Frente a la deshonor, la dignidad del pueblo soberano | Por: Francisco González Cruz

 

Las sorprendentes y descomunales cifras que anuncian los  negociados en las alturas del poder, en Washington y Caracas, contrastan con las penurias generales que padece la mayoría del pueblo venezolano y con sus esfuerzos para superarlos con trabajo honesto. Si como en tiempos de la dictadura gomecista esta danza de millones no se traduce en el bienestar de los venezolanos, pues están claras las consecuencias. Lamentablemente la catadura ética de los protagonistas no genera ninguna confianza.

El negocio como tal no tendría que ser malo. Un país que tiene enormes recursos petroleros, pero que no tiene el poder financiero y técnico para aprovecharlo, la idea de una asociación con quien los tenga, en un proceso sano de “ganar – ganar”, no luce descabellada. Sin embargo, por una parte, las alternativas que se presentaron a lo largo de los 40 años de democracia son antecedentes de cómo un país puede hacer las cosas de forma honorable y eficiente.

Por la otra los negociadores actuales por parte de Venezuela no tienen ni la experticia técnica, ni la legitimidad política, ni los antecedentes éticos para ello. Antes, por el contrario, los negociadores tienen los peores antecedentes incluso recientemente reconocidos y sancionados por el propio Estados Unidos. El desastre vino precisamente con el socialismo del siglo XXI cuyos protagonistas son los interlocutores de los nuevos arreglos. Además, con una nación destruida institucionalmente, económicamente, políticamente y con sus instituciones académicas y técnicas también en ruinas.

Frente a este panorama, no todo está perdido, pues el pueblo está clarísimo: el venezolano ama a su país y quiere que su familia tenga bienestar. Para lograr eso está consciente que necesita libertad, democracia, justicia y personas preparadas y honorables al frente de una país soberano. Ese pueblo sabrá prevalecer. En estos casi treinta años de aprendizaje ha aprendido a sobrevivir con dignidad. La mayoría aquí mismo en sus lugares en miles y miles de iniciativas que han logrado resistir o evadir las arremetidas de un gobierno enemigo de la persona humana y de su espíritu emprendedor. Otras han  buscado fuera del país sus posibilidades de trabajo y bienestar, pero pensando en volver o en la manera de insertarse en las nuevas realizades que es necesario forjar.

A lo largo y ancho del territorio nacional hay gente que trabaja para ganarse el pan de cada día, y que lucha para que esa tarea cotidiana se pueda realizar mejorando las condiciones existentes. Hay personas que dan clase y que las reciben, que cuidan a sus semejantes o son cuidados, que producen bienes y prestan servicios. Hay sueños y realidades. Ese es un país que existe y que prevalecerá cueste lo que cueste. Ante este despropósito descomunal la Nación responderá para restituir el honor y la dignidad. Es la sociedad civil activa organizada y el poder de un liderazgo luminoso.

 

 

 

 

 

 

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