Apreciados lectores, feliz año para todos. Quiero comenzar el año tocando el tema medular de la reconstrucción de Venezuela: la educación.
Como repetía mi querido amigo y mentor Luis Alberto Machado, “no es que la educación sea una prioridad: la educación es LA prioridad, porque con educación tenemos todo, sin educación, no tenemos nada”.
La educación es, sin duda, el pilar fundamental para el desarrollo de cualquier nación. Su impacto trasciende las aulas, porque influye en todos los campos: la economía, la salud y el bienestar social de un país. La frase de Simón Rodríguez, “los maestros son (o deberían ser) los primeros ciudadanos de un país”, resuena con particular fuerza en el contexto actual, donde los educadores tienen el poder de moldear el futuro de generaciones enteras. Pero la mayoría de los educadores se fueron de Venezuela o están matando tigres de muchas maneras para poder subsistir. Por eso hay que reconstruir y rescatar el magisterio.
En primer lugar, porque la educación fomenta el pensamiento crítico y la creatividad, habilidades esenciales para abordar los desafíos complejos que enfrentan las sociedades contemporáneas. Un sistema educativo de calidad no sólo prepara a los individuos para el mercado laboral, sino que también les proporciona las herramientas necesarias para participar activamente en la vida cívica, contribuyendo así a la construcción de una democracia sólida. Por eso los sistemas totalitarios se perpetúan fomentando la ignorancia.
Como consecuencia de esto, la educación tiene un papel crucial en la reducción de la pobreza y la desigualdad. Cuando las personas tienen acceso a una educación de calidad, tienen mayores oportunidades de empleo y salarios más altos. Esto no solo beneficia a los individuos, sino que también promueve un crecimiento económico más equitativo y sostenible a nivel nacional. Invertir en educación es, por tanto, invertir en un futuro más próspero para todos.
Es imposible pasar por alto la importancia del maestro en este proceso. Los educadores son los encargados de enseñar y guiar a los estudiantes, pero su influencia va más allá del contenido curricular. Son figuras inspiradoras que pueden ser modelos a seguir, ofreciendo apoyo y motivación en momentos clave de la vida de sus alumnos. Pero un maestro que gana $3 al mes, que va de escuela en escuela o de liceo en liceo, y aparte haciendo trabajitos de toda índole aquí y allá, para reunir si acaso el almuerzo y la cena suya y de su familia, no rinde, no enseña, no inspira. Está simplemente agotado.
Reconocer a los maestros como “los primeros ciudadanos” implica valorar su papel central en la sociedad, defendiendo la idea de que su formación y bienestar son fundamentales para el avance educativo de un país.
Asimismo, la educación también juega un papel en la promoción de la inclusión y la diversidad. Un sistema educativo que abraza y celebra las diferencias culturales, étnicas y sociales contribuye a crear un ambiente más armonioso e integrador. Al aprender a respetar y valorar las distintas perspectivas, las sociedades pueden avanzar hacia una mayor cohesión y paz social, algo que en el mundo de hoy se está perdiendo de manera vertiginosa, en casi todas partes.
Por todas estas razones, es esencial priorizar la educación en las agendas políticas y presupuestarias. La inversión en el sector educativo debe ser vista como un compromiso a largo plazo que no solo afecta a la generación actual, sino que tiene repercusiones significativas para las futuras generaciones.
Siguiendo la visión de Simón Rodríguez, debemos honrar a los maestros y comprender su valioso papel en la forja del futuro. El pasado 15 celebramos su día. Pero celebrarlo no debe quedar en palabras vacías, sino un firme propósito de darle a la educación su verdadero valor, para así transitar un camino hacia un mañana más justo y equitativo.
@cjaimesb
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