Cúcuta (Colombia), 4 ene (EFE).- El puente internacional Simón Bolívar, principal punto de paso entre Colombia y Venezuela, es por estos días testigo de las historias de miles de personas que circulan entre los dos países y de la expectación con lo que pueda suceder en la nación petrolera tras la captura por Estados Unidos del presidente Nicolás Maduro y de su esposa, Cilia Flores.
Desde que el sábado de madrugada Estados Unidos lanzó ataques contra Caracas y otros puntos de Venezuela, las autoridades colombianas pusieron en marcha un plan especial para recibir un eventual éxodo de venezolanos, pero la situación en el puente Simón Bolívar que comunica al departamento de Norte de Santander con el estado de Táchira es hoy absolutamente normal.
Lo único diferente por estos días es la llegada a la frontera de numerosos periodistas de medios internacionales en busca de noticias y reacciones de los venezolanos a la detención de Maduro y a posibles cambios políticos en su país.
«Todo está tranquilo en San Antonio (Táchira). Hay silencio, pero no hay miedo», afirma desde un vehículo una pasajera, que prefiere mantener su nombre en reserva, mientras cruza hacia el lado colombiano.
Para muchos, el sufrimiento que han dejado 27 años de gobierno del chavismo no se olvida. Juan Carlos Urbina, exconcejal del municipio de Bolívar (Táchira) y exprisionero político, es un vivo ejemplo de esa memoria.
«Fuimos más de 3.000 presos políticos tras las elecciones del 28 de julio de 2024. Muchos fuimos apresados injustamente solo por exigir que se respetaran los cómputos (electorales) y las garantías de un cambio», relató a EFE.
En esas elecciones el Consejo Nacional Electoral (CNE) otorgó a Maduro un triunfo ampliamente cuestionado por parte de la comunidad internacional y rechazado por la oposición mayoritaria, que aún reivindica la victoria de su candidato, Edmundo González Urrutia.

El sueño de un nuevo país
Con la mirada puesta en el futuro, Urbina asegura que vienen cosas positivas y envía un mensaje a millones de compatriotas suyos que cruzaron el mundo para escapar de la crisis política, económica y social de Venezuela.
«Pronto regresarán a casa a abrazar a sus padres y abuelos. Esa es la Venezuela que queremos: que los jóvenes y los padres que se fueron, retornen», agrega.
Entre quienes cruzan la frontera a diario están quienes nunca abandonaron el barco, como Jesús Vargas, quien ha permanecido en San Antonio del Táchira resistiendo las crisis más agudas y hoy mira el panorama con una expectativa renovada, pero con la firme decisión de no moverse.
«Esperemos que sea una mejor Venezuela, con una estabilidad económica real para todos los que nos quedamos allá. Yo no saldré de mi hogar porque ya aguanté lo peor», confiesa a EFE con la tenacidad del que ha sobrevivido a la tormenta.
Sin embargo, para miles de migrantes, el cambio de gobierno llega cuando ya han construido una «pequeña Venezuela» en el exilio.
Mientras muchos celebraron la captura de Maduro con banderas y bocinazos en el Malecón de Cúcuta, otros enfrentan la duda del desarraigo, como Marisol Lindarte, quien ya ha echado raíces en suelo colombiano.
«Dudo que vuelva a vivir allá. Iré a visitar a mis familiares, pero ya tengo mi vida construida en Cúcuta junto a mis hijos», expresó mientras ondeaba el tricolor nacional venezolano con un orgullo agridulce.
El puente Simón Bolívar, que durante años ha sido testigo del llanto de la despedida, hoy sostiene el peso de una pregunta colectiva: ¿qué vendrá para Venezuela sin Nicolás Maduro?

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