La centenaria casa de Mitrídates Volcanes, el último montonero | Por: Oswaldo Manrique       

 

Por Oswaldo Manrique.

 

Definitivamente para los andinos, la casa de la familia, más que de descanso, es el lugar para conversar y escucharse, para la madurez, el entendimiento y adjudicar responsabilidades. Allí, “El Cholito”, casi una burusita, con su par de lochas en los cachetes y sin saber el significado, escuchó del abuelo:

  – ¡El hombre se conoce por la palabra y el toro por los cachos, Carajo! Una de esas interesantes y hondas frases del último montonero de La Puerta, de aquellos tiempos en que la palabra pesaba más que un documento oficial.

La casa expresa y simboliza los valores éticos, morales, familiares y cristianos, así como, la cotidianidad del grupo que la cohabita; por supuesto, hay mayor carga de responsabilidad en quien la construyó para habitarla con  sus seres más apreciados e importantes, para convivir con ellos, protegerlos, alimentarlos, orientarlos, solidificar los vínculos y darles afecto, casi siempre el jefe de familia, el padre o taita. De lo que se trata es del hogar y se considera a éste, el espacio más importante de y para la vida del ser humano y la familia, enfrentando los rigores de la naturaleza y de cualquier otra contingencia. Por eso lo asume como su espacio vital, lo suyo, lo que le pertenece, centro de sus actividades personales y familiares.

Para los historiadores, etnólogos, sociólogos, antropólogos y demás investigadores también en el campo de la arquitectura y la ingeniería, la casa como obra vieja, por su estado de conservación, ayuda a develar y descubrir la concepción de la vida, que orienta a quienes la habitaban o la habitan.  El objeto de este articulo, es describir la casa de un hombre de extracción social campesina, según sus descendientes nacido en Pueblo Llano, estado Mérida, quien supo sobreponerse por encima de la adversidad;  muy joven, escuchó que por esos lados y rumbos, andaba el legendario, temido y anatemizado coronel Sandalio Ruz. El bisoño campesino, preocupado por su situación de pobreza y constreñido por algún problema con otro, para salir con prontitud de la zona, esperó en un lugar por donde pasaría el aguerrido Coronel. Allí lo abordó, conversaron unas pocas palabras, e inmediatamente lo incorporó a su tropa como aprendiz de guerrillero. Pudiera verse como un acto de aventura, pero para la época era un acto de rechazo a la injusticia social y la miseria que abundaba por esos campos andinos. Su nombre Mitrídates Volcanes (1866-1954).

Se dio cuenta inmediata, el Coronel, que este muchacho, que andaba en harapos y a pie, sincero en su incorporación a su grupo militar, era de los que se le notaba sin tenerlo, el mandador sobre el lomo de la bestia, e intuía que seria bueno para comandar tropa.  Nunca se imaginó el joven oriundo de Pueblo Llano, lo que iba a cambiar su vida andando de montonero;  de viejo le contaba a sus nietos, que cuando ya tenía mayor experiencia estaba en la oficialidad, iban de campaña, se le acercó uno de los novicios troperos, casi un niño, con mucho miedo, le temblaban las piernas, las manos le sudaban, y sentía que se le movía el filo del machete. El merideño Volcanes, se le quedó viendo y le dijo:

– Quessse quieto, que cuando mi Coronel dé la orden de mermar cabezas, usted enterrará los miedos. Ese hecho, le hizo recordar su primera vez en combate, cuando con apenas unos calzones y un filoso machete, recibió la orden del Coronel, después de llamar a rendición, devolverse y soltar una monstruosa carga a machete; allí mismo, con su grito lacerante:

– ¡Yo no vengo a rendir, vine a  mermar!  Esa frase, la recordó y la repitió Mitri, ante sus familiares y amigos hasta el final de sus días, viendo sus marcas de piel de guerra y enseñando las posiciones de combate en su mapa imaginario con su dedo más tieso que una barra; de esa forma la escuchó su nieto el dirigente campesino Ramón Volcán, el Cholito, padre del profesor Carlos Volcán (QEPD) y del emprendedor Oscar Volcán, habitantes de La Maraquita;  así eran las cosas, por lo menos entre la tropa del coronel Sandalio Ruz.

 

Una casa campesina andina, sus características físicas.

Rodeada de tupidos cafetales, y frondoso cambural, la casa campesina  del valiente Mitrídates, alojó durante más de una centuria, a la familia Volcanes. Está situada, en el sector o caserío El Pozo muy cercano a La Maraquita, zona oeste de la  parroquia La Puerta, municipio Valera, estado Trujillo en Venezuela.

La composición que le dió Mitrídates a su casa, fue la tradicional y funcional indígena, guiado por el factor de protección a la familia, el área de adentro, donde se desenvuelve lo íntimo, lo oculto y lo reservado exclusivamente a la familia, y aparte, lo que se conoce como “lo de afuera”, el área para los amigos, visitantes, extraños, para tratar de negocios, una especie de zona cautelar; y entre ambas áreas, existe una pared de barro que las delimita y sirve de protección, inclusive para lo que consideran malas influencias y augurios.

Cuando comenzó a construirla, luego de poner las bases de piedra, esperó a que fuera menguante y se fue al páramo de las Siete Lagunas a cortar árboles para sacar los horcones y la madera de las puertas de la casa. Como lo tenía previsto, con sus compañeros montoneros buscó fajina en uno de los cañaverales cercanos, la puso a secar, luego la fue tejiendo sobre el techo, hasta que cubrió toda la casa.

Los perros ladrando de un lado a otro, van avisando que se acercan extraños o visitantes. La cerca de estantillos y alambres de púas, obligaba al visitante a esperar, a que alguien saliera, controlara los perros y le abriera el falso para entrar a la casa de este guerrillero “Rucero”.

Entre las habitaciones y la cocina que es el principal lugar para recibir las visitas de familiares que vienen de lejos, inclusive los amigos de  Pueblo Llano, Jajó, La Mesa y de Timotes,  existe un pequeño y angosto pasillo o pasadizo, que les da acceso independiente a la misma, separado del recinto de dormitorio. También, se pasa de inmediato, al corredor de arbustos, que conduce a Hato Viejo y a las distintas salidas a los Páramos y a la rosa de las Siete Lagunas, y por si fuera poco, al Mar Caribe. Era la ruta de los “Zarcilleros” que apoyaron a Sandalio en su revolución contra la “Gonzalera”.

¿Quién podía en aquel tiempo, comentar que aquella vivienda, podía ser tan acogedora y cálida? Otros, con la visión y percepción humana, observaba que estaba en el centro de un pequeño prado, constituido por obra de sus propias manos y de su familia, de abundantes árboles frutales, y hasta donde se podía ver, era un solo tapiz cargado de flores de distintos colores y olores, muchas buenas tardes, corsé, cala blanca, hortensia, sangria, lagrima de Cristo, frailejones, españolas, y tabacón, que crecían  bajo la guiatura y cuido de Micaela Sulbarán, el gran amor de Mitrídates.

Entre algunos alisos y viejos cedros, se amontonaban arbustos medicinales, menta silvestre, albahaca, anís, malojillo, oreganón, berbería, yerba buena, hierba sagrada y hasta  frailejones, que le daban frescor a esa pequeña lometa, donde se halla la casa de un solo piso, de fuerte bahareque, de techos bajos. Las habitaciones se calentaban desde el fogón interno que salía de la cocina, que se encuentra en un nivel superior y que hay que cruzar un pasadizo, para subir a la sala que sirve de cocina y comedor. Desde que la construyó, en la primera década del siglo XX, fue la residencia de Mitrídates Volcanes y de su esposa Micaela Sulbarán, también de sus hijos, Eleuterio, Carmelito, Vitalosia, Anita y Micaela Volcán, convirtiéndola en su lugar, hogar y refugio.

Dentro de la acumulación de recuerdos, que conservan  sus parientes,  el oficial rucista, no dejaba que las paredes, permanecieran desconchadas en sus pinturas calizas, o que la invadiera el verdín de la humedad natural del lugar. Siempre había, para darle los retoques necesarios. El techo como la mayoría de las casas campesinas de La Puerta, era de fajina de caña y paja, que al pasar muchos años, fue sustituido por nuevo elemento, la lámina de zinc.

Su emplazamiento, orienta su frente, con el fin de que le pegue rayos de sol durante el día y conservar y disfrutar el calor en la noche, enfrentando la escala de los 8 a 14 grados de frío. La típica fachada andina, con blanco, mezcla de cal fermentada con sales gruesas y almidones, le daban la brillantez y pulcritud, que combina con su puerta principal de tablones gruesos, de madera del Páramo,  y el apretado techo de fajina, y en su conjunto, destaca con el entorno floral y frutal, sus árboles, arbusto y matas de distintas variedades aromatizantes y medicinales, que lo convirtió en un campo holístico de felicidad y sosiego para la familia Volcanes.

La huerta, de sitio cercano, no escapaba a la asistencia diaria de Micaela y sus hijos e hijas, en el cultivo de alimentos y frutos de la comida diaria, de ahí, sacaban hortalizas, ramas de aliño, ají, cercado para que no se metan los animales. Como en desfile y algarabía permanente, andan las gallinas y pavas, con las perdices, algún puerco y otros animales domésticos que podían vender. Mas allá las vacas. Parcela que con el tiempo, se fue convirtiendo en un espacio productivo para la subsistencia de la familia. Pero a la vez, fue el cuadro vivo ideado por un cultor de paisajes, llamado Mitrídates Volcanes. Su cultura constructiva era la tradicional, una mezcla de la funcionalidad y armonía indígena, con las técnicas y usos traídos por la colonización europea, es decir, la concepción mestiza del siglo XX.

En este pequeño predio, cercano a La Maraquita, la selva que le tocó domar, fue formando su matrimonio, su grupo o núcleo familiar, deforestando, despedrando, organizando y desafiándolo. Otro de sus nietos, el señor  Pablo Volcán, me expresó que Mitri escapando en sus andanzas guerrilleras se refugió un tiempo en Montecarmelo, y de allí vino casado con Micaela Sulbaran. De esta familia, emanaba la calidez humana, sinceridad campesina y familiar, para que el que llegara se sintiera como en su propia hogar. Fue esta casa el núcleo central de actividades de los campesinos del entorno y de los guerrilleros de fin de siglo.

 

La anciana casa, a la espera de sucesos importantes.

La abultada cantidad de años, más de cien,  que tiene esta vivienda, es el mismo tiempo que tiene el emprendimiento y la intervención audaz de Mitri y un grupo de campesinos sin tierra, en una zona inhóspita, selvática, montañosa, de peñascos y voladeros, para convertirla en una productiva: La Maraquita.  Sus tierras colindan con la finca El Pozo, propiedad de Audon Lamus, próspero comerciante de La Puerta. Llegaban hasta el mismo nudo de La Maraquita, las trabajaba con medianeros y parceleros, bajo las viejas costumbres indígenas de la “vuelta e mano”, “convite” y otras formas comunitarias que se usan en estos páramos agrícolas.

Los hacendados cercanos, godos y ambiciosos hicieron buena llave con Mitrídates, sabían que era un hombre con mucho potencial favorecedor a la gente campesina. Reconocían que el hombre sabía de agricultura, nativo de Pueblo Llano, estado Mérida, curtido en astronomía, conocía de los movimientos atmosféricos y espirituales, pero además, era un hombre de armas.

La parte trasera de la casa, se fue convirtiendo en un espacio de reunión y consulta, y de brindar café a los amigos y vecinos del pueblo, allí vieron al hacendado Ciriaco Carrasquero, al maestro José Rafael Abreu, al coronel Américo Burelli, Cesareo Parra, Antonio Parra, otros personajes de comunidades aledañas y por supuesto, el “taita” Sandalio Ruz, no comulgaba con Araujeros. Se transformó de un célebre guerrillero nacionalista, en un consultor de asuntos agrarios.

En su actividad campesina, colectiva, tras el enorme esfuerzo de traer el riego desde lo que hoy se conoce como “El Dique”, sus compañeros enarbolando la alegría, fiestean, cantaban y bailaban. Una de las virtudes de Mitrídates y lo demostró en reuniones en esta casa, era su buena voz para el canto. Era muy ducho en canciones populares, rancheras y religiosas, rosarios cantados, búsqueda de niños, villancicos y aguinaldos, los disfrutaban todos sus compañeros. Ahí se puso de acuerdo con Don Natividad, establecer las fiestas de San Isidro Labrador, del Municipio La Puerta, lo que recibió con beneplácito el cura párroco, y se fue organizando la cofradía del Patrono de los agricultores, fijando y organizando las festividades todos los 15 de mayo de cada año, tradición que aún se mantiene.

Estaba en su mente construirla, cuando le tocó acompañar al “taita” Sandalio en su revolución contra la “Gonzalera”. Peñas inaccesibles por donde se mirara. Mucha piedra había en aquel lugar, luego, aparecieron muros y pretiles, para recibir a grupos de amigos y guerrilleros, a los que no le faltaba un cuatro para cantar estribillos de la guerra y en tributo al Coronel Ruz, y alguna que otra ranchera. La mistela casera o el sanjonero, eran los sazonadores de guargüeros y afinadores de voces; lo mismo ocurría con los rosarios cantados a la Virgen, o la celebración de San Isidro, la fiesta gustaba, la mezcla de lo religioso con la algarabía popular de sacar al Santo a pasear por las calles, junto con las yuntas de bueyes luciendo las primicias, agradaba mucho mas, y la gente entusiasmada, se los pedía a él y a don Natividad Sulbarán, como organizadores de ella. Había que hacer algo, para ennoblecer al campesino que sentía ese día del Santo, como suyo. “Mitri”, como lo llamaba Micaela, reflexionó que este pueblo se parece bastante a San Isidro, por lo laborioso, paciente, contemplativo, y el pueblo es igual, pero es jodido, y los dos, son delicados, por eso, era importante resolver lo del día del Patrono de los campesinos, y logró que fuera aprobada por la iglesia.

Fue en esa casa, una madrugada del año 1914, que salió con su afilado machete y su carabina, para alzarse contra la dictadura de Juan Vicente Gómez, teniendo como primer objetivo la toma de la ciudad de Timotes, sede del poder político y del gobierno occidental, acudió a esa jornada, a acompañar a los coroneles nacionalistas Américo Burelli y al legendario Sandalio Ruz, que además, eran sus vecinos de La Puerta. Asedio que duró varios días, que al final fue infructuoso y lamentable dicha campaña revolucionaria. Le tocó escabullirse por esos Páramos.

Alejado de la guerra, estuvo dedicado a su familia, inclusive, crió a varios de sus nietos, ejemplo nuestro amigo, hoy fallecido, don Ramón Volcán “El Cholito”, les dió los pocos estudios, que se contaban en esa época de profundo analfabetismo. Disfrutaba su morada, madrugaba para ir al otro espacio de la casa, cruzaba el pequeño pasillo para sentir el calor y el movimiento en la cocina. Veía a Micaela o a Vitalosia, la mayor, aplicando su fuerza y técnica sobre la piedra gris, escogida por él en el valle del Bomboy, para moler el maíz y el trigo, del que harían las arepas. Todavía existe esa piedra en la abandonada casa. Se acercaba al fogón, se sentaba cerca de la tapia de tierra pisada, y pasaba rato conversando con su compañera y con sus hijos y nietos, era una especie de escuela, que además disfrutaba con orgullo a sus años. La admiraba en su faena diaria, seguía su movimiento de destapar el tarro de café, retirar la olleta con el agua hirviendo y echar las cucharadas exactas para luego colarlo sin colador, así comenzaban a disfrutar el café criollo de sus propias matas, la familia Volcanes.

Aquí, descansó el guerrero, pasados muchos años desde que ocurrió la revolución de La Culata, y finalmente, una mañana difícil de describir, del año 1939, tan igual a las muchas que con dificultad superó, encontró sin signos vitales a su amada y cómplice compañera, Micaela. Mitrídates, quedó atendiendo la crianza de su nieto el “Cholito” Ramón Volcán, que tomó como hijo, hasta su última jornada. Un día, del año 1954, muy cansado, con el cuerpo agotado, le llegó su momento, en el que de forma dócil, silenciosa y tranquila, dejó de respirar con 98 años de edad.

El viejo guerrillero traía en su raída faltriquera,  la disposición social que el que necesitara posada o ayuda,  se le daba, igual la comida, eran muestras y símbolo de que se era bienvenido en aquel hogar de profundos valores familiares y cristianos.

 

Partida defunción de Mitrídates Volcanes. Transcripción del original.

<<N°2. Amable Matheus Silva, Primera autoridad civil del Municipio La Puerta, hago Constar que hoy nueve de enero de mil novecientos cincuenta y cuatro, se presentó a este Despacho el ciudadano Ramon Volcan, mayor de edad, agricultor y de este domicilio y manifestó: que hoy a las diez de la mañana falleció: Mitrídates Volcán en el sitio La Maraquita lugar de su domicilio de esta jurisdicción de este Municipio y según las noticias adquiridas aparece que el finado murió de causa desconocida de vejez, tenia noventa y ocho años de edad, viudo, agricultor, natural y vecino de este Municipio, dejó cuatro hijos mayores de edad, nombrados Eleuterio, Vitalocia, Anita y Jose del Carmen Volcan Plaza.- Fueron testigos presenciales Ysmael Briceño y Eduardo Rivas, mayores de veinticinco años, agricultores y vecinos de este Municipio.- Leída la presente acta al presentante y testigos manifestaron su conformidad y no firman por decir no saber. El Prefecto (Fdo.) Amable Matheus S. El secretario (Fdo.)>> (Libro de defunciones año 1954. Unidad de Registro Civil Parroquia La Puerta).

 

Las condiciones actuales de la centenaria casa de Mitrídates Volcanes, varón de La Culata.

La añosa vivienda ya supera los 100 años de construida. A pesar de su persistencia sucumbe ante el tiempo. La casa de los Volcanes en el caserio El Pozo, cerca de La Maraquita, no solo fue la residencia y el hogar de esta familia, sino también, un punto de encuentro de los comarcanos campesinos, hacendados, guerrilleros, vecinos, amigos, para hablar de cosechas, cooperativas, parcelas, arrendamientos, medianerías y prestamos de semilla, tambien para conversar de las cabañuelas y la astronomía del agricultor, de tiempo de siembra, de las plagas, de la fluctuación de los precios, pero también aquí, fue donde Mitridates, comenzó a organizar e impulsar la lucha reivindicativa por la tierra, para poder plantearse junto con otros campesinos pobres, sus vidas de trigales, papas y arvejas, machetes y escopetas. Sabía por su recorrido a pie y en bestia y el conocimiento que le daba andar con uno de los caudillos más importantes del siglo XIX andino, que en asuntos de tierra, los linderos eran de goma y las cercas de bejuco. Visité esta casa en diciembre del 2020, saqué fotografías, y en un momento, conversando con uno de los descendientes de este guerrillero nacionalista, pude trasladarme a aquel contexto histórico de lucha agraria armada, para sobrevivir, no solo a la dictadura gomecista, sino a la hambruna, y ya saliendo de la pandemia de la fiebre española.

Esta centenaria y sencilla casa campesina, es un ejemplo y modelo de arquitectura y construcción tradicional andina, que se pudiera incorporar al patrimonio histórico y cultural de nuestra región, con miras educativas, que combine y favorezca los saberes populares y los académicos.

 

 


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