La Habana, 20 feb (EFE).- Maykel, cubano de 35 años, nunca había caminado tanto en su vida. Este vendedor de viandas recorre 20 kilómetros para trabajar y volver a casa. La alternativa sería gastar diariamente en torno al 16 % de su sueldo mensual.
Su rostro agotado es el de muchos isleños que se encuentran en medio de una crisis del transporte al límite, azuzada por el cerco petrolero que impuso Estados Unidos a la isla en enero.
Los cubanos no son ajenos a lidiar con un transporte público ausente o, en el mejor caso, deficiente. Pero para Maykel, los niveles de los últimos días son algo que no se podía imaginar ni en sus pesadillas.
«Pero, bueno, sobrevivimos», cuenta a EFE desde su puesto en el mercado.
La presión estadounidense –Washington amenazó con aranceles a los países que suministren petróleo a La Habana– está paralizando progresivamente la economía isleña, que se encontraba ya en una situación muy precaria tras seis años de grave crisis.
Como respuesta, el Gobierno cubano ha puesto en marcha un duro plan de contingencia que incluye, entre otras cosas, la reducción del transporte público y un severo racionamiento del combustible, que ha disparado los precios de la gasolina y el diésel en el menguante mercado negro.
Esto ha hecho que los ya de por sí escasos buses urbanos prácticamente no pasen por las paradas, en las que se puede ver grandes aglomeraciones o, de plano, bancos vacíos porque los usuarios han terminado por tirar la toalla.
Sin gasolina
Miguel Leyva, de 71 años, lleva ya cuatro horas sentado en el suelo bajo el fuerte sol del mediodía de La Habana.
Desconoce si en algún punto del día llegará la guagua (autobús) que lo llevará a la terminal de ferrocarriles, en donde tendrá que coger un tren para visitar a su familia en Santiago de Cuba, al otro extremo del país.
«El transporte está pésimo. Las guaguas no las ponen. Ponen una y después a las 10 horas no ponen más. No hay dinero ni para pagar ni para comer», se queja este septuagenario, quien cobra una pensión de apenas 2.000 pesos cubanos (unos cuatro dólares en el mercado informal).
La escasez de combustible también ha vaciado las calles y avenidas de la isla y dejado a quienes prestan servicios de transporte en la incertidumbre total.
«No tengo gasolina. Estoy prácticamente parado. Y lo peor está por venir», se queja con EFE Armando, un taxista de 65 años.
Las gasolineras en pesos cubanos han dejado de repostar. Las que surten diésel cerraron del todo y las que cobran en dólares acumulan filas virtuales en una aplicación móvil donde el turno puede llegar meses después, tras otros miles de chóferes, y el usuario solo puede cargar hasta 20 litros.
Entre la desesperación, algunos cubanos optan por el mercado negro, donde el litro puede costar hasta la mitad de un sueldo medio, que puede rondar los 6.000 pesos.
«Yo vi los precios de la calle y decidí andar en bicicleta. Si pago esos precios me voy a la ruina. Yo no veo que haya ningún tipo de prosperidad. Aquí la gente se va (del país) a cualquier parte del planeta porque ya aquí hoy es invivible», lamenta Andrés, de 67 años.
Transporte eléctrico
La escasez de combustible también ha sido una oportunidad de oro para los transportistas de triciclos eléctricos para pasajeros. Aunque, paradójicamente, la crisis energética también les ha jugado una mala pasada.
Crespo, de 60 años, ve cómo un puñado de pasajeros llena la pequeña caja de carga de su triciclo. Trata de no usarlo mucho porque con los largos apagones diarios que sufre la isla es difícil que la batería llegue al 100 % para cada jornada.
Antes de que Washington diera una nueva vuelta de tuerca en sus sanciones contra Cuba, este conductor podía utilizar la baza de un grupo de electrógenos que tiene en casa. Pero ahora, con la falta de diésel, hasta para eso debe medirse.
Del otro lado de la calle, Mercedes, de 80 años, es la única que espera en una parada de bus. Mira su reloj y confirma a EFE que lleva ahí exactamente dos horas y media.
Trata de no “coger lucha” con la situación del país, una frase hecha muy utilizada por los cubanos. Ante la incertidumbre, lanza una reflexión: “En Cuba ya estamos acostumbrados”.
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