José Gregorio Hernández: el terruño, su apego y la cruda realidad

Elvins Humberto González

Elvins2020@hotmail.com

Serie Especial: JGH “JGH “Bondadoso y Sabio”

“!Por fin en el terruño donde nací ! Gracias a Dios y a la Santísima Virgen. Dos semanas de viaje por mar, lago, ferrocarril y muía y he llegado sano y salvo. Gran alegría por el reencuentro con la familia, y vivencias que creía olvidadas para siempre, me asaltan y llenan de una emoción jamás sentida. Pero este es el pueblo más feo del mundo; un montoncito de casas de mala calidad y chozas al borde del camino real. Cuando entré se me frunció el alma. Trato de mirarlo con ojos de piedad.”

Con texto original de la carta escrita por José Gregorio Hernández el lunes 3 de septiembre de 1888 con motivo de su recuentro con tierra que lo vio nacer y lo cobijó, cierra esta última entrega de la serie especial, JGH “Bondadoso y Sabio” con motivo de los 154 años de su natalicio. En dicha carta, JGH refleja el amor por su lar, por su entorno, por muy feo, deprimente y con todas la calamidades que padecía, era su tierra, su hogar, el sitio donde nació, creció y comenzó a visualizar su porvenir antes de dejarlo cuando solo contaba con 13 años para ir a prepararse a Caracas.

Ese amor lo mantuvo siempre. En su mente estuvo viva la promesa hecha a su madre, de regresar ya graduado para ayudar a su pueblo y a su gente.

La identificación de JGH con su pueblo y sus habitantes fue desde que comenzó a tener sentido de la razón. Desde muy niño se vio involucrado en la vida cotidiana y rutinaria del lugar, Insotú.

Isnotú sería el nombre de una de las doce parcialidades de la nación Escuquey. Según especifica el Dr. Raúl Díaz Castañeda, en 1864 era la capital del Municipio Libertad, al que en 1968 se le cambió ese nombre por Municipio José Gregorio Hernández. Parroquia civil en 1857, y eclesiástica en 1867. A esta pequeña comarca, huyendo del incendio sanguinario de la Guerra Federal, llegó en 1862 don Benigno Hernández Manzaneda, nativo de Boconó pero asentado en Pedraza, Estado Barinas, de donde era su novia Josefa Antonia Cisneros Mansilla, quien lo acompañó en esa huida. Se casaron en la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Betijoque el 2 de octubre de 1862, cumplido el requisito de “exploración de sus voluntades, el examen y aprobación de la doctrina cristiana y no resultar impedimento alguno de las tres proclamas que se leyeron en la misa conventual de tres días festivos continuos”, como quedó registrado en el Libro de Matrimonios número 4, año 1862.

Ese terruño que cobijó a JGH durante 13 años, apacible, de suma tranquilidad, lleno de un sinfín de costumbres netamente rurales. A pesar de sus la paz con que se vivía en esa época, Isnotú recibió coletazos de los enfrentamientos militares entre los bandos de Juvencio Pulgar quien le servía a Guzmán Blanco y de Juan Bautista Araujo, caudillo del grupo de los azules.

Sin duda que aquel poblado en el convivió José Gregorio entre los años de 1864 y 1878, fue de mucha precariedad, de pobreza y lleno de necesidades, donde por ejemplo, el agua había que sustraerla de los manantiales cercanos, la electricidad llego muy tarde en relación a otros poblados. En fin, ese era el Isnotú que vio crecer a JGH, pueblo que amó al amo profundamente sobre todas las cosas. La vida y existencia en el lugar fue de suma dificultad para todos. José Gregorio y su familia no escaparon de esa situación del Insotú de aquel tiempo.

Volviendo al tema del regreso del entonces ya Dr. José Gregorio Hernández al lugar de origen, hay que decir que llegó con mucho estímulo, con ganas de ayudar a sus paisanos y contribuir en mejora las condiciones de vida. Pero la tarea no fue fácil, más bien termino traumatizado por todo lo que había conseguido luego de diez años de ausencia. Aunque lucho, en varias oportunidades estuvo punto de claudicar, pensó muchas veces en agarrar su peroles y retornar a Caracas. Pero la cosa no era tan sencilla, para eso requería ingresos, necesitaba trabajar para ayudar los suyos y ayudarse a él mismo para poder seguir más delante con sus estudios especializados.

El Dr. Santos Dominici quien fungía como rector de la UCV en 1888 intentó por todos los medios que el Dr. Hernández se quedara en Caracas, incluso le ofreció ayudar monetaria y logística para montar que montara su propi consultorio. JHG gentilmente agradeció el gesto pero no lo acepto, y así lo dejo firmado: ¡Cómo le agradezco su gesto, Dr. Dominici! Pero debo decirle que mi puesto no está aquí. Debo marcharme a mi pueblo. En Isnotú no hay médicos y mi puesto está allí, allí donde un día mi propia madre me pidió que volviera para que aliviara los dolores de las gentes humildes de nuestra tierra. Ahora que soy médico, me doy cuenta que mi puesto está allí entre los míos…” (Raúl Díaz Castañeda, Diario de los Andes 2014)

A pesar que JGH pudo curar a varios de sus pacientes y enfermos, sabía que la situación era complicada, asó lo deja saber en una nueva carta fechada el 16 de septiembre de 1888 a Santos Dominici en Caracas: “…Mis enfermos todos se me han puestos buenos, aunque es tan difícil curar a la gente de aquí, porque hay que luchar con las preocupaciones… que tienen arraigadas: creen… en los remedios que se hacen diciendo palabras misteriosas: en suma;… La clínica es muy pobre: todo el mundo padece de disentería y de asma, quedando uno que otro enfermo con tuberculosis o reumatismo…La botica es pésima…”

Solo un año

Tan solo un año pude mantenerse el su pueblo natal el Dr. José Gregorio Hernández, lapso entre agosto de 1888 y el 30 de julio de 1889, tiempo que le bastó de sobra para vivir la auténtica realidad de su regio, no solo de Isnotú, también palpo la situaciones que se travesaba en poblados como Valera, Boconó, Betijoque, lo mimo que en los páramos andinos, Mérida, Colon en Táchira de donde no se llevó buenas recuerdos. Durante ese tiempo fue constantes las comunicaciones, vía cartas, con su amigo Santos Dominici a quien le expresaba sus experiencias que le dejaba cada una de la localidades de visitaba. Uno del propósito de los recorridos del Dr. Hernández, era ver donde podía establecer su centro de operaciones y ejercer firmemente su profesión de médico.

El 5 de noviembre de 1888 le cuenta a su amigo Dominici: “…ya he comenzado a gustar de las bellezas que tiene la profesión por estos lugares…”. La gente lo empieza a conocer y a tratar, hace amistad con los integrantes del Concejo Municipal, quienes lo nombran “Médico del Pueblo”, así lo reseñaron: María Matilde Suarez y Carmen Bethencourt en “José Gregorio Hernández, del lado de la luz” Fundación Bigott. Caracas, 2000.

 

 

 

Amado y odiado

 

El joven médico, que había regreso a su pueblo para ser útil, veía y se daba cuenta que las cosas no eran o no le estaban saliendo como las había pensado. Por momento se sentía frustrado, para aliviar esa pena se encomendaba Dios y al Virgen del Rosario a quienes le pedía que alumbran su camino.

A José Gregorio era mucha la gente que le amaba, apoyaban sus panes, pero igualmente sitio en carne propia el odio y desprecio de otros tantos quienes no lo veían con buenos ojos.

En sábado 22 de septiembre de 1888 deja escrito sus preocupaciones: “Las cosas no marchan como yo esperaba. La próxima semana iré a Valera a explorar el terreno; si lo encuentro propicio, me instalaré allí”.

Ya instalado en Valera, escribió el domingo 30 Septiembre: Estoy en el infierno. Cinco horas a caballo, descendiendo a una hondonada que es un horno. Tal vez algunos encuentren cierto atractivo a la meseta, con su fondo de montañas verdes y azules y tres ríos de buena corriente que la anillan, pero no está mi espíritu para paisajes. Todo me parece sombrío, desagradable, injurioso para mi sensibilidad.

Este pueblo es muy caluroso, de mal aspecto, vulgar, lleno de pulperías y botillerías, alborotado. Como en los puertos, aquí nada sorprende. Hay aventureros de toda laya, me confían, desde asesinos a sueldo hasta tahúres profesionales; me cuentan que en mesas de juego se han perdido fortunas importantes, fincas, casas familiares, concubinas y almas. Sé que exageran para impresionarme, pero la exageración es una medida de la realidad. Aquí se apuesta cualquier cosa, menos el revólver; a ese riesgo nunca se llega. La política es el plato para todas las horas, desayuno, almuerzo, merienda, cena y postre, lo que me enfada, porque la experiencia enseña que de la política y los políticos no podemos esperar sino calamidades. En todo político hay un criminal en potencia, aunque actúe por ideales; eso no va conmigo. Hay dos médicos, con buena posición, uno de ellos, el doctor Lugo, con estudios en Europa, inteligente y afable, pero poseído por el cubilete. El otro se llama Rodolfo Pérez, graduado en Caracas, casi tan joven como yo.”

JGH partiría a explorar las montañas de Boconó y su esplendor jardín. Arriba a ese lugar mágico el día 15 de noviembre, y el 24 escribe: Boconó es una ciudad muy bonita. En su topografía de colores cambiantes y su clima bastante amable se parece a Caracas. Verdes de remolacha y papa, de zanahoria y lechuga; el oro undívago de los trigales, como hubiera dicho Udón Pérez, convirtiendo en mar las faldas de la montaña, y al fondo la platería bruñida de los yagrumos. Un pequeño paraíso terrenal. Moras silvestres en los caminos que llevan a las cumbres, y una frutilla dulcísima, el jumangue. Tierras muy fértiles, con dos ríos. Me bañé en las aguas heladas del Burate, el menos caudaloso, porque el otro iba crecido. Como buen montañés no sé nadar.

Es más lo que miro que lo que veo, y mucho más lo que huelo. Olores maravillosos por todas partes; un paisaje de aromas. Me siento alegre y poseído por un hedonismo raro. “…dos médicos, que hay aquí, pueden hacerme la guerra porque ese ha sido su comportamiento con todo el que ha tratado de situarse aquí…son los jefes del partido dominante… eso es sumamente peligroso por estos lugares en que la política tiene una preponderancia absoluta…”

El 18 de febrero de 1889 escribe a su amigo Santos Dominici una nueva carta donde le dice: “en el gobierno de aquí se me ha marcado como godo y se está discutiendo mi expulsión del Estado, o más bien si me envían preso a Caracas…Si me echan de aquí, ¿A dónde voy? Esta es mi duda; como tú comprenderás sin que yo haya dado lugar a nada porque sólo me preocupan mis libros. Si me apura la cosa me iré a Caracas y allí decidiremos el remedio…”

De Boconó vuelve a Valera

En Boconó no le fue bien. Vuelve a intentar en Valera a la cual le da un nuevo vistazo. El 23 de octubre, escribiría: “Otra vez en el infierno, para el segundo vistazo. Mucho comercio, porque es un cruce de caminos, obligado para quienes con productos y semovientes van a las tierras altas o vienen de allá. Un hormiguero de unos cuatro mil habitantes dispuestos a lo que sea, y entre ellos muchos italianos garibaldinos, que tienen en sus manos los mejores negocios; por su origen, más que por la topografía, llaman a Valera Ciudad de las Siete Colinas, para recordar a Roma. La gente fina y decente es poca, pero sabe muy bien ocupar su puesto y hacer respetar su nivel social. Los demás honrados son gente muy pobre que se mantiene criando cerdos o desempeñando oficios menores. Muchos pordioseros, y tipos de mal vivir. Aquí nadie da puntada sin dedal.”

Frustrante su exploración por Colón

En el relato de su carta del domingo 14 de 1889, José Gregorio Hernández expresa con tono triste y frustrante: “El 24 de diciembre, sin esperar la Nochebuena, salí muy temprano hacia Valera para venir hasta Colón, en Táchira, casi en la frontera, casi en lo último, en un poster intentó de asentarme por un tiempo en estos lugares. No es posible. He recibido aquí tantas muestras mal disimuladas de agresivo rechazo político, que resigné todas mis esperanzas. Los jirones de la Guerra Federal siguen aquí vivos, sangrantes, como la cabeza de los condenados que en la Colonia ponían como escarmiento a la entrada de los pueblos. Comprendo a mi padre cuando al escribir a mi hermano César, le recomienda que no pierda más tiempo y se vaya, porque no hay en estos horizontes esperanzas para el porvenir, y menos para la juventud.”

“Nadie es perfecto. La perfección no es humana”

Ya de retorno a Isnotú luego de peregrinar por Mérida y Táchira de donde regresó decepcionado y lleno de mucho dolor, el 20 de febrero de 1889 reflexiona: “Nadie es perfecto. La perfección no es humana, y por no serlo resultaría monstruosa. Debemos aspirar a ella, pero sin olvidar que sus caminos son difíciles y que somos una suma de debilidades. Es la impresión que ofrecen los héroes homéricos, seres imposibles por sus muchas virtudes, tocados en sus triunfos y derrotas por la caprichosa voluntad de los dioses, pero seguramente Homero los describió así, no por creer que así realmente eran, sino para que por exageración perduraran en la memoria de los tiempos por venir.”

“Regresé de Colón hace un mes. No soy el mismo. Soy otro, aunque no sé quién soy. La ingratitud del páramo me cambió. O me reveló. Un mes de meditación, de íntimas confesiones conmigo mismo, con las dudas y el fervor de San Agustín. Al atravesar otra vez la aterida soledad del páramo hacia Timotes, crisálida bajo la ruana y abrazándome para un poco de calor, cambié. No exagero si digo que fue para mí un inesperado camino de Damasco, con perdón de Saulo de Tarso…”

Dolorosa realidad

 

El domingo 30 de marzo de 1888 escribiría profunda reflexión sobre lo que había sido su regreso a los andes y su terruño: “He decidido cerrar este Diario hoy. Han pasado siete meses desde mi salida de Caracas a la montaña, pero los he sentido en mi espíritu y en mi existencia con el peso de siete milenios. Hasta agosto del año pasado tenía yo de la vida un criterio apolíneo, rodeado como estaba de amigos de elevada y densa erudición, que desbordaban mi orgullo en aquellos ambientes de refinada elegancia donde el respeto, la dignidad y las buenas maneras se daban la mano con el arte en todas sus manifestaciones.

Ignoraba yo que el crecimiento espiritual valedero está reservado a seres excepcionales, a individuos tocados por la gracia de Dios, pero no para el deleite en solitario, inaccesible a los no elegidos, sino para abrir caminos de redención a la mayoría del común, que víctima de la ignorancia, la miseria y la injusticia, se degrada por las demandas urgentes de la sobrevivencia, y sin poder ir mucho más allá de sus instintos y de las exigencias esclavizantes de los sentidos, entrega su alma al mejor postor, cuando no al Enemigo.

Salí de la Universidad reconfortado espiritualmente, colmado de sueños, creyéndome dueño de mí mismo, pero de estos muy duros siete meses de mi estada en la montaña, y de las decisivas siete horas de mi ascenso al páramo, iluminado por la Luz divina, recojo otra visión de los hombres, con sus desgracias, su estrechez mental, su aplanada y confusa espiritualidad y sus muchas desviaciones, producto de sus tinieblas y de herencias nefastas. Siento que de esa triste realidad que no veía, emerjo ahora transfigurado, herido mortalmente por ella, dispuesto a echarme sobre los hombros la cruz nada liviana de entregar mi vida a su redención por la mía propia, dispuesto a desnudarme de la mortaja de la mundanidad y el egoísmo, que nos hace muertos entre muertos, para ir hacia Dios hasta donde me alcancen las fuerzas del cuerpo y del espíritu.”

Se fue para no volver

El Dr. Hernández se radicó en Isnotú hasta el 30 de julio de 1889, luego de ejercer consecutivamente entre los tres estados andinos venezolanos (Trujillo, Mérida y Táchira). Regresaba de San Cristóbal y Mérida para consultar sus propósitos con su padre, y se encontró con una carta de su maestro, el Dr. Calisto González, donde decía que lo había recomendado al Presidente de la República Dr. Juan Pablo Rojas Paúl para que fuera a París a estudiar con perfección ciertas materias experimentales y así contribuir a la modernización de la medicina venezolana, porque creía que reunía las condiciones para tan importante misión, y que debía trasladarse a Caracas sin pérdida de tiempo y dispuesto a seguir viaje a Europa.

En abril de 1889 tomó la misma vía que lo llevó a Caracas la primera vez y se fue para no volver. Tenía 25 años para ese entonces.

Se fue seguramente con la inconformidad de no haber podo hacer más por su gente. En su interior seguramente sentía cierta frustración por eso. Se fue y sabía que no volvería. Su estadía no fue lo placentera que s imagino. No consiguió en su tierra el apoyo y respaldo esperado, por lo cual no pude ser profeta en su tierra.

“Esa estada de apenas siete meses, de difíciles circunstancias, gratuitas agresiones políticas e inesperados pasos sobre la realidad en varias poblaciones de Trujillo, Mérida y Táchira, pienso que le hizo cambiar su visión del mundo y sus planes profesionales, pero le condensó, purificándola, su vocación religiosa. El que llegó fue uno, y otro el que regresó”, sostiene el Dr. Raúl Díaz Castañeda, autor de la Novela, José Gregorio Hernández “Un milagro histórico”.

Admiración veneración

 

En emotivo y significativo discurso propugnado el 24 de octubre de 2015, el profesor Francisco González Cruz sostiene: “Todos aquí compartimos la admiración y la veneración por nuestro santo trujillano y venezolano. Admiración por su ejemplar vida como persona que combinaba muchas bondades, además, un excelente ciudadano; un hombre cortés y decente. ¿Cómo no admirarlo con todas esas cualidades?

Por la memoria de nuestro Venerable es necesario que la comunidad de Isnotú se dé una tregua creativa y abra espacios para el diálogo y la reflexión. Para mirar a la luz del ejemplo de su hijo más querido y del Evangelio en que él creía, la situación que está viviendo, para reflexionar en sana paz y armonía, con el fin de actuar en el camino correcto hacia la construcción de ese paraíso espiritual que tanto hablan.

Qué bueno sería poder decir un día: ¡Qué feliz se siente José Gregorio en su pueblo! Ya no hay superstición, ni brujos, ni gente que cree en gallinas negras. Ni se venden pomadas y jarabes en su nombre. Sus imágenes son dignas y artísticas aunque modestas representaciones él que era tan elegante y bien vestido. Que feliz en su pueblo tan espiritual. Que ganas tendrá ahora José Gregorio de venir a descansar la eternidad cerca de su madre Josefa Antonia, que duerme su sueño en algún lugar de por aquí, pues su tumba y la de Don Benigno desaparecieron. Qué bueno sería que un día su hijo regresara como San José Gregorio de Isnotú.”

De absoluta autenticidad

Para el Dr. Díaz Castañeda, el Dr. José Gregorio Hernández fue un “trujillano de absoluta autenticidad. Perteneció al pueblo común, al que en vida le dio con limpia caridad su servicio médico, el diagnóstico y el remedio, y después de muerto el reflejo de la fortaleza de su fe, su pureza y su bondad.

Ese pueblo anónimo que lo perpetúa no solamente en las advocaciones de su indefensión, sino que lo perenniza al dar su nombre a sus disímiles pertenencias.”

Referencias y Consultas: Raúl Díaz Castañeda. Fragmentos su Diario fueron extraídos de la Novela José Gregorio Hernández “Un milagro histórico”), 2014. Francisco González Cruz, Isnotú y el Dr. José Gregorio Hernández, 2015. María Matilde Suarez y Carmen Bethencourt. “José Gregorio Hernández, del lado de la luz” Fundación Bigott. Caracas, 2000. Archivos y hemeroteca Diario de Los Andes. Biblioteca, Universidad Valle del Momboy Valera.

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