Historias de Raúl: El cuerpo que se apropia del presente para actuar | Por: José Luis Colmenares Carías

 

En nuestra entrega anterior, exploramos cómo nuestras palabras no son simples descriptores, sino los cimientos sobre los cuales construimos (o demolemos) nuestras posibilidades económicas. Dijimos entonces que el lenguaje esculpe el cerebro. Pero hoy debemos añadir un matiz indispensable: el lenguaje no flota en el éter. Se encarna. Nuestras decisiones financieras pasan por el filtro de un cuerpo que siente, que se tensa ante la incertidumbre o que se paraliza.

Para entender este fenómeno, en el marco del contacto y el estrés financiero, les invito a conocer la historia de Raúl. Él llegó a uno de nuestros espacios de aprendizaje con la urgencia de quien siente que el tiempo corre en su contra. Raúl no es un improvisado; buscaba estructura y una metodología para poner orden en su consultoría. Sin embargo, en sus primeras intervenciones reveló algo más profundo que una simple desorganización técnica. Nos compartió con honestidad: «Siento que el tiempo se me está acabando y eso me genera una inestabilidad emocional constante«. Estar próximo a cumplir los 60 años, en un entorno donde la volatilidad es la regla, había convertido su relación con el dinero en un escenario de alerta permanente.

Él definía el dinero desde una perspectiva muy concreta que compartía con el grupo: «Para mí el dinero es un instrumento que genera paz y tranquilidad, y cuando no se tiene, genera ansiedad, mucha ansiedad«. Pero aquí residía su paradoja: esa misma exigencia de estabilidad se le volvía un verdugo. Al avanzar en las dinámicas de trabajo y abordar su mapa de obligaciones, su cuerpo reaccionaba antes que su discurso: la respiración se volvía corta, los hombros se elevaban y una rigidez evidente le impedía avanzar con fluidez. Detrás de su postergación no había desinterés ni irresponsabilidad técnica. Al profundizar en su proceso, emergió la exigencia de control que se imponía frente a un entorno volátil: para él, sentarse a revisar sus cuentas no representaba un ejercicio contable objetivo, sino revivir la antigua amenaza de que su estabilidad profesional se fuera a derrumbar.

Raúl compartía además la angustia de ver cómo ese mismo bloqueo se repetía en sus clientes ante los cambios bruscos de pago —como cuando debían cambiar pagos de dólares a bolívares, generando un gran impacto emocional en sus operaciones—. Él veía en otros, y reconoció en sí mismo, la misma respuesta biológica: cuando el organismo interpreta la gestión financiera como un peligro inminente, sacrifica la claridad analítica y apaga la capacidad de planificar.

El punto de quiebre ocurrió cuando logró pausar el afán por «resolver la cifra» y se dio espacio a la vivencia presente. Así, pudo enfocar su atención en lo que realmente importaba —dejando atrás la neblina de la amenaza que lo abrumaba— y nombrar la angustia que lo embargaba. En este proceso, comenzó a compartir sus avances concretos en el manejo de su ansiedad financiera, estableciendo metas claras y sostenidas —como realizar un mínimo de llamadas semanales para buscar nuevos clientes y mejorar la atención a los actuales—. Transitó así desde la vieja creencia de que la prosperidad simplemente vendría por añadidura hacia una postura activa, comprendiendo que el bienestar económico requiere una búsqueda deliberada y un esfuerzo consciente que él mismo debe procurar.

Para no dejarse abrumar por la situación del país, se unió a un grupo de apoyo espiritual y decidió reconocer su miedo, entendiendo que las emociones se integran y se observan con claridad. Así, reemplazó su lenguaje limitante por afirmaciones que se enfocan en las oportunidades. Este cambio de perspectiva fue crucial, ya que le permitió ver los desafíos como posibilidad de crecimiento en lugar de amenazas paralizantes. Al darse cuenta de que revisar sus cuentas no definía su valor, la tensión en su cuerpo se redujo.

Al detenerse a ordenar sus finanzas y revisar en detalle el mapa de sus compromisos profesionales y obligaciones pendientes, ese registro detallado dejó de ser una amenaza para convertirse en un paso de ordenamiento, permitiéndole negociar plazos reales y construir un plan paso a paso sin caer en la parálisis. La dinámica aplicada al cierre de su proceso le permitió registrar este avance: validó de forma objetiva que había logrado transitar desde la inacción provocada por el temor hacia una perspectiva renovada y de optimismo operativo, rediseñando con solidez su horizonte profesional.

La historia de Raúl nos demuestra que antes de intentar ajustar cualquier formato técnico o planilla de trabajo, primero necesitamos aprender a habitar con honestidad el estado de ánimo con el que miramos nuestros recursos. Cuando el cuerpo se siente a salvo de sus propios fantasmas, la mente finalmente puede volver a pensar. Y es solo entonces, con el sistema nervioso en calma, cuando somos capaces de construir una relación con el dinero que realmente nos devuelva la tranquilidad.

Hacia el tramo final de su proceso en el taller, al sistematizar sus propios aprendizajes con voz propia, Raúl nos dejó esta profunda reflexión: «Me di cuenta de que si uno no toma el toro por los cuernos, las cosas simplemente no se mueven; entendí que el orden no es un castigo, sino la única forma de recuperar el timón de mi consultoría», comprendiendo de una vez por todas que «la prosperidad tenemos que buscarla nosotros mismos, hay que luchar por buscar esa prosperidad nosotros mismos«.

A través de la experiencia de Raúl, se evidencia que la gestión del dinero no se trata únicamente de números y cálculos. Involucra una comprensión profunda de nuestras emociones, creencias y patrones de comportamiento. La educación financiera debe integrar un enfoque de complejidad sistémica que considere el bienestar emocional y la salud mental, permitiendo a las personas desarrollar una relación más saludable con sus recursos.

 

 

 

 

 

 

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