Ernesto Rodríguez (ernestorodri49@gmail.com)
Uno de los descubrimientos más impactantes es que todos los humanos poseemos de manera natural opiáceos y una substancia similar a la marihuana en nuestro cerebro.
En efecto, hay evidencias científicas muy bien comprobadas de que cuando una persona se ríe con ganas o hace ejercicio físico, su cerebro libera opiáceos naturales como las endorfinas que son neurotransmisores péptidos secretados por la glándula pituitaria y por el hipotálamo del cerebro. Los opiáceos, cuyo nombre deriva del opio que proviene de la amapola (Papaver somniferum), han sido utilizados durante miles de años para mitigar el dolor físico (1). También hay evidencias de que cuando una persona practica meditación libera endorfinas en su cerebro y por eso se siente bien (2). Quizás ese descubrimiento explique que cuando una persona tiene problemas y se dedica a meditar, después se siente mejor. Lo mismo sucede si hace ejercicio físico o se ríe.
Por otra parte, nos guste o no nos guste, todos los humanos tenemos un poquito de marihuana natural en el cerebro. En efecto, todos los humanos tenemos en nuestro cerebro de manera natural canabinoides endógenos (endocanabinoides). Recordemos que la marihuana tiene el nombre científico: “Cannabis sativa” y se ha descubierto que unas personas de manera natural tienen más endocanabinoides y otras tienen menos en su cerebro.
En efecto, en la prestigiosa revista científica ‘Scientific American’, en el número correspondiente a Diciembre de 2004 viene un interesante artículo que se hizo clásico titulado: ‘La marihuana propia del cerebro’, cuyos autores son Roger A. Nicoll (nac. 1941), profesor de farmacología en la Universidad de California, y Bradley E. Alger, profesor de Fisiología y Psiquiatría en la Escuela de Medicina de Maryland (3). En tal sentido es interesante citar textualmente lo que dicen los autores: “El cerebro produce su propia marihuana, unos compuestos naturales llamados endocannabinoides (…) El estudio de los endocannabinoides en años recientes ha conducido a descubrimientos excitantes (…) que podrían representar la clave para diseñar tratamientos para la ansiedad, el dolor, las náuseas, la obesidad, el daño cerebral y muchos otros problemas médicos. Tales tratamientos se ajustarían con precisión de manera de no desencadenar los efectos colaterales indeseables producidos por la marihuana” (pag. 46).
Veamos brevemente la historia del uso de la marihuana. Los antiguos chinos conocían que la marihuana alivia el dolor y produce alteraciones mentales. En la India se utilizaba en los rituales religiosos. Durante la Edad Media su uso era frecuente entre los árabes. En Iraq en el siglo XV se utilizaba para la epilepsia. En Europa se empezó a consumir en el siglo XVIII. En México, las islas del Caribe y Sudamérica la marihuana fue introducida con el tráfico de esclavos desde Africa. Durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del siglo XX la marihuana se utilizaba libremente en los Estados Unidos para muchas dolencias como por ejemplo migraña y úlceras. En Nueva Orleans se hizo muy popular entre los músicos de jazz. Pero en los años 1930 comenzó una intensa campaña contra la marihuana por sus efectos intoxicantes y en 1937 el Congreso de los Estados Unidos aprobó una severa ley por la cual se hacía muy costoso y difícil conseguirla, a pesar de que la Asociación Médica Norteamericana se pronunciaba a favor de su utilización para fines medicinales. En ese país fue clasificada en el Nivel 1, es decir, como una droga tan peligrosa como el LSD y la heroína.
Sin embargo, actualmente hay un número de países en el mundo (incluyendo estados de los Estados Unidos), que han legalizado el consumo de marihuana para fines recreacionales o medicinales y la lectora o lector puede ver la lista por internet. Pero el consumo de marihuana es perjudicial porque en dosis elevadas afecta la memoria de corto plazo y la coordinación neuromotriz. Asimismo su consumo es muy peligroso porque puede constituir un puente hacia el consumo de otras drogas mucho más dañinas.
No obstante, Roger Nicoll y Bradley Alger también señalan en su mencionado artículo que: “La marihuana tiene claros beneficios medicinales. La marihuana alivia el dolor físico y la ansiedad. Suprime el vómito y propicia el apetito – lo cual es beneficioso para pacientes que reciben tratamiento de quimioterapia” (Pag. 47). De hecho es bien conocido que muchos médicos oncólogos en Estados Unidos desde hace décadas prescriben subrepticiamente marihuana a pacientes que sufren de cáncer y son tratados con quimioterapia.
Veamos la bioquímica cerebral atinente a la marihuana y los endocannabinoides. En el año 1964 se identificó el principio activo de la marihuana: el delta-9-tetrahidrocannabinol (THC). Luego desde 1988 se descubrieron los receptores celulares de la marihuana en el cerebro: CB1 y CB2 y se determinó que son pequeñas proteínas que se encuentran en diversas partes del cerebro: la corteza cerebral, el hipocampo, el hipotálamo, el cerebelo, los ganglios basales, el tallo cerebral, la médula espinal y la amígdala. Esa amplia distribución de receptores explica que la marihuana tenga efectos tan diversos. Su poder psicoactivo deriva de que incide sobre la corteza cerebral. En dosis elevadas, la memoria es afectada porque la marihuana incide sobre el hipocampo que es esencial para la formación de la memoria. También causa disfunción motora porque actúa sobre los centros de control de movimiento del cerebro. La marihuana incide sobre el tallo cerebral y la médula espinal y por eso reduce el dolor. El tallo cerebral también controla el reflejo del vómito y por eso la marihuana reduce las náuseas y el deseo de vomitar. El hipotálamo está involucrado en el apetito y la amígdala en las respuestas emocionales. La marihuana tiene muchos efectos porque actúa sobre muchas partes del cerebro.
Por otra parte, desde 1992 se descubrieron en el cerebro los mencionados endocannabinoides. Primero la “anandamida” cuyo nombre proviene de la palabra sánscrita “ananda” (arrobamiento, dicha). Luego se descubrió el 2-araquidonoil glicerol (2-AG).
Algo muy interesante de esos receptores cerebrales de endocannabinoides es que existen en todos los vertebrados, lo cual implica que la bioquímica de esa marihuana producida por el cerebro tiene una antigüedad de más de 500 millones de años. En experimentos con ratones se ha encontrado que la existencia de esos receptores de endocannabinoides son fundamentales para olvidar los temores asociados a experiencias traumáticas pasadas, y los ratones que carecen de tales receptores no pueden superar temores. Nicoll y Alger concluyen: “Los resultados indican que los endocannabinoides son importantes para extinguir los sentimientos perjudiciales y el dolor desencadenado por los recuerdos de experiencias pasadas. Los descubrimientos indican que un número de receptores de cannabinoides anormalmente bajo, o una liberación deficiente de endocannabinoides en el cerebro, están relacionados con el síndrome del estrés post-traumático, con las fobias y con ciertas formas de dolor crónico” (pag. 51).
Asimismo, muchas drogas como la nicotina, la morfina, el alcohol y la cocaína producen sus efectos en parte porque causan que se libere en el cerebro un neurotransmisor llamado dopamina, el cual a su vez causa la liberación de endocannabinoides. Las personas que sufren de la enfermedad de Parkinson carecen de dopamina en el cerebro, y entonces se piensa que regulando la actividad de los endocannabinoides se podría tratar la enfermedad de Parkinson, la adicción a las drogas, y otras enfermedades que involucran a la dopamina. Igualmente se piensa que si se logra que la anandamida actúe por más tiempo en el cerebro se podría tratar a las personas que sufren de ansiedad y estrés post-traumático.
En fin, el punto central del artículo de Roger A. Nicoll y Bradley Alger es que la ciencia tratará de incrementar los efectos beneficiosos de los endocannabinoides y muchas personas ya no tendrían necesidad de consumir la perjudicial marihuana.
Por otro lado, desde su descubrimiento hace unos 30 años, era un misterio cómo los endocanabinoides se dispersan entre las células nerviosas del cerebro.
Pero recientemente, en el año 2025, se han publicado las investigaciones de Mario van der Stelt (nac. 1975) y su equipo en la Universidad de Leiden (Holanda), sobre el endocanabinoide 2-AG, aunque no investigaron el endocanabinoide Ananda. Ellos encontraron que 2-AG se dispersa transportado en vesículas lipídicas (4). Este descubrimiento se considera muy importante para comprender cómo actúa en el cerebro y avanzar en lograr los efectos beneficiosos medicinales de los endocanabinoides sin tener que recurrir al consumo de la marihuana que es tan riesgoso.
NOTAS: (1) Pag. 198 en Barry J. Gibb (2007) ‘The Brain’. Roughguides. London (2) Pags. 279-282 en Timothy Clack (2009) ‘Ancestral Roots. Modern Living and Human Evolution’. Macmillan. London. (3) Pags. 44-51 en Roger A. Nicoll and Bradley E. Alger (2004) ‘The Brain`s Own Marijuana’. Scientific American. December. Vol. 291. Number 6. (4) https://www.universitetleiden.nl/en /news/2025/02/finally solved-how-the-body’s-own marijuana-spreads-through-the-brain. ‘Finalmente solucionado: Cómo la marihuana propia del cuerpo se difunde a través del cerebro’. Publicado el 24 de febrero de 2025. Texto de Manon Boot.