Por: Jesús Barreto Leal*
Cuando el conquistador hispánico se adentró en tierras de los indígenas cuycas, hacia 1548, no se imaginó que se encontraría con una comarca bendecida por la belleza paisajística, con un clima ideal, y con recursos sin igual para dar paso a un asentamiento próspero, que fue calando en desarrollo progresivo a medida que los siglos fueron pasando. La sed de oro y poder era la que movían a estos primeros incursores desde El Tocuyo, al frente de los cuales estaba el capitán Diego Ruiz de Vallejo.
En el medio de esa zona geográfica de los Andes de Venezuela, se yergue la ciudad de Boconó, que conmemora 463 años de la acción liderada por uno de sus primeros pobladores hispánicos, don Juan de Segovia y un grupo de vecinos quienes el 30 de Mayo de 1563, no obedecieron la orden de las autoridades gubernamentales para un nuevo traslado de la que después fue llamada la “Ciudad Portátil”, hacia las cercanías del río Motatán. En efecto, con el nombre de Trujillo de Salamanca, la más antigua ciudad establecida en los andes venezolanos, estaba asentada desde 1560 en el feraz valle de Boconó, lugar a donde había sido trasladada desde la zona de Escuque, donde había sido fundada en 1557.
Es así como Boconó nace como germen urbano y socioeconómico, sin presentarse un acto fundacional de acuerdo a las normas jurídicas hispánicas relativas a estos hitos, sino como una decisión desafiante y afianzada, para seguir dando continuidad a la ocupación del espacio y a la explotación de estas fértiles tierras. Esta acción que fue considerada rebelde, dio inicio como se dijo antes a la evolución y posterior formalización urbana de nuestra ciudad, la cual en 1621, y de acuerdo a la decisión de instancias civiles y eclesiásticas (representadas por el gobernador de la provincia de Venezuela Francisco de la Hoz Berrío y por el Obispo de Venezuela, fray Gonzalo de Alcega), fue elevada a la categoría de pueblo de doctrina y parroquia eclesiástica, con San Alejo como santo patrono que desde entonces, es benefactor espiritual de los pobladores, en su mayoría de profunda raíz católica.

Pero, ¿qué observaron -insistimos- esos primeros habitantes españoles para enfrentarse, en este caso, a semejante desobediencia? Sin duda, la variedad de paisajes impregnados de todos los tonos de verde posibles, una “eterna primavera”, con un ambiente sano y saludable, bastantes cursos de agua, tierras productivas para infinidad de cultivos y cría de animales, y seguramente, aunque nunca reconocida en todo su valor por la circunstancia que la historia presenta al enfrentar a los hombres contra los hombres, la presencia originaria de la Nación Cuyca, una de las culturas avanzadas en cuanto al desarrollo técnico y cultural del contexto venezolano, poseedora de un legado que aún hoy alcanza su influencia en testimonios vivos de mestizaje étnico y cultural, representados en nuestra cultura campesina. Toda esta idealización, la imaginamos desde el ahora, porque no todo fue idílico.
El poblado fue transcurriendo su diaria cotidianidad, enmarcada en la dinámica geo- política de la época colonial. Durante los siglos, y luego del sometimiento cruel por parte de los primeros españoles a los indígenas, con la consecuente cuasi destrucción de su cultura (que aún así se mantuvo presente en ciertas prácticas y costumbres) fueron llegando oleadas de migrantes de la Península Ibérica y de las Islas Canarias hacia tierras americanas, la mayoría gente empobrecida, gran parte analfabeta, prácticamente sin recursos, con creencias ancestrales hacia el temor de lo sobrenatural, pero con muchas ilusiones que vieron acá una forma de desarrollo y avance para el bien de ellos y sus familias. Son los migrantes de toda la vida. En el caso de Boconó y sus pueblos aledaños, llegaron varios individuos y hasta familias enteras desde esas zonas europeas empobrecidas, a enfrentarse con un mundo ajeno y desconocido al que, sin embargo, lograron acoplarse y mezclarse con la cultura originaria cuyca, dando inicio a nuestras familias trujillanas y boconesas. Investigaciones que se realizan en viejas fuentes documentales, dan testimonio de estos acontecimientos que nos determinan, para bien o para mal, en lo que somos actualmente, conociendo pormenores de sus actividades económicas, sociales, religiosas…
En los albores del siglo XIX, con motivo de la guerra de independencia, Boconó y su jurisdicción fueron escenarios de acontecimientos cruciales como la adhesión a la causa independentista (iniciados el 5 de julio de 1811) con la Proclama suscrita por el prócer Miguel Uzcátegui Briceño, que elevó a la categoría de villa a nuestra ciudad y estableció, el primer cabildo republicano, con Uzcátegui como su primer alcalde. Asimismo, fue fundamental y motivo de orgullo, la presencia de Simón Bolívar y del Ejército Libertador, a fines de junio de 1813 y la Batalla de Niquitao, el 2 de Julio de 1813, así como muchísimos otros hitos de este período que están en pleno momento de estudio y divulgación por estudiosos que van dando rendición de la importancia de Boconó y toda su área de influencia, en su contribución para el nacimiento de la actual nación venezolana independiente, como punto estratégico avalado por su posición en la geografía andina.

Uno tal vez se imagina, desde las ricas fuentes de estudio, que por su situación geográfica privilegiada, a medio camino entre regiones diversas, posicionada en un “ancho valle de sabana limpia”, como lo describió uno de los Cronistas de Indias, fray Pedro Simón; surcado por el río majestuoso que le da su nombre, también por el río Burate y multitud de quebradas y manantiales, dieron fama a Boconó como lugar de “paz social y tolerancia”, por ser una comarca digna de recibir a quienes por diversas razones, principalmente en el turbulento siglo XIX, fueron perseguidos debido a enfrentamientos políticos, y aquí encontraron un refugio amable y tranquilo. Y estas bondades se extendieron, desde mediados del siglo mencionado, a muchos inmigrantes extranjeros, sobre todo italianos, quienes contribuyeron con el desarrollo económico, agrícola, social y cultural de Boconó, en el marco de la gran producción y comercio del café que generó una estable prosperidad, hasta bien entrado el siglo XX.
Hoy en día Boconó mantiene, a pesar de las fuertes circunstancias no cónsonas con su realidad y su experiencia histórica, gran parte de la esencia y valores que nos enorgullecen. Aún pueden verse, aunque con peligro inminente, ciertas acciones de solidaridad, respeto, concordia, ímpetu de trabajo, espíritu de servicio, amor por la naturaleza… pero tenemos que exigir y exigirnos como habitantes de esta buena tierra, que nuestra ciudad y su zona de influencia, no sucumban por la desidia, el desinterés, la apatía, la irracionalidad, el clasismo, la exclusión… Debemos ser portavoces y generadores de buenas noticias, de organización útil y necesaria para lograr que nuestra querida pero maltratada ciudad, sirva de ejemplo en tantos aspectos de los que podríamos jactar que aún tenemos: rica biodiversidad y naturaleza, aspectos culturales de variada índole y abundancia, instituciones que a pesar de todo pueden servir como ejemplo tesonero para nuestro desarrollo, capacidad creativa y emprendimiento, potencialidades turísticas ilimitadas, gran producción de diversos rubros agrícolas, en fin, un lugar que en medio de la crisis de nuestro mundo vale la pena habitar y cuidar.
*Oficina Cronista del Municipio Boconó
Boconó, mayo de 2026
Algunas lecturas:
Nectario María, Hermano. Los orígenes de Boconó. 1962
Baptista, José María. Crónicas del Boconó de ayer (dos series, 1962 y 1966)
Dubuc de Isea, Lourdes. Proclamación de la heredad. Boconó, estancias y vivencias. 1998

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