En COVID-19 la vacuna es mejor que la enfermedad

 

 

Las vacunas y los grupos antivacunas tienen el mismo origen: la viruela en Inglaterra. Según la Organización Mundial de la Salud las inmunizaciones salvan 3 millones de vidas cada año, pero todavía persisten movimientos que se oponen a su uso.

Aunque los productos contra el coronavirus SARS-CoV-2 se encuentran bajo el fuego cruzado de múltiples intereses, los datos indican que el riesgo de vacunarse es menor que el de enfermarse, fumar o utilizar anticonceptivos.

De la viruela nació la primera vacuna y de la viruela nació el primer movimiento antivacunas. Esa enfermedad, que hoy es un mal recuerdo para el mundo, dejó una historia de marcas y muertes (fallecía al menos 30 % de los infectados). Cualquier cosa que se hiciera contra ella parecía estar justificada: hasta herir a un niño sano para colocarle el líquido de la ampolla de un paciente, como lo propuso el “padre de la inmunología”, el británico Edward Jenner.

Los papás no pensaron lo mismo, y menos al ser obligados a hacerlo bajo riesgo de que a los receptores les saliera  –como aseguraban muchos– cola y hocico; en la lucha por la vida de sus hijos, y por la defensa de sus libertades individuales, cabalgó por siglos un rechazo a las inmunizaciones que hoy florece con la pandemia de COVID-19.

Si la partida de nacimiento de las vacunas está en Inglaterra, no es menos cierto que también está en Inglaterra la de quienes se oponen a ellas. Las dos caras de la moneda: Jenner, que hizo su apuesta por la vida; Andrew Wakefield, que dos siglos después la hizo por la incertidumbre.

El 26 de febrero de 1998 quedará marcado como uno de los días de mayor avance en las campañas contra la vacunación: Wakefield publicó un trabajo en la revista The Lancet en el cual vinculaba la aplicación de la vacuna trivalente viral (paperas, sarampión y rubeola) con reacciones adversas en 12 niños en Inglaterra (autismo en nueve de ellos). La versión estadounidense de esta historia tuvo por objeto el timerosal, un componente antiséptico.

Aunque Wakefield fue desmentido y defenestrado, las consecuencias de sus escritos y sus declaraciones se arrastran hasta hoy, cuando el mundo asiste a la búsqueda de las mejores vacunas contra el coronavirus SARS-CoV-2.

Ante guerras, hambrunas y epidemias reviven temores que se mueven con más rapidez que las buenas noticias, recuerda el doctor Alejandro Rísquez, pediatra y vacunólogo venezolano.

Las vacunas anti-COVID-19 no son la excepción y están sujetas a factores como “la necesidad inminente de dar respuesta a una epidemia que generó mucha preocupación en el mundo” por la cantidad (miles de millones) de personas susceptibles, la velocidad de propagación, las medidas para frenarla (como el confinamiento y el control social) y la incapacidad de los sistemas de salud para abordarla, resume Rísquez. La premura para obtener inmunizaciones puede interpretarse como que se saltaron pasos de investigación, aunque no sea así. Los efectos secundarios, además, se convierten en titulares.

Todos los expertos consultados para la construcción de este trabajo llegan a una conclusión: puestos en la balanza, es mayor el beneficio de vacunarse contra la COVID-19, que sus posibles consecuencias.

Carissa Etienne, directora de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), reafirmó el pasado 21 de abril: “Los beneficios de estas vacunas en la prevención de infecciones, hospitalizaciones y muertes superan los riesgos por efectos secundarios”. Adicionalmente, una cosa es que alguien muera después de recibir una vacuna y otra cosa es que fallezca por esa vacuna, como lo expresó Jaime Pérez, integrante de la Asociación Española de Vacunología, en declaraciones a la agencia EFE.

 

Dos carreras contra el tiempo

Como lo recuerda el pediatra Huniades Urbina, expresidente de la Sociedad Venezolana de Puericultura y Pediatría y secretario de la Academia Nacional de Medicina, los movimientos antivacunas obedecen a razones sanitarias, religiosas, económicas, políticas o filosóficas.

En el siglo XIX en el Reino Unido se mezclaron al menos tres de ellas, cuando el Estado decidió declarar la vacunación obligatoria y sancionar a quien no cumpliera con la norma, lo que dio pie a movimientos como la Liga Antivacunación en Londres y la Liga contra la Vacunación Obligatoria.

Hoy existen organizaciones como la Liga para la Libertad de Vacunación, en España, que difunde un manual de resistencia y un documento modelo para rechazar las inmunizaciones que reza: “A la luz del conocimiento científico actual sobre las vacunas, es un hecho que éstas no protegen al grupo, son ineficaces y además originan reacciones adversas frecuentes, algunas graves e incluso mortales”. Supuestas noticias de muertes, de alteraciones genéticas provocadas por las inmunizaciones acompañan estas posiciones.

Sin necesariamente difundir manifiestos, los detractores de las inmunizaciones también son una realidad en Venezuela, y eso lo saben los pediatras. Los grupos antivacunas logran un impacto muy grande en personas que no tienen todas las herramientas para analizar estos mensajes, señala el epidemiólogo Luis Echezuría. Esto vale tanto para la cincuentona trivalente viral, como para las que protegen contra el coronavirus SARS-CoV-2.

Mientras buena parte de la humanidad clama por vacunas contra la COVID-19, los movimientos antivacunas siembran dudas sobre su efectividad e inocuidad. Todo el mundo se cree experto en vacunas y cree en lo primero que aparece, sin plantearse una búsqueda más exhaustiva y contrastar las informaciones, apunta Echezuría. Este es un obstáculo para detener la pandemia del presente, porque –reitera– necesitamos vacunar a 70 de cada 100 personas para romper el mecanismo de transmisión en la comunidad.

En una carrera contra el tiempo se lograron al menos siete inmunizaciones contra el coronavirus SARS-CoV-2, según la OMS. Se aprobaron de emergencia varios productos que se usan a escala global; otros “han sido autorizados a escala nacional y otros países han permitido utilizarlos”, confirma Alejandro Rísquez.

Seis vacunas han sido avaladas por la OMS para su uso de emergencia: Moderna, Pfizer/Biontech, Janssen/Johnson& Johnson, AstraZeneca y, el pasado viernes 7 de mayo, la china Sinopharm. La rusa Sputnik V “ha sido aprobada en algunas regiones”, puntualiza Rísquez. Entre todas se ha inmunizado a poco más de 300 millones de personas.

Ya Rusia aprobó la Sputnik Light, una versión de una sola dosis. Los efectos secundarios comunes a todas (de acuerdo con los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos) son dolor, enrojecimiento e hinchazón en el sitio de la inyección (cuando es inyectable), cansancio, dolor de cabeza, dolor muscular, escalofríos, fiebre y náuseas.

La iniciativa Covax, dirigida por la OMS, busca atacar la desigualdad en el suministro de vacunas y garantizar inmunizaciones para 20 % de la población. Hasta la fecha se han sumado 190 países a este mecanismo.

Hay una carrera contra el tiempo para lograr más y mejores vacunas que frenen el coronavirus SARS-CoV-2, y otra carrera contra el tiempo para rechazarlas. Surgen movimientos como el Querdenken, en Alemania, que alega que estos productos alteran el ADN; una coalición en California (EEUU) que sostiene que la muerte del pelotero Hank Aaron ocurrió por haberse inmunizado. Lo que ha quedado sembrado sobre la vacuna de Janssen, por ejemplo, es que “causa trombosis”. O que el riesgo de trombosis es mayor en personas vacunadas con el producto de AstraZeneca que en población general.

La trombosis, o formación de coágulos de sangre en venas o arterias, es una razón esgrimida por sectores de población para no inmunizarse. Se pierden las perspectivas ante una enfermedad que, hasta el 7 de mayo, había matado a 3,3 millones de personas (o a 6,9 millones, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Washington que anticipaba una mayor mortalidad).

Un 16,5 por ciento de los pacientes con COVID-19 pueden desarrollar trombos, alerta la Sociedad Española de Epidemiología en un análisis de EFE; las vacunas de AstraZeneca y Janssen pueden causar estos tapones en una proporción mucho menor (cuatro por millón y menos de uno por millón, respectivamente). Es mayor el riesgo de trombosis que acompaña al tabaquismo y los anticonceptivos, por ejemplo.

 

En Venezuela también

En las campañas contra políticas públicas de salud no hay lejos. Las razones de la reducción de las coberturas vacunales en Venezuela hay que buscarlas –relata Huniades Urbina– en la emergencia humanitaria compleja, en las deudas del Estado con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), en el cierre de servicios asistenciales, en las oportunidades perdidas en salud pública (cuando la mamá puede ir el ambulatorio está cerrado), y también, en la persistencia de los sectores antivacuna.

Una buena cobertura debe ser de 85 % a 90 %, calcula Urbina. En líneas generales, en Venezuela era –antes de la debacle de los últimos ocho años– de 80 % a 85 %. Hoy, no llega a la mitad de la población (de acuerdo con datos de 2019). Estas bajas coberturas llevaron a la reaparición del sarampión en una nación que había logrado hacerlo retroceder.

Las dudas sobre las inmunizaciones están arraigadas, incluso, en el personal de salud. El doctor Mariano Fernández, coordinador de investigación de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV), trae a colación un trabajo realizado en la Escuela de Salud Pública de la misma institución universitaria: “Diseñamos un instrumento y se lo pasamos a un grupo de estudiantes de la Escuela de Salud Pública” y a algunos profesores. Aunque parezca sorprendente, el estudio concluyó que “dentro de la propia escuela el porcentaje de conocimiento de las vacunas es bastante malo, y el hecho de encontrar un 20 % que rechaza las vacunas evidencia que hay que reforzar las medidas”, expone Fernández.

Aduce, “nosotros esperaríamos que en individuos formados en el área de la salud pública y la epidemiología el 100 % fuera provacunas y no antivacunas”. No es así. Un 10 % piensa que no son seguras, casi 15 % concluye que los niños reciben muchas vacunas y 10 % está a favor de los movimientos antivacunas.

Todos los medicamentos, “hasta una aspirina, pueden generar una reacción”, reitera Huniades Urbina. En el caso de las inmunizaciones puede presentarse fiebre, dolor en el lugar de la inyección, un cuadro viral pasajero (si es una vacuna contra enfermedades causadas por virus), reacciones alérgicas y, en muy pocos casos, una respuesta alérgica (choque anafiláctico) que llega a ser mortal.

Existen los eventos adversos supuestamente atribuibles a la vacunación (llamados Esavi), y Venezuela no ha estado al margen de ellos. En 2020, las sociedades de pediatría y de infectología intentaron participar en la investigación de un Esavi ocurrido en Caracas el 15 de mayo: un niño, residente del barrio El Pedregal (Chacao-estado Miranda), falleció después de ser inmunizado con al menos cuatro productos (vale aclarar que ninguno contra la COVID-19). “La madre acostó al niño y horas después lo encontró muerto”, rememora Urbina. Los organismos científicos decidieron retirarse de las pesquisas debido a la falta de información por parte del Ministerio de Salud y la negativa a entregar datos de la autopsia.

La discusión sobre las vacunas contra la COVID-19 llega a una Venezuela en emergencia humanitaria compleja, con una población polarizada políticamente, una baja cobertura de inmunizaciones y la sombra de los movimientos antivacunas.

La ubicación del país en el ajedrez geopolítico lo puso más cerca de las de Rusia y de China que de otras. La Sputnik V fue objeto de comentarios en redes sociales y declaraciones en contra, pero la animadversión bajó una vez que se publicó en The Lancet un estudio que ratifica una efectividad de 92 %.

 

Mensaje en la sangre

Inicialmente se pensó que el virus de Wuhan mataba por neumonía. Al practicar autopsias a los fallecidos por COVID-19 los patólogos italianos encontraron, en el año 2020, que el coronavirus SARS-CoV-2 produce trombosis. En su combate contra el virus, el sistema inmune de las personas infectadas elabora sustancias coagulantes que provocan la formación de coágulos. En otras palabras, la enfermedad causa trombos, y, tal como lo evidencian las estadísticas, con más frecuencia que los trombos que pueden generar algunas vacunas anti-COVID-19.

En el mundo ha habido algunas reacciones adversas severas por la aplicación de las inmunizaciones contra la COVID-19 que han sido “contadas con los dedos de la mano y resueltas rápidamente”, aclara Alejandro Rísquez. “Están ocurriendo algunos fenómenos trombóticos, algunas respuestas que comprometen a un grupo de personas, pero siguen siendo muy bajas”.

Se notificaron varios casos de tromboembolismo en países de la Unión Europea después de utilizar la vacuna de AstraZeneca, lo que llevó a la suspensión de su uso. Posteriormente se reanudó la inmunización.

En Venezuela, aunque las primeras que llegarían por el mecanismo Covax eran de AstraZeneca, la administración de Nicolás Maduro anunció que no permitiría su ingreso. El sector oficial, que ha administrado menos de una dosis por cada 100 habitantes y ha recibido menos de un millón de dosis (según un artículo del médico Santiago Bacci publicado en el diario El Nacional), desechó el producto de AstraZeneca.

¿Qué dicen los números? Es mayor el riesgo de trombosis causada por la COVID-19 que el de trombosis por las vacunas contra la enfermedad, apunta Huniades Urbina, quien plantea que globalmente la formación de coágulos sanguíneos se ha observado en 1 de cada 100.000 personas inmunizadas con AstraZeneca o Janssen.

Hasta el pasado 4 de mayo los Centros para el Control de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos reportaron la aplicación de 8,4 millones de dosis de la vacuna de Janssen en territorio estadounidense, y solamente identificaron “23 notificaciones confirmadas de personas que recibieron la vacuna contra el COVID-19 y luego sufrieron síndrome de trombosis-trombocitopenia” (coágulos con un bajo conteo de plaquetas). Es decir, esta complicación ocurrió en 0,00027 de los casos. La mayoría son en mujeres de menos de 50 años de edad.

Un análisis publicado por el diario español El País muestra que de 100.000 vacunados solamente una persona desarrollaría un trombo, pero se habrían evitado entre 50 y 60 muertes.

La actualización que publicó el pasado 7 de mayo la Agencia Europea del Medicamento revela varias cosas: que podría haber asociación entre la vacuna de Pfizer y parálisis facial en personas con antecedentes de inyecciones en el rostro; y que la trombosis con trombocitopenia se incluirá en el plan de gestión como un riesgo importante. Pero queda claro que los beneficios de prevenir la enfermedad son mayores que los riesgos.

En 20 millones de personas vacunadas con AstraZeneca en Europa se detectaron siete casos de coagulación intravascular diseminada (0,000035) y 18 casos de trombosis de senos venosos cerebrales (0,00009).

El coronavirus SARS-CoV-2 parece ser peor que el efecto que pueda tener la vacuna. Investigadores de la Universidad de Oxford encontraron que la trombosis venosa cerebral se reportó en 39 de cada millón de pacientes infectados; en cambio, la trombosis se registró en 4 de cada millón de vacunados con Pfizer o Moderna, y en cinco de cada millón de personas después de recibir la primera dosis de AstraZeneca.

“En comparación con las vacunas de Pfizer o Moderna, el riesgo de una trombosis venosa cerebral por COVID-19 es aproximadamente 10 veces mayor”, refiere el estudio. “En comparación con la vacuna AstraZeneca, el riesgo de una trombosis por COVID-19 es aproximadamente 8 veces mayor”.

Un análisis de la agencia EFE publicado el pasado 5 de mayo descartó que se hayan notificado al sistema EudraVigilance casi 8 mil muertes y más de 300 mil reacciones adversas provocadas por las vacunas contra la COVID-19 de AstraZeneza, Janssen, Moderna y Pfizer.

De nuevo, en la relación costo-beneficio parece que siguen ganando las vacunas. El Laboratorio Matemático de Londres sentenció –en un trabajo difundido por Semana.com– que en los días en que no se aplicó la vacuna de AstraZeneca aumentó la mortalidad por COVID-19 en países como Francia e Italia.

La disputa por la credibilidad de las vacunas anti-COVID-19 continúa. Mientras persisten las campañas para asegurar que la vacuna contra la COVID-19 es nefasta, Naciones Unidas informó, a finales de abril, que debido a la pandemia se han pospuesto 60 campañas de vacunación en 50 países, por lo que más de 220 millones de personas están expuestas a enfermedades como sarampión, fiebre amarilla y poliomielitis. La batalla contra las enfermedades no conoce de armisticio.

 

 

Vanessa Davies/ OVFN

 

 Este artículo ha sido solicitado por el Observatorio Venezolano de Fake News. Es publicado gracias a la alianza que mantenemos con esta iniciativa de la sociedad civil. Puede visitar el sitio web del observatorio en http://fakenews.cotejo.info

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