Por: José Luis Colmenares Carías
En nuestra entrega anterior exploramos cómo la gramática interna y los prejuicios automáticos condicionan profundamente nuestras decisiones financieras. Allí dejamos abierta la puerta para conocer la vivencia práctica de Inés, enmarcada en esta serie de artículos diseñados para transitar de la rigidez numérica hacia la comprensión integral de nuestra relación con el dinero.
Si bien las herramientas técnicas y los presupuestos son indispensables para obtener resultados inmediatos, la práctica en los talleres nos demuestra algo distinto: antes de que la razón procese una cifra, el cuerpo y la memoria emocional ya emitieron una respuesta defensiva. Es allí donde la historia de Inés se vuelve reveladora, mostrándonos cómo un juicio arraigado en la historia personal puede congelar la acción y cómo su transformación abre paso a una tranquilidad duradera.
Inés, una joven ingeniera industrial encargada de los procesos productivos en la organización donde labora, llegó al espacio impulsada por una motivación compartida por muchos participantes: la búsqueda urgente de una estructura metodológica ante una sensación difusa de desorganización en sus cuentas. En sus primeras intervenciones se definía desde una mirada marcadamente técnica y racional, propia de su rigurosa formación profesional. Para ella, la economía personal debía comportarse como un sistema predecible, ordenado bajo el control estricto de la planificación. No obstante, al llevar sus números al terreno vivencial, esa aparente claridad conceptual comenzó a resquebrajarse frente a las exigencias reales de su cotidianidad.
La tensión no emergía en la teoría del presupuesto, sino en el terreno imprevisto de la vida diaria. Al avanzar en su inventario de cuentas y revisar su dinámica económica, Inés reconoció que la armonía de sus cálculos sufría un cortocircuito recurrente cuando las cosas no salían según lo trazado. Ante la pregunta sobre cómo vivía la incertidumbre cuando los recursos escaseaban frente a las expectativas del mes, su relato reveló un juicio limitante muy arraigado: «Cuando las cosas no salen como las planifico, me siento cabizbaja… siento que hice algo mal, que distribuí mal». Detrás de un aparente problema de cálculo operaba la creencia inconsciente de que cualquier desvío financiero equivalía a una falta de carácter o a una incapacidad personal para administrar.
Al profundizar en su historia mediante el genograma, emergió la verdadera carga que condicionaba sus decisiones: el sostenimiento económico y el cuidado de la salud de sus mayores cercanos. Cuando en el taller se presentó la imagen analógica de su dinámica —una carreta cargada de cocos que se desborda en plena pendiente debido a una emergencia médica imprevista—, Inés reconoció con honda claridad: «Correcto, es así… y lo que hago es tratar de recogerlos para volver a empezar». La tensión verdadera no provenía de la cifra fría en el banco, sino de la exigencia de sostener en soledad el equilibrio de su círculo familiar directo.
Frente a esta sobrecarga, su patrón oscilaba entre la híper-racionalización defensiva y la parálisis por evitación. Cada vez que intentaba revisar sus saldos bajo presión, aparecía un nudo somático en el estómago que la llevaba a posponer decisiones o a cargar con una culpa silenciosa. El punto de inflexión en su proceso no brotó de una fórmula contable novedosa, sino del momento en que logró hacer conciencia de su respuesta automática ante el estrés. Al percatarse de cómo su cuerpo entraba en tensión ante los juicios de autoexigencia, pudo transitar hacia una pausa deliberada. No se trató de un quiebre instantáneo, sino de un aprendizaje cultivado a lo largo de las sesiones, donde descubrió un recurso sencillo pero transformador: «Cuando siento que la angustia me nubla y no tengo la respuesta inmediata, me acuesto en el piso a mirar el techo y respiro».
Ese gesto físico de detener la prisa, acostarse y mirar al techo le permitió distinguir entre el dato numérico real y la narrativa de temor acumulada. Al diferenciar la cifra de la interpretación agobiante, su postura cambió hacia una autoobservación compasiva. Inés comprendió que la variabilidad en los gastos de sus mayores no constituía una falla en su inteligencia financiera, sino una realidad que requería alianzas, diálogo y flexibilidad, en vez de aislamiento y autorreproche. Al transformar su diálogo interno, comenzó a formularse preguntas funcionales: «¿Para qué quiero este recurso?» y «¿Qué compromiso puedo asumir hoy sin perder mi paz?».
Al cierre del proceso de aprendizaje, Inés declaró una transformación en su emocionalidad y en su observador. Logró soltar la necesidad de un control absoluto y rígido, lo que le permitió integrarse mejor con su equipo laboral, incluso, aceptar la retroalimentación sin interpretarla como un ataque y gestionar sus tiempos vitales con menor ansiedad. Pasó de la reacción defensiva a una gestión estratégica de su entorno.
La vivencia de Inés confirma que una educación financiera integradora no busca imponer disciplina militar sobre un cuerpo estresado, sino desmantelar las narrativas inconsciente de culpabilidad. Cuando aprendemos a reconocer las historias que nos contamos frente a los números y detenemos la parálisis somática, recuperamos la flexibilidad indispensable para conversar con nuestro entorno, priorizar con calma y construir una salud patrimonial sostenible.
Nota: La historia de Inés forma parte de las sistematizaciones del taller de aprendizajes Transforma tu Relación con el Dinero.
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