
Rafael Ángel Terán Barroeta
Nuestros antepasados aborígenes, no conocían las urnas o cajas funerarias de madera o metal para depositar los cuerpos de los muertos. A partir del siglo XVI, los cronistas españoles comenzaron a dar noticias de ritos funerarios y de enterramientos en los diversos grupos indígenas venezolanos. Refieren que había grupos que cremaban el cadáver; otros que lo disecaban al sol y luego colgaban sus huesos en los bohíos; otros consumían las cenizas de sus difuntos con alguna bebida; otros espolvoreaban las cenizas por el aire para que se formaran las nubes y las lluvias; otros construían un recinto donde abandonaban al difunto; otros lo introducían en una cesta y lo alojaban en grietas de los peñascos; otros colgaban los huesos del difunto en el techo de sus casas; otros abandonaban el difunto en su propia casa, la quemaban y se iban a construir una nueva vivienda, para despistar al espíritu del muerto. En tiempos relativamente recientes se han descubierto cementerios aborígenes en la Hoya del Lago de Valencia, Estado Carabobo, y en el Valle de Quibor Estado Lara. Se han encontrado Vasijas de Barro, con restos humanos, en otros sitios del país, como por ejemplo en el Estado Apure. Manuel Landaeta Rosales, en su obra Gran Recopilación Geográfica, Estadística e Histórica de Venezuela, 1889; refiere que en San Lázaro, Estado Trujillo, existía una cueva denominada «La Culebrina», con una entrada de 10 varas de ancho, donde los aborígenes tenían un cementerio. Don Mario Briceño Iragorry, en sus Notas sobre Arqueología Venezolana, Editorial Sur América, Caracas 1930, afirma que en las regiones andinas venezolanas, las diversas sepulturas corresponden a diversos grados de civilización de las tribus: “Huacas” o cuevas sepulcrales en las cumbres de los cerros; Mintoyes o Sepulcros labrados bajo la tierra; Sepulcros tallados en los declives de los cerros; montículos de piedra del tipo “cerritos”; Urnas de barro de forma peculiar.
La Iglesia Católica, durante la época de la colonia, era la institución que disponía sobre los sitios de los enterramientos o “Camposantos”. Generalmente era costumbre enterrar a los difuntos en sitios aledaños a las iglesias y a los pueblos; los que tenían un mayor status social, eran sepultados en los recintos de las propias Iglesias o Conventos. Las leyes de Indias, establecían las normas para los enterramientos en las Iglesias, quedando reservados solamente para los altos dignatarios eclesiásticos y del gobierno. Las personas de menor status social eran enterradas en los Camposantos y muchas veces en sus propias casas. El Rey de España, para regular esta actividad en las primeras ciudades del Nuevo Mundo, el 10 de mayo de 1554, ordenó bendecir campos para los enterramientos de indios cristianos y esclavos. En un principio esos pequeños cementerios eran para uso exclusivo de los convertidos al catolicismo, los indios no convertidos, tenían que continuar con sus costumbres ancestrales. El uso de cruces en los pequeños cementerios rurales, era una costumbre tomada de los colonizadores españoles.
El Libertador Simón Bolívar, en su carácter de Presidente de Colombia, emitió en Bogotá el 15 de octubre de 1827, un decreto en el cual quedaban prohibidos los enterramientos en las Iglesias, Conventos, casas o terrenos particulares; solo se podían realizar en los cementerios construidos en las afueras de las ciudades, villas o parroquias.
Los terrenos destinados a ubicar los cementerios en Venezuela, siempre han estado disponibles en todos los pueblos, lo que muchas veces faltó fue la “URNA”, nunca por escasez de materia prima para construirla, sino por incapacidad económica de los familiares del difunto, en el momento de presentarse el desenlace fatal. Se cuenta que a principios del siglo XX, las familias trujillanas acostumbraban tener en las “trojas” de sus viviendas, un par de urnas para las eventualidades, y en el caso que un vecino necesitara alguna para un familiar fallecido y no la tenía, podía quitarla prestada a quien la tuviera, para posteriormente reponerla con otra. No corrían con la misma suerte, quienes carecían totalmente de recursos para adquirir ese cajón, en cuya circunstancia los vecinos y amigos recogían para costear su importe y asunto resuelto; era una “Urna por Caridad”. También había una categoría de personas, que se encontraban pobres y abandonados en sitios de asistencia hospitalaria, eso ocurría por ejemplo con muchos enfermos recluidos en el antiguo Hospital de Trujillo; quienes al fallecer, ni sus familiares, ni el hospital, tenían recursos para proveer; en estas situaciones, las autoridades de la institución tenían “La Urna de la Caridad”, de la cual nos da cuenta el Dr. Francisco Domínguez Villegas en su obra Paginas Trujillanas : “ En el viejo Hospital de Caridad, que en los últimos años de su venerable existencia llevó el nombre de Hospital Reverend, había una urna de gran tamaño, negra y de recia factura para llevar al camposanto a los indigentes que allí fallecían. Esta urna tenía sus correspondientes andas fijas a sus costados para ser conducida por dos personas. Se la llamaba “La Urna de la Caridad”, y cumplido su objetivo cada vez que era menester, regresaba al hospital hasta nueva oportunidad…”
Recientemente la historiadora Reina Cegarra, me comentó que su padre don Ignacio Cegarra, nuestro querido y recordado “Chueco Ignacio”, le contó que él vio varias veces salir del Hospital Reverend entierros en dicha urna, y aun en ese grado de carencias, las monjas del hospital se esmeraban en que el difunto llevara una bonita mortaja color morado adornada con un lacito color negro.
Han cambiado los procedimientos, costumbres y ritos; no ha cambiado la llegada de la Muerte, quien siempre lo hace en el momento más inesperado.






