Estamos bajo amenaza | Por: Yulliam Moncada

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Yulliam Moncada

 

En Posadas, Argentina, una chica de 18 años denunció a un conductor de Uber porque le propuso saldar la carrera con sexo. Vi la información en Instagram y fui a leer los comentarios. Difícil de creer: la mayoría, hombres y mujeres, dudaban de su versión e incluso la culpaban. “Eso les pasa por hablar con los conductores”, “seguro fue al revés: él se negó y ella busca venganza” …

Una semana antes, en Brasil, un hombre de 40 años asesinó a sus dos hijos, de 12 y 8 años, y luego se quitó la vida. Antes había publicado una carta culpando a su mujer, un acto de venganza por la supuesta infidelidad de ella. Lo más doloroso: la mujer tuvo que retirarse del entierro de uno de sus hijos por el maltrato de quienes la responsabilizaron del crimen.

Y esta semana, una violación grupal a una menor de 17 años en Río de Janeiro volvió a poner en evidencia la violencia hacia las mujeres. Cinco hombres, de entre 17 y 19 años, le tendieron una emboscada, la convirtieron en su presa y la devoraron. Cuando ella le contó a su hermano lo sucedido, le dijo: “¡Creo que fui abusada!” —¿Creo? ¿Cómo así?, si estaba toda ensangrentada y apenas podía mantenerte en pie.

Estos casos no son aislados. Son reflejo de un sistema que nos coloca en riesgo, nos hace dudar de nosotras mismas y nos culpa cuando sufrimos violencia.

Por eso no admiro a una mujer en particular; las admiro a todas. Pero no es suficiente admiración: lo que necesitamos es respeto e igualdad de condiciones. No es fácil ser mujer; estamos bajo amenaza constante, en la calle y en la casa.

De adolescente, muchas veces me quejé de ser mujer. Pensaba: “si fuese hombre, todo sería diferente”. Y no estaba equivocada. A nosotras nos crían de una forma y a ellos de otra. Todo comienza en casa. Nos dan muñecas y nos enseñan a ser mamás; a ellos les preguntan cuántas novias tienen. Las niñas no juegan en la calle, usan short debajo de la falda, no se sientan en las piernas de los hombres. Nada de besos en la boca.

“Una mujer decente no se viste así”, “no sale sola”, “no está con un hombre y con otro”. Los hijos están primero. El hombre propone y la mujer dispone… ¡cuánto odio esas frases!

¿Para qué fuimos educadas? ¿Se lo han preguntado alguna vez? Para cuidarnos de los hombres, incluso por nuestros propios padres. Porque ellos lo saben: muchos hombres pueden ser depredadores. Somos el trofeo a ganar. Pero no un trofeo que se obtiene y se cuida; es desechable, se consigue y luego se tira a la basura hecho trizas.

La ira que siento no nació de la nada. Nació de la experiencia, de la memoria, de historias que se repiten una y otra vez. Cada vez es más evidente la vulnerabilidad que tenemos frente a los hombres y cómo el mundo ha sido construido por ellos y para ellos.

Hoy, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, dejó de ser solo un día de reconocimiento y celebración para convertirse también en un día de lucha y visibilización de la violencia que sufrimos a diario.

Durante mucho tiempo me negué a verme como víctima, pero ya no es posible. Hay que aceptarlo y, más que eso, decirlo. No callarlo. Y, sin embargo, ocupar este lugar no nos hace más débiles. No somos pobrecitas que necesitan protección. Ponerlo de manifiesto es denunciar una conducta perjudicial, nociva, machista y asesina que cada vez resulta más difícil de ocultar.

Mientras sigamos teniendo que cuidarnos, callarnos o justificarnos para sobrevivir en un mundo que no fue pensado para nosotras, esta rabia seguirá existiendo. Y tal vez tenga que existir. Porque, a veces, la rabia también es una forma de despertar. Y quizá sea, también, el comienzo del cambio.

 

Admiro a todas las mujeres:

a las que eligieron quedarse en casa para cuidar de sus hijos y de su marido, dejando de lado su profesión y su vanidad;

a las que cargan con el sentimiento de culpa por dejar a sus hijos en una guardería todo el día, mientras trabajan, no solo para sustentarlos, sino porque les gusta lo que hacen;

a las que piden dinero en la calle para que sus hijos coman;

a las que soportan los malos tratos de sus maridos porque no ven otra opción;

a las que se prostituyen;

a las que se animan a denunciar;

a las que nacieron en un cuerpo de hombre y se arriesgaron a convertirse en lo que sentían que eran;

a las mujeres que tienen hijos y a las que deciden no ser madres;

a todas.

 

Admiro a todas, porque cada una, a su manera, desafía al mundo que nos quiere pequeñas, silenciosas, culpables.

 


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