender la historia y para orientar toda acción transformadora de la sociedad.
En este contexto, el humanismo verdadero e íntegro exige una doble mirada. Por una parte, una visión amplia, abierta al progreso, a la ciencia, al desarrollo tecnológico y a la transformación de la realidad. Por otra, una visión ascendente y espiritual, capaz de reconocer las dimensiones más profundas de la existencia humana. Se trata, en definitiva, de una visión integral que no sacrifica la trascendencia en nombre del progreso ni rechaza el progreso en nombre de la trascendencia. Precisamente aquí radica su importancia para nuestro tiempo, especialmente si tomamos en cuenta que la irrupción de la inteligencia artificial representa uno de los acontecimientos más significativos de la historia reciente de la humanidad. A diferencia de otras revoluciones tecnológicas que ampliaron principalmente la fuerza física o la capacidad productiva del hombre, la inteligencia artificial interviene en ámbitos que tradicionalmente habíamos considerado propios de la inteligencia humana: el aprendizaje, el lenguaje, la creatividad, la generación de
Por primera vez, el ser humano contempla la posibilidad de convivir con sistemas capaces de realizar tareas intelectuales de enorme complejidad, lo que inevitablemente nos obliga a replantear algunas de las preguntas fundamentales de la antropología filosófica: ¿qué significa pensar?, ¿qué implica conocer?, ¿qué diferencia existe entre inteligencia y conciencia?, ¿es posible reducir la razón humana a un conjunto de algoritmos?, ¿puede una máquina alcanzar aquello que llamamos sabiduría? Reflexionar sobre estas preguntas va más allá del campo de la informática o de la ingeniería de sistemas, son, ante todo, cuestiones que requieren una mirada desde la filosofía y la teología. La inteligencia artificial puede procesar información, identificar patrones y optimizar procesos con una eficiencia extraordinaria; no obstante, permanece abierta la cuestión de si puede comprender el significado de sus propias acciones, asumir responsabilidad moral por ellas o experimentar aquello que constituye el núcleo de la experiencia humana, aspectos como la libertad, el amor, el sufrimiento, la esperanza y la búsqueda de sentido19.
Como advirtió filósofo alemán Hans Jonas, el crecimiento del poder tecnológico exige una ampliación equivalente de nuestra responsabilidad moral20. Cuanto mayor es nuestra capacidad de transformar el mundo, mayor debe ser también nuestra capacidad para prever las consecuencias de nuestras acciones. El humanismo verdadero e íntegro ofrece una respuesta particularmente valiosa ante este desafío, nos recuerda que la técnica debe permanecer al servicio de la persona y no la persona al servicio de la técnica. Que el aumento de la capacidad de hacer cálculos complejos usando computadores avanzados, no equivale necesariamente a un crecimiento de la sabiduría y, en consecuencia, el progreso auténtico solo es posible cuando integra el conocimiento científico con la reflexión ética, la responsabilidad social y la apertura a la trascendencia.
6.- Magnifica Humanitas: una propuesta para custodiar lo humano en la era de la inteligencia artificial
Al concluir esta reflexión sobre la emergencia de un humanismo integral en tiempos de inteligencia artificial, quisiera referirme brevemente a un documento de especial relevancia para nuestro tiempo: la encíclica Magnifica Humanitas, del papa León XIV, dedicada a la custodia de la persona humana en la era de la inteligencia artificial21.
El propio título del documento constituye ya una declaración de principios, y es que la preocupación central de la encíclica no es la tecnología en sí misma, ni la inteligencia artificial considerada exclusivamente como un problema técnico, sino la persona humana. En este particular momento histórico donde la tecnociencia es la gran protagonista, el documento recuerda que la cuestión fundamental continúa siendo la misma que ha acompañado al pensamiento humanista desde sus orígenes: la defensa de la dignidad del hombre.
La encíclica se desarrolla a través de cinco grandes capítulos. En primer lugar, presenta el desarrollo histórico de la Doctrina Social de la Iglesia y su capacidad para razonar con los nuevos desafíos de cada época. En segundo lugar, expone los fundamentos antropológicos y éticos que sustentan la dignidad humana, especialmente el bien común, la solidaridad, la subsidiariedad, la justicia social y el desarrollo humano integral. En tercer lugar, aborda directamente la cuestión de la inteligencia artificial, analizando sus promesas y riesgos dentro del paradigma tecnocrático contemporáneo. En cuarto lugar, reflexiona sobre la verdad, el trabajo, la educación y la libertad en un mundo crecientemente digitalizado. Finalmente, propone la construcción de una auténtica civilización del amor como respuesta a las dinámicas de poder, exclusión y conflicto que amenazan al mundo contemporáneo.
Particularmente significativa resulta la imagen utilizada por León XIV al inicio de la encíclica. El pontífice contrapone dos relatos bíblicos: la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén bajo la guía de Nehemías. Babel simboliza la tentación permanente de construir un mundo apoyado exclusivamente en el poder, la eficiencia y la autosuficiencia humana. Jerusalén, por el contrario, representa la construcción comunitaria, el reconocimiento de los límites humanos, la responsabilidad compartida y la apertura a Dios. En cierto sentido, esta imagen resume el dilema de nuestra época: utilizar la inteligencia artificial para construir una nueva Babel tecnológica o ponerla al servicio de una nueva Jerusalén fundada en la dignidad de la persona y en el bien común.
La encíclica insiste en que la inteligencia artificial constituye una herramienta de enorme potencial en muchísimos campos, como los de la medicina, la educación, la investigación científica y el desarrollo social. Sin embargo, advierte que el problema fundamental no es tecnológico, sino antropológico. La cuestión decisiva no consiste tanto en determinar qué pueden hacer las máquinas, sino en discernir qué significa seguir siendo humanos en un mundo cada vez más modelado por sistemas inteligentes.
En este punto, la reflexión de León XIV converge notablemente con la tradición del humanismo integral. Frente a las corrientes transhumanistas22 que sueñan con superar los límites constitutivos de la condición humana, la encíclica recuerda que la fragilidad, la dependencia, la finitud y la apertura al otro no son defectos que deban ser eliminados, sino dimensiones esenciales de nuestra humanidad. La grandeza del hombre no radica en convertirse en una máquina perfecta, sino en ser capaz de amar, de buscar la verdad, de asumir responsabilidades morales y de abrirse a la trascendencia.
Por ello, el documento propone una visión profundamente humanista de la tecnología. La inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades, pero no puede sustituir aquello que constituye el núcleo de la persona humana: la conciencia moral, la libertad responsable, la experiencia del amor, la compasión, la esperanza y la búsqueda de sentido. La técnica puede aumentar nuestro poder; únicamente la sabiduría puede orientarlo hacia el bien.
Llegados a este punto, podemos afirmar que el verdadero desafío del siglo XXI no consiste en construir máquinas cada vez más inteligentes, sino en formar seres humanos cada vez más sabios.
No deja de ser significativo que esta reflexión tenga lugar precisamente en el marco de una Cátedra Libre dedicada al Dr. Francisco González Cruz, cuyo pensamiento ha insistido en la necesidad de comprender al ser humano en relación con su entorno, su comunidad y su lugar. Quizá esa misma preocupación por una visión integral de la persona sea hoy más necesaria que nunca.
La inteligencia artificial nos ofrece posibilidades extraordinarias para ampliar nuestras capacidades y transformar el mundo. No obstante, no se trata simplemente de desarrollar algoritmos más potentes, sino de cultivar una visión integral del hombre capaz de orientar el progreso científico y tecnológico hacia el servicio de la vida y por tanto de la dignidad humana.
*Profesor Titular de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes Jefe de la Cátedra de Teología Comparada Juan Pablo II Individuo de Número Sillón 22 de la Academia de Mérida
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