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Entre el bosque y el jardín | Por: Arianna Martínez Fico

por Redacción Web
13/05/2026
Reading Time: 7 mins read
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El arte de cultivar la vida

El fin de semana pasado estuve en un retiro precioso en Equisoain, un antiguo castillo refaccionado en medio de un bosque casi virgen en Navarra. Todavía puedo sentir el olor de la humedad de la tierra, el sonido de las hojas bajo los pies y esa manera en que el silencio aparece cuando la naturaleza abarca todo lo que es posible mirar y se convierte en conexión con lo sagrado, haciéndome sentir una con el todo.

Fueron días para respirar distinto.

Acompañados por Santiago Beruete -filósofo, jardinero y autor de varios libros maravillosos sobre naturaleza- y Eduardo Barba, paisajista e investigador apasionado del mundo vegetal, aprendimos a mirar con más atención. A detenernos frente a un musgo diminuto, la corteza agrietada de un árbol antiguo o una pequeña flor silvestre abriéndose paso entre piedras al borde de un camino.

Hubo conversaciones profundas, meditación, Chikung, activación kundalini y espacios de arte terapia. Caminamos por el bosque. A veces lento y otras con un poco más de ritmo. Como la vida misma, el retiro parecía moverse a distintas velocidades y estados de ánimo, pero siempre desde una presencia que me cuesta explicar. Una forma distinta de habitar el tiempo.

Regresando de una caminata exploratoria en medio de ese bosque de cuento de hadas, comenzó a llover con la fuerza de las tormentas tropicales. El barro nos llegaba casi a las rodillas. Mi único acto de presencia plena era avanzar paso a paso sin caerme, sentir el peso de mis pisadas, la lluvia atravesando los abrigos y pegándose a la piel, apoyarme a veces en las ramas y cuidar dónde pisaba para no destruir aquello mismo que nos sostenía.

Hacía mucho tiempo no me sentía tan parte de la vida.

Lo salvaje y lo cultivado

Tengo la fortuna de vivir muy cerca del parque El Retiro en Madrid y con frecuencia camino por sus jardines. Hay zonas perfectamente cuidadas, senderos trazados con precisión, árboles podados, flores organizadas casi como una composición musical. Y también existen rincones donde la vegetación parece respirar con más libertad, espacios menos intervenidos en los que la naturaleza conserva algo de su impulso indómito.

Mientras caminaba por el bosque en Navarra pensaba en la diferencia entre el bosque y el jardín.

En el bosque la vida aparece con una autenticidad salvaje, hermosa y casi descarada. Nada intenta aparentar otra cosa. La vida sucede incluso en el caos aparente: ramas caídas, hojas secas, barro, humedad, descomposición y nacimiento, conviviendo al mismo tiempo en una armonía que desborda la lógica humana más urbana.

El jardín, en cambio, me habla de cuidado y presencia. De la intención amorosa de cultivar condiciones para que algo florezca.

Quizás la vida, o al menos la mía, necesita ambos movimientos.

Hay etapas en las que necesitamos bosque. Espacios donde volver a lo esencial, soltar la postura y las máscaras, recordar que también somos naturaleza y que existe una inteligencia profunda en los ciclos de la vida. Y hay momentos donde hace falta jardín: elegir qué nutrimos, qué podamos, qué merece atención, cuáles vínculos regamos y qué partes de nosotros ameritan descanso antes de volver a brotar.

Últimamente siento que estoy aprendiendo a controlar menos la vida y más a cultivarla.

Jardinar el alma

En los últimos meses he sentido que estoy atravesando una transformación personal importante. Más silenciosa que otras que he vivido. Menos mental o intencionada y más corporal, intuitiva y emocional. Con más fluidez, goce y aceptación que resolución, como si algo dentro de mí estuviera ablandándose, soltando ciertos apegos y durezas para transformarse en algo más auténtico, femenino, vivo y maduro. También más respetuoso de mis propios ritmos, de lo que quiero y de lo que ya no quiero para mi vida.

Durante mucho tiempo creí que crecer consistía en aprender más, hacer más cursos, leer más libros, acumular herramientas, respuestas y certezas. Todo eso ha sido valioso. Amo profundamente el aprendizaje y honro a quienes he asumido como maestros en mi vida. Y empiezo a intuir que existe una diferencia importante entre conocer algo y permitir que la vida nos transforme.

La información puede llenar la mente. La experiencia, cuando realmente la habitamos, tiene la capacidad de ensanchar el alma. La sabiduría no aparece cuando logramos explicar la vida, sino cuando empezamos a sentirnos parte de ella.

Hay mucha sabiduría en la incertidumbre, en los ritmos naturales, en los procesos que no pueden acelerarse.

El bosque me recordó algo que había olvidado: la vida no se pelea con sus ciclos.

Las hojas secas no representan fracaso. La tierra no se avergüenza de los procesos lentos. Lo que termina también nutre. Lo que cae prepara el suelo para nuevos brotes.

Quizás por eso me conmovió tanto caminar entre ramas rotas, humedad, barro y árboles inmensos. Había belleza incluso en la descomposición.

Los estoicos hablaban de eudaimonia como una forma profunda de florecimiento humano. No una felicidad superficial ni una vida perfecta, sino la posibilidad de desplegar plenamente nuestra magnificencia, aquello que somos cuando vivimos en coherencia con la propia naturaleza y los valores más esenciales, el regalo que somos para la existencia.

Quizás la autenticidad tenga menos que ver con reaccionar desde nuestros patrones automáticos y más con cultivar la consciencia suficiente para elegir cómo queremos habitar la vida.  Quizás jardinar el alma tenga algo que ver con eso.

Con aprender qué requiere agua y qué podar. Qué partes de nosotros están listas para florecer y cuáles necesitan todavía oscuridad, silencio y tiempo de incubación.

Liderar como quien cuida un jardín

Caminando esta mañana por El Retiro, pensé en las organizaciones y en las personas que tienen la responsabilidad de liderar.

Quizás hemos pasado demasiado tiempo intentando dirigir empresas como si fueran máquinas, en lugar de comprenderlas como sistemas vivos.

En la naturaleza nada florece bajo amenaza permanente. La vida necesita ciertas condiciones: tierra fértil, luz, agua, tiempo, cuidado, espacio. También necesita diversidad y ritmos distintos. Procesos invisibles que ocurren bajo tierra antes de hacerse visibles.

Liderar se parece más al arte de la jardinería que al ejercicio del control.

Un jardinero prepara la tierra, siembra, observa, cuida, poda, riega, acompaña y aprende a respetar los tiempos de la vida. Entiende que existen estaciones y que incluso los períodos aparentemente estériles están preparando algo. No obliga a ninguna semilla a crecer ni tira de las ramas para acelerar el florecimiento.

Nelson Mandela decía que muchas de las lecciones más profundas sobre liderazgo las había aprendido cuidando un jardín en la prisión. Siempre me ha parecido una metáfora preciosa. Liderar quizás tenga menos que ver con centralidad y más con la capacidad de crear las condiciones para que otros puedan desplegarse.

En el bosque no existe ansiedad por destacar. Ningún árbol necesita demostrar que es más árbol que otro. La naturaleza despliega su singularidad sin competir por validación, reconocimiento o superioridad. Y, sin embargo, todo encuentra su lugar en el equilibrio del ecosistema. Me cuesta, cada vez más, conectar con ciertas formas de liderazgo construidas desde la necesidad permanente de demostrar, controlar o tener siempre la respuesta correcta. Empiezo a sentirme agotada de esos modelos heroicos donde todo parece girar alrededor del carisma y autoimportancia de quien lidera.

La naturaleza me recuerda que existe la posibilidad de una autoridad más serena, menos centrada en el protagonismo y más en la capacidad de sostener vida.

A veces siento que el mundo organizacional ha olvidado que trabajamos con personas, no con piezas intercambiables.

Don Pepe Muchacho, empresario venezolano, decía que las empresas son para cultivarlas y no para explotarlas. La explotación es egoísta y codiciosa; el cultivo, en cambio, es generoso y paciente. La explotación es indiferente. El cultivo es amoroso. Según se haga de una u otra forma, habrá jardineros de empresas o explotadores de negocios.

Las culturas más fértiles que he conocido se parecen mucho a un jardín bien cuidado. Lugares donde existe dirección, sí, pero también hay lugar para la autenticidad, el aprendizaje, la celebración, el error, la diferencia y el crecimiento orgánico. Espacios donde la confianza, el propósito y el cuidado permiten que las personas florezcan sin necesidad de endurecerse para sobrevivir.

Otto Scharmer habla de la importancia de cultivar el “suelo social”, esa dimensión invisible hecha de atención plena, consciencia y calidad de las relaciones, desde la cual operan las personas y los sistemas. Igual que en la naturaleza, el florecimiento visible depende muchas veces de aquello que ocurre silenciosamente debajo de la superficie.

Hoy la idea de cultivar y cuidar la vida resuena en mí con más fuerza que nunca. En nosotros mismos, en nuestros vínculos y también en las organizaciones que construimos.

Mientras escribo esto, vuelvo mentalmente a ese bosque húmedo de Navarra, al barro, al silencio y a la curiosidad infinita con la que Eduardo Barba observaba la vida en aquello que muchas veces pasamos por alto.

Pienso que una parte importante de madurar consiste en recuperar esa capacidad de asombro. Volver a mirar la vida con más atención, menos prisa y abrazar la incertidumbre como parte de la aventura de vivir.

En Filosíntesis, Santiago Beruete reflexiona sobre la necesidad de cultivar nuestro propio alimento espiritual, a imitación de la naturaleza.

Entre el bosque y el jardín, siento que sigo aprendiendo a habitar la vida.

Cultivar una vida más consciente, coherente y Viva. Una vida con espacio para el silencio, para los ciclos, para la belleza, para el descanso y para aquello que todavía está germinando.

De eso se trata jardinar el alma.

.

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