París, 7 oct (EFE).- El francés Henri Kagan, que junto al japonés Kenso Soai ha recibido este miércoles a los 95 años el Premio Nobel de Química por sus trabajos sobre los efectos no lineales y la autocatalisis en la síntesis orgánica asimétrica, es un científico muy apreciado y respetado por sus pares en Francia.
El reconocimiento llega con décadas de retraso y viene a reparar «una gran injusticia» que la comunidad química francesa llevaba años señalando, manifestaron a EFE dos de sus colegas de la Academia de Ciencias de Francia, Bruno Chaudret y Odile Eisenstein.
Kagan hizo prácticamente toda su vida científica alrededor de París. Nacido en Boulogne-Billancourt en 1930, se formó como químico y, tras una estancia posdoctoral en la Universidad de Texas (EE.UU.) y varios años en el Centro Nacional francés para la Investigación Científica (CNRS), llegó a la entonces Universidad Paris-Sud de Orsay (actualmente París Saclay), donde pasó buena parte de su carrera y creó su propio grupo de investigación.
Allí fue profesor hasta su jubilación y siguió vinculado a la química como profesor emérito. Kagan se casó en 1960 con Claude Vignon, con quien tuvo tres hijas.
En París-Sud coincidió con investigadores de varias generaciones, entre ellos Odile Eisenstein, química emérita de la Universidad de Montpellier y del CNRS, que recuerda cómo, siendo todavía una joven científica, iba a buscarle para hablar de química y encontraba siempre la puerta abierta.
Kagan podía ser ya una autoridad, pero, según ella, nunca se comportó como tal: «Siempre estaba disponible. Tenía una gran amabilidad y me dedicaba todo el tiempo que yo quería», rememora.
El químico francés fue uno de los grandes pioneros de la catálisis asimétrica, que permite favorecer una de las dos formas especulares que pueden adoptar determinadas moléculas: una puede ser la que necesitamos para fabricar un medicamento y la otra ser inactiva o incluso tóxica.
Pero su aportación fue más allá, ya que demostró que una diferencia inicial minúscula entre ambas podía ser amplificada por la propia reacción química.
La explicación de Chaudret resulta casi intuitiva: «Si tenemos un 50,51 % de una y un 49 % de la otra, la química va a conseguir que ese 51 % se convierta en un 80 % y el otro en un 20 %».
«Eso no depende de nada, son efectos que son autocatalíticos, por lo que es el propio sistema el que va a generar esa diferencia. Y eso es propiamente revolucionario», explica Chaudret, miembro de la Academia de Ciencias y director de investigación emérito del CNRS.
Eisenstein subraya también la importancia de esa aportación: «Es algo completamente fundamental en catálisis», afirma. La sensación de que el Nobel llega tarde es compartida por ambos.
En 2001, la Academia sueca premió los trabajos sobre catálisis asimétrica de William S.Knowles, Ryoji Nojori y K.Barry Sharpless, pero aquel reconocimiento no hacía referencia a los efectos no lineales que ahora están en el centro del galardón a Kagan.
«Es la comunidad de químicos la que lamentaba que no estuviera incluido. Él nunca, nunca dijo una palabra sobre ello», cuenta Eisenstein.
Chaudret también estima que Kagan debería haber sido distinguido entonces, aunque el premio actual reconoce un aspecto diferente de su trabajo.
«Es de una modestia excepcional. Nunca mencionó ese problema. Eramos nosotros quienes lo mencionábamos, no él», dice, y añade: «Es realmente un sabio en el sentido del siglo XIX, alguien que tiene un conocimiento absolutamente fabuloso de la ciencia».
Eisenstein, que coincidió con él en la universidad y lo tuvo incluso en su tribunal de tesis, no duda en definirlo como «un gran científico, apasionado por la ciencia, siempre dispuesto a discutir con cualquiera sobre un tema científico, profundamente interesado por la ciencia».
Y cuando se le pide que deje de lado la química para hablar simplemente del hombre, encuentra una última palabra: «Es alguien maravilloso».
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