Hace unos días participé en Teatro que Transforma, un taller hermoso, profundo y liviano a la vez. No imaginé que terminaría reflexionando sobre mi cabello.
Al día siguiente me tomé una foto con el cabello liso, que es como lo llevo desde hace más de treinta años, y le pedí a ChatGPT que generara una versión con el cabello rizado, que es como fue hace mucho. Cuando vi la imagen, me quedé en silencio.
Con el cabello liso me veía conocida y aprobada. Con el cabello rizado me veía muy extraña… y bella.
Me veía yo.
Y entendí que esta historia no empieza hoy.
Había una vez cuando era suficiente
Hasta los siete años fui una niña feliz de cabello rizado que corría por las calles de un apacible y cálido campo petrolero, sin preguntarse si su pelo estaba “bien”. Mis rizos eran parte de mi movimiento, de mi espontaneidad, de mi identidad, de mi manera de ser en el mundo y mi energía vital.
Algo cambió cuando nos mudamos a la capital y empecé a estudiar en uno de “los mejores colegios”.
Comentarios. Burlas. Maestras que me peinaban frente a todos. Miradas que excluyen y duelen. Aprendí que lo correcto era tener cabello largo y liso, muchas veces incluso rubio.
Durante muchos años asocié mi pelo con una persistente sensación de inadecuación. Como si hubiera algo en mí que debía corregirse. Me volví insegura, tímida y torpe.
Creía genuinamente que mi vida daría un giro y volvería a ser la niña de antaño si lograba convencer a mis padres de cambiarme de colegio y tener el pelo liso. Obviamente, no logré conseguir ninguna de las dos cosas. Intenté, en vano, aprender a secarme y estirarme el cabello. A veces me hacía rolletes o improvisaba peinados que ocultaran mi pecaminoso rizado. Pero no lograba acceder a ese estándar de cabello que haría de mí alguien adecuada.
No solo era “mi cabello no encaja”. Sino también “ni siquiera puedo acceder a la versión que encaja”.
Hay heridas que aunque parecen pequeñas, por repetidas, se vuelven estructurales y te acompañan el resto de la vida.
Cuando por fin pude encajar en el molde (o eso creí)
Años después, empecé a trabajar y tuve mis propios recursos. Por fin pude alisarme el cabello de manera sostenida. Y sí, me sentí mejor.
Me sentí más integrada y aceptada. Más en línea con un ideal que, en el contexto venezolano, funcionaba como código cultural de belleza y pertenencia.
En mi caso siempre mantuve mi color castaño oscuro, a veces con reflejos. No ser rubia tenía algo de pequeña rebeldía. Pero la presión verdadera no estaba en el color, sino en los rizos.
Hoy no juzgo esa etapa. Fue mi manera de reparar algo. De darme aquello que antes no podía tener. Pero si soy honesta, aunque durante años llevé el cabello liso y me sentía más cómoda socialmente, en el fondo nunca terminé de aceptarme del todo.
Había algo en mí que seguía sintiéndose ligeramente desplazado.
Olvidarnos duele
La capacidad de adaptación es una habilidad maravillosa. Nos permite leer el entorno, comprender códigos, movernos con estrategia, anticiparnos y responder rápidamente a las demandas del entorno. En liderazgo, la llamamos agilidad.
Yo me adapté.
Alisé mi cabello. Pulí formas. Aprendí a habitar estándares.
Y eso me permitió navegar espacios profesionales y sociales con mayor seguridad.
Hoy me pregunto ¿Cuándo la adaptación deja de ser elección y se convierte en distancia de uno mismo?
Adaptarse no es traicionarse, pero olvidarse de quiénes fuimos sí duele
No es que alisarse esté mal. Tampoco que lo natural sea moralmente superior. Se trata de la intención interna. Cuando aparece desde el miedo a no ser suficiente, encoge el alma. Si nace de la libertad, expande.
El rizo como reconciliación
Durante años pensé que el problema era mi cabello. Con el tiempo, entendí que era apenas el síntoma visible de algo más profundo. La sensación persistente de no ser suficiente se instaló dentro de mí de manera silenciosa. Un pequeño impostor interior que siempre parecía saber señalar lo que faltaba: que no era lo suficientemente segura, ni lo suficientemente elegante, ni lo suficientemente inteligente ni adecuada.
Aprendí a convivir con esa voz, incluso a domesticarla un poco. Pero sigue apareciendo, especialmente cuando me acerco a algo que me muestra tal cual soy.
Quizá por eso, todavía hoy, la idea de dejar mi cabello natural me despierta un cierto temor. No es el cabello. Es el eco antiguo de aquella niña que aprendió demasiado pronto que debía corregirse para pertenecer.
Cuando vi mi imagen con el cabello rizado generada por IA sentí una mezcla de extrañeza y reconocimiento.
Hoy el punto no es el peinado, sino reconciliarme con la que fui antes de aprender que debía ser otra.
Rescatar a esa niña de siete años que no sabía que su cabello podía convertirse en motivo de juicio.
Esta historia no trata realmente del cabello. Tiene más que ver con identidad.
Carl Jung decía que aquello que niegas te somete; lo que aceptas te transforma.
Tal vez mis rizos nunca fueron el problema. Tal vez el verdadero trabajo ha sido aceptar que siempre fui suficiente.

Liderar desde la autenticidad
En el mundo organizacional veo algo parecido todo el tiempo. Personas brillantes que suavizan su voz, esconden partes de su historia o pulen sus diferencias para encajar en moldes que prometen aceptación. Versiones alisadas de sí mismos que parecen más correctas, más seguras, más aprobadas.
Durante mucho tiempo creí que liderar era precisamente eso: adaptarse lo suficiente para encajar en lo que se esperaba de mí.
Hoy lo veo distinto.
Alisamos identidades. Y, sin darnos cuenta, sostenemos una narrativa interna de insuficiencia.
La verdadera presencia, esa de la que tanto hablo cuando acompaño líderes, esa que inspira confianza y moviliza a otros, nace cuando nos reconciliamos con nosotros, abrazamos y sanamos nuestras heridas y dejamos de esconder aquello que nos hace distintos. Cuando nos damos cuenta que somos más que las máscaras y personajes que interpretamos para ser queridos. Entonces podemos aparecer completos y magníficos, con nuestras texturas, curvas, historias y contradicciones.
La autenticidad no es rigidez ni exhibicionismo. Es coherencia. Es la capacidad de habitar quiénes somos sin necesidad de corregirnos permanentemente para pertenecer. Por eso la diversidad importa tanto en los equipos y en la sociedad, porque lo distinto no es un problema a corregir, sino la fuente más valiosa de riqueza cultural e inteligencia colectiva.
Integridad viene de integrar.
Tal vez el liderazgo consciente empieza con la valentía de reconciliarnos con quienes fuimos.
Quiero darme un permiso distinto, no como declaración sino como un acto íntimo de coherencia. El mundo no va a cambiar por esto, pero dentro de mi algo en mí se ordena de manera más autentica.
No sé si me atreveré a llevar el cabello rizado. Aún me pesa la versión de mí que ha vivido tantos años con el cabello liso. Quiero darme la posibilidad de ser la rizada algunos días y peinarme lisa cuando me provoque. Jugar con dos versiones de mí misma.
Hoy entiendo algo que ya no tengo que elegir entre una u otra. Soy las dos.
Y quizá madurar también sea aprender a integrar.
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