Las ondas no se apagan cuando la tierra deja de sacudirse. Al igual que el eco de un grito, el sismo reverberó con fuerza el pasado 24 de junio y sigue vibrando en el cuerpo y en las conversaciones cotidianas.
Tras ese quiebre inicial, donde reconocimos la fragilidad de nuestras estructuras materiales y existenciales, entramos en una etapa distinta. El desafío hoy se orienta cómo transitar la incertidumbre para rescatar y labrar una nueva cotidianidad; un proceso que nos exige dar paso, a nuestro propio ritmo, al procesamiento del impacto para adentrarnos en la geografía más compleja del alma: el duelo y la asimilación del acontecimiento.
Hoy, esa calma aparente coexiste con la rabia, la ira y una profunda frustración. Fenomenológicamente, esto se traduce en una experiencia viva: el pecho apretado al recordar el crujido de las paredes, la respiración contenida ante cualquier ruido imprevisto o el nudo en la garganta que se mezcla con el dolor por las pérdidas. Es un oleaje donde el vacío que queda en el alma convive con el llanto contenido por el ser que no fue encontrado, recordándonos que el cuerpo experimenta el quiebre mucho antes de que la mente pueda explicarlo.
Frente a este escenario, las redes de apoyo y el valioso acompañamiento de quienes, desde sus esfuerzos profesionales, nos contienen, nos recuerdan que recuperar el equilibrio no es sinónimo de amnesia. Volver a la calma no significa olvidar lo vivido; consiste en construir, de forma consciente, un refugio interno lo suficientemente seguro para poder atravesar este proceso. Como bien diría la terapeuta y amiga Jenny Molina: haciendo lo propio para autorregularnos, validando nuestro ritmo y aprendiendo a acompañarnos con el otro, el que está a nuestro lado.
El miedo, el insomnio y la hipervigilancia que persisten no son debilidades. Son las señales con las que nuestra corporalidad y nuestra emoción intentan procesar el impacto. En la experiencia humana existe una coherencia sutil pero inquebrantable: lo que el lenguaje calla, el cuerpo lo grita y la emoción lo desborda.
Así como habita en nosotros una memoria emocional, es posible considerar la presencia de una cartografía que se integra: la memoria corporal. En este esfuerzo consciente por retornar a la normalidad, el cuerpo opera como un archivo vivo que inscribe, en su tono muscular y en su ritmo, el registro de lo vivido.
En resonancia con el enfoque de la Dra. Adriana Schnake (Los Diálogos del Cuerpo), conversar con esa memoria de la piel nos invita a reconocer cómo nos sostenemos hoy. Al escuchar este saber somático como una señal de alerta temprana, descubrimos que el cuerpo no solo atesora el pasado, sino que asienta el suelo presente para ensayar, con resiliencia, empatía y antifragilidad, el porvenir.
¿Qué hacer, entonces, frente a esta intemperie? Creo que la clave está en la cualidad del vínculo. Transitar y vivenciar esta experiencia requiere abrir espacios seguros donde las conversaciones sostenidas desde la confianza y el amparo mutuo nos devuelvan al presente. Es allí, al validar el llanto y la rabia sin juzgarlos, donde devolvemos el equilibrio a esa complejidad que somos como seres biopsicosociales.
Encontramos salud cuando logramos percatarnos de la coherencia que se produce al coincidir lo que hablamos, lo que sentimos en la emoción y lo que registra nuestra biología a través de la corporalidad. Al hacer consciente esta coherencia ontológica, como lo define el Dr. Rafael Echeverría, dejamos de ser víctimas pasivas del entorno y nos abrimos a la posibilidad de accionar con mayor lucidez, eligiendo cómo responder en lugar de sólo reaccionar.
El extraordinario segundo encuentro con los amigos psicólogos chilenos Denis Villegas y Belén Gutiérrez el pasado sábado, junto a los participantes de la Zona de Aprendizaje del programa La Imagen del Dinero, fue un reflejo de esto. Quienes facilitaron y asistieron al espacio demostraron que el dolor deja de atomizarnos cuando se comparte en red. De la parálisis y el miedo que “congela los músculos”, el encuentro permitió avanzar hacia el alivio, transformando la impotencia de un impacto colectivo en un aprendizaje individual con sentido, orgánico y transformador.
Al hacernos conscientes de este movimiento emocional, no solo sanamos la experiencia propia, sino que nos transformamos en agentes de calma capaces de favorecer y aligerar el transitar de nuestro sistema familiar y vecinal inmediato.
Este nuevo movimiento nos invita a revisar la ilusión de seguridad material. Ya en el artículo anterior asomamos cómo la obsesión por el dinero y el resguardo económico suele actuar como una anestesia ante la fragilidad de la vida, haciéndonos creer que los muros de concreto o el blindaje financiero nos hacen invulnerables. Sin embargo, cuando la realidad nos desborda, descubrimos que la verdadera riqueza no es un activo almacenable. El soporte más fuerte es intangible y se confecciona en el día a día: en el mensaje que valida el sentir del otro, en el silencio respetuoso ante el duelo, en el espacio compartido donde nos permitimos sostener el dolor juntos y encontrar el soporte necesario para volver a habitar la calma.
El suelo bajo nuestros pies continuará su curso, pero la red humana que nos sostiene la seguimos tejiendo nosotros. Lo hacemos desde la solidaridad, la empatía y un valor consciente por la vida, asumiendo el amparo mutuo como el verdadero cimiento de nuestro porvenir. Al mirar su propio transitar en estos días, ¿qué señal o qué saber le está intentando revelar su cuerpo para volver a habitar la calma?
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