Pareciera que al menos parte del mundo y algunos de sus líderes están descubriendo la rentabilidad de la decencia, que la virtud a la larga conviene más que la indecencia, que la verdad al final prevalece frente a la mentira. Ojalá que la causa sea el crecimiento de la virtud y no sólo la dificultad de ocultar lo deshonesto en un mundo predominantemente transparente, gracias a la información que circula veloz y acuciosa.
Esconder las trampas, los robos, los negocios oscuros, la corrupción en gobiernos y empresas se hace cada vez más difícil y la gente se entera de los enredos casi inauditos en un mundo “enredado” es decir, donde todo está en red, y hay cámaras, teléfonos, computadoras y muchas otras formas de enterarse de lo que se quiere ocultar.
Hoy el mundo es un espectáculo donde la indecencia está más a la vista que la decencia y quizás por eso también no son pocas las personas e instituciones, los medios y las redes, que se aferran a los buenos ejemplos, como un salvavidas de lo que no puede morir. Y alcanzan estaturas de heroísmo los gestos, palabras y acciones que demuestran la bueno de lo humano que aún queda.
Son más visibles cuando esas acciones se despliegan en situaciones extremas, como una tragedia colectiva, un accidente muy grave, un acontecimiento conmovedor, allí el espíritu humano está presente, como en todas partes y diariamente en miles de acciones invisibles de solidaridad personal o pública.
Sin cooperación, sin solidaridad, sin familia y sin comunidad la vida humana ni existiera, por ello el “sálvese el que pueda” no puede ser la pauta para el bienestar y el desarrollo. Y esta vorágine que plantea el materialismo, el consumismo, el lucro y la codicia no pueden continuar si se quiere un mundo mejor. No es la ley del más fuerte ni del más “vivo” la que se puede imponer si la humanidad quiere sobrevivir: Esa ley conduce al fracaso de todos.
En un mundo necesitado de decencia adquiere gran valor el coraje de quien dice la verdad, habla con claridad, admite los errores y pide perdón. La gente acude a esos ejemplos de dignidad, sean de personas, organizaciones o colectividades, que frente a las calamidades asumen su responsabilidad y actúan en consecuencia. Pareciera que este mundo interconectado empieza a dar muestra del hartazgo que se tiene de la mentira, la hipocresía, la corrupción, la indolencia que solo conduce al malestar de una humanidad que ya no aguanta más.
Ese hartazgo compromete a todas las instituciones, como lo demuestran los indicadores de la crisis generalizada de confianza que la gente tiene. Por ello resplandece el que valientemente que habla claro y actúa en consecuencia, con responsabilidad, es decir que responde por lo que dice y hace. Resplandece el que con serenidad coopera, el que sin desplantes ayuda, el que sin presumir va al encuentro del otro.
La rápida expansión de la información contribuyen al conocimiento general de la maldad y sus efectos, también al resplandor de la decencia.
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