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La amnistía como oportunidad | Por: David Uzcátegui

por Redacción Web
30/12/2025
Reading Time: 3 mins read
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La Navidad no es solo una fecha marcada por celebraciones religiosas o encuentros familiares. En su esencia más profunda, representa una invitación a la reconciliación, al perdón y a la posibilidad de comenzar de nuevo.

En países atravesados por divisiones políticas profundas, conflictos internos o heridas sociales aún abiertas, este espíritu cobra una relevancia especial. Es precisamente en momentos como este cuando la amnistía puede convertirse en una herramienta poderosa para reconstruir el tejido social y abrir caminos hacia la paz.

Lejos de ser un gesto de debilidad del Estado, la amnistía es, cuando se aplica con criterios claros y visión de futuro, una expresión de fortaleza política y madurez institucional. Su objetivo es crear las condiciones para que una sociedad pueda avanzar sin permanecer atrapada en un ciclo permanente de confrontación y revancha. Y demostrar las intenciones con hechos de manera inmediata.

Las sociedades polarizadas suelen vivir bajo una lógica de “vencedores y vencidos”, donde el castigo se convierte en el lenguaje dominante de la política. Esta espiral nociva termina por conducir sin duda hacia una ceguera compartida, una muralla de resentimientos que termina por incrementar de manera exponencial el daño al tejido de la sociedad.

En ese contexto, la amnistía actúa como un punto de inflexión: permite reconocer que la estabilidad democrática y la convivencia pacífica requieren entender, al contrario, ponerse en su posición, aceptar que hay visiones y percepciones distintas de un mismo país, que pueden ser compatibles, en tanto y en cuento se consigan puntos de encuentro basados en la aspiración común de un país mejor.

Los acuerdos son gestos de confianza y señales claras de que el futuro puede ser distinto al pasado, mucho mejor incluso.

Numerosos procesos de reconciliación nacional en distintos países han demostrado que liberar privados de libertad, permitir el retorno pacífico de exiliados o cerrar procesos judiciales puede reducir tensiones, descomprimir conflictos y facilitar diálogos que antes parecían imposibles. La amnistía, bien diseñada, implica una apuesta política por la convivencia y la reintegración social.

La historia ofrece ejemplos elocuentes del valor de la amnistía como instrumento de reconciliación. Tras la muerte de Franco, España aprobó en 1977 una ley de amnistía que permitió dejar atrás décadas de persecución política y sentó las bases de una transición democrática pacífica. En Sudáfrica, el fin del apartheid estuvo acompañado por mecanismos de perdón y amnistía condicionada que priorizaron la verdad y la reconciliación nacional sobre la venganza.

En América Latina, países como Chile, Argentina y Uruguay —con matices y debates aún abiertos— utilizaron fórmulas de amnistía y perdón en etapas clave para cerrar ciclos de violencia política y avanzar hacia sistemas democráticos más estables. En todos los casos, el objetivo común fue evitar que el pasado siguiera secuestrando el futuro.

Venezuela vive desde hace años una profunda fractura política y social, marcada por la desconfianza. Esta situación no solo afecta a quienes están directamente involucrados, sino a toda la sociedad, que carga con las consecuencias de una confrontación tan prolongada.

Una amnistía en este momento podría convertirse en una señal clara de voluntad política para iniciar una etapa distinta. Sería un gesto concreto para aliviar tensiones internas, facilitar procesos de diálogo y enviar un mensaje tanto a la comunidad internacional como a los propios venezolanos de que es posible reconstruir consensos mínimos.

La época navideña añade un componente simbólico poderoso. En un país donde tantas familias están separadas por el exilio y el conflicto, una amnistía permitiría reencuentros, aliviaría sufrimientos innecesarios y contribuiría a restaurar la confianza social. Se trata de priorizar la vida, la convivencia y la posibilidad de un futuro compartido.

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La amnistía está muy lejos de resolver por sí sola los problemas estructurales de una nación, pero puede ser el primer paso para crear un clima distinto, más propicio para reformas, acuerdos y reconstrucción institucional. En tiempos de Navidad, cuando el mensaje central es el perdón y la esperanza, apostar por la amnistía es apostar por la paz.

Para países divididos, la pregunta no debería ser si es posible construir espacios de encuentro, diálogo y comprensión, sino cuánto más puede una nación soportar sin hacerlo. A veces, el acto más responsable es dejar de lado el castigo al adversario, tender la mano y abrir la puerta a la reconciliación. Esta es una buena reflexión para las fechas actuales.

 

 

 

 

 

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