Julio Viloria Zambrano. Un gerente con visión | Por: Pedro Frailán

“Al recordar mis primeros años, puedo decirles  que mi nacimiento fue en la calles “Las flores del Dividive”, un día miércoles, 29 de marzo de 1939 a las 07:00 pm. nací yo, Julio José Viloria Zambrano hijo de Consuelo Zambrano, natural de Sabana de Mendoza y de José de Jesús Viloria León, quien tenía varias mujeres, formaba parte  de uno de los veinte hijos siendo la causa de la separación de mis padres”. (13: 2011).

Los hombres grandes siempre admiran y reconocen la grandeza de su pueblo, tal es el caso de Don Julio que siempre tuvo la  mirada, en la memoria cotidiana, constante y de alegría a su tierra. El pueblo El Dividive  le hace honor a la esencia misma de la tierra, como lo es el árbol Dividivi (Libidibia coriara), que alcanza hasta diez metros de altura y tiene una copa en forma de sombrilla, árbol símbolo local propio de regiones cálidas y semiáridas. Sus pobladores tomaron como su nombre bautismal. No es un nombre indígena, heroico, español o santoral es la inspiración propia de la tierra, su naturaleza “El árbol Dividivi”.

En estas memorias elaboradas por las autoras: Yolibeth Cáceres, Maigret Rosario y Soraya de Colmenares, conocemos a un personaje que va conduciendo y formando a través del tiempo que es su mejor maestro. Tal esta experiencia, recuerdo la posición filosófica del Dr. José Gregorio Hernández en su libro: “Elementos de filosofía”, que clasifica las distintas corrientes del pensamiento, desde las más exaltas de la evolución de la ciencia, hasta las más sencillas catalogadas como la filosofía cotidiana; esta la más laboriosa porque se aprende en el transitar de la vida, en muchas oportunidades se requiere de tiempo para aprender, son las diversas ocasiones donde se prueban los desaciertos. Más adelante, Martín Heidegger afirmaba que todo hombre es un filósofo porque tiene ideas.

Don Julio prevaleció en el tiempo caminando sobre esta dimensión y llegó. Aquí está en estos relatos amenos del niño que viene de un lugar humilde cubierto de pobreza material, pero con una actitud de grandeza, de optimismo, de confianza y de esperanza ante la vida, ¡pero eso sí!, con la fe y la fuerza espiritual que lo llevó a vencer la escarpada, siguiendo el camino del mito de Sísifo que sube trepando y llega a la planicie para devolver la piedad de nuevo al barranco.

Es el hombre que crea instituciones, lo hace porque en el trabajo, acompañado con honestidad, invencible ante las dificultades, transita por distintos recorridos del destino. Es travieso como niño, curioso y arriesgado no siente temor por explorar lo novedoso, no siente incertidumbre al trasladarse a otro espacio, es valiente en el momento de enfrentarse y establecerse. Le gustó la política, participó, fue partidario de la corriente política del Dr. Arturo Uslar Pietri del Frente Nacional Democrático, con quien llegó a sostener una amistad cordial con el autor de Las Lanzas Coloradas.

Estos relatos son de agradable lectura llenos de humor, de sabiduría, nos dan a conocer la evolución de un pueblo joven ubicado en la Carretera Panamericana. Un pueblo que fue creado con ocho entradas y ocho salidas y que su nombre y símbolo es un árbol que brinda su sombra, suave brisa, y buena madera. Ahí está su esencia.

Don Julio fue un gerente nato, no titubeó ante la administración, Trujillo le debe la creación del Instituto Universitario de Tecnología Industrial “Rodolfo Loero Arismendi” (IUTIRLA), motivó a los directivos a crear una sede en Valera, luego a construir su propia sede siendo él el administrador, pasado un tiempo, tuvo el atrevimiento de fundar su propio instituto y en unión con el Profesor Carlos Simón Olmos fundaron el Instituto Universitario de Tecnología “Mario Briceño Iragorry” (IUTEMBI). Ya están por pasar 28 años formado, talentos trujillanos y de otros estados. Se trasladaron hacia Carora con un proyecto de universidad que va en camino. Una oportunidad en educación para Trujillo y Venezuela, como dice su slogan ¡Formamos para el cambio!

Don Julio fue un convencido y amante de la mimesis, el arte de imitar, siguió los pasos de su padre Don José de Jesús Viloria León,  ser pájaro bravo  en cualquier momento y terreno, enamorado eterno de la vida de las muchachas reconocido por él mismo.

Hombre de diálogo, de la tolerancia, del encuentro; de hecho esto se comprueba con permanencia, con la constancia, la estrecha vinculación con sus compañeros de trabajo que hasta sus últimos días de su vida terrenal estuvieron a su lado, en enero del año 2025 cuando partió al encuentro con nuestro Padre celestial, dejando un ramillete de recuerdos, cargados de sonrisas.

Siempre decía: “Mi vida es el trabajo y mientras haya trabajo  la vida es grandiosa”

 

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