¡Esa alegría contagiosa!

 

Cuando llegué a la concentración del 12 de febrero en Chacao me encontré con un conjunto que bailaba y cantaba al son de unos tambores. La gente se arremolinaba a su alrededor imitándolos y luego de un rato salieron calle arriba haciendo un larguísimo tren mientras cantaban “fuera Maduro” con una letra muy peculiar. Una señora se quejó de que “otra vez la bailoterapia” y su compañera auguró “un mal fin” porque “no aprendemos”.
Yo me quedé pensando en sus comentarios y llegué a la conclusión de que si así somos… ¿por qué renegar de nuestra identidad?… Si hay algo que nos identifica como venezolanos es nuestra alegría. Nuestra liviandad incluso en los momentos más críticos. Ciertamente deberíamos tomarnos más en serio las cosas, pero si tengo que escoger, prefiero la alegría que la amargura, la soltura a la rigidez. Será mi ADN venezolano…
Sin embargo, creo que la alegría había desaparecido de nuestras vidas… Demasiadas tragedias se han ido arremolinando a nuestro alrededor en los últimos años. Nuestras ganas de vivir y de disfrutar fueron decapitadas por Nicolás Maduro y su combo. Fueron suplantadas por el silencio, las colas, el hambre, la falta de medicinas, la angustia, la desolación. El pueblo alegre se transformó en pueblo triste. El pueblo despreocupado, en pueblo inquieto. El pueblo liviano, en pueblo con un pesado fardo a sus espaldas.
¡Y las ganas de irse! ¡Y tantos que se han ido! Todos hemos pasado por el dolor de los adioses, por ese “morir un poco” al que se refería Edmond D´Haracourt cuando escribió sobre las despedidas. Todos los venezolanos nos hemos muerto un poco. Al despedirnos de nuestros seres queridos, al sentirnos impotentes frente a tanta maldad, al enfrentar cada día una nueva injusticia y el desdén de un régimen indiferente al sufrimiento.
Pero ahora hay una luz… Y no es una lucecita, ¡es un faro! Ese faro ha traído de vuelta la esperanza que nos habían arrebatado para podernos subyugar. Y el bravo pueblo está resucitando. Un joven con una sonrisa luminosa nos asegura que “vamos bien” y que “pronto regresarán los que se han ido”. Y le creemos, porque tenemos razones para creerle. Y está regresando la venezolanidad perdida dentro del discurso cubanoide. Y lo que más aprecio que vuelva ¡es esa alegría contagiosa!…

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