Por David Uzcátegui
El terremoto que sacudió a Venezuela el pasado 24 de junio dejó mucho más que estructuras dañadas y calles agrietadas. Dejó, sobre todo, una herida emocional colectiva en un país que ya venía golpeado por años de crisis económica, migración y precariedad.
Como ocurre en cada desastre, el impacto no se mide solo en la magnitud del sismo, sino en lo que le cuesta una sociedad levantarse después del derrumbe.
En medio del dolor, ha surgido una discusión incómoda pero necesaria: la de quienes decidieron volver a trabajar de inmediato. Comerciantes que levantaron sus santamarías, trabajadores informales que salieron a la calle, pequeños emprendedores que abrieron sus puestos pese al miedo, el cansancio y la incertidumbre.
Y junto a ellos, también las críticas: que si “es demasiado pronto”, que si “no hay respeto”, que si “falta sensibilidad”.
Pero esa lectura, aunque comprensible desde la distancia, no refleja la realidad de quienes viven al día.
En Venezuela, para una enorme parte de la población, no trabajar un día no es una pausa: es una pérdida concreta de comida, de transporte, de medicamentos, de estabilidad mínima. No es una elección ideológica ni una postura ante la tragedia; es una condición de supervivencia. Si hoy no se sale a la calle, mañana simplemente no se come.
Por eso, antes de juzgar, es necesario entender. Entender que detrás de cada persona que volvió a trabajar tras el terremoto hay una historia de urgencia. Hay una nevera vacía, hay un alquiler por pagar, hay hijos que alimentar, hay una vida que no se detiene, aunque el suelo se haya abierto en grietas.
Y hay algo aún más profundo: muchos de ellos también lo perdieron todo.
Es fácil asumir que quien retoma su actividad económica lo hace porque no fue golpeado por la tragedia. Pero en la Venezuela real, podemos apostar a que esa suposición es falsa con mucha frecuencia. Hay trabajadores que probablemente perdieron a un familiar, que vieron su vivienda resquebrajarse o colapsar, que quedaron sin parte de sus bienes o herramientas de trabajo. Y, aun así, o precisamente por eso, se ven obligados a salir.
Porque la pérdida no siempre detiene la vida. A veces la acelera en la dirección más dura: la de sobrevivir.
Cada persona vive el duelo de forma distinta. No existe una única forma correcta de procesar el dolor, el miedo o el impacto de una catástrofe. Hay quienes necesitan silencio y recogimiento. Hay quienes necesitan ayuda inmediata y organización comunitaria. Y hay quienes, simplemente, necesitan trabajar. No como negación del dolor, sino como una forma de sostenerse en medio de él.
Todos los venezolanos, sin excepción, hemos sido afectados por esta tragedia. Todos estamos impactados. Todos vamos a guardar una cicatriz en el alma. Hay un sentimiento compartido de vulnerabilidad que atraviesa clases sociales, regiones y condiciones. Pero ese dolor no se traduce de la misma manera en cada hogar.
Para muchos, la reconstrucción no puede esperar a que pase la conmoción inicial. No porque falte sensibilidad, sino porque la vida no les da margen. Necesitan producir desde el primer día para recuperar lo que se perdió: una casa, un carro, un negocio, una herramienta de trabajo. Necesitan reponer lo poco que tenían para poder seguir adelante.
Y en ese esfuerzo hay una verdad que a menudo se pasa por alto: esas personas no cuentan con redes de protección suficientes. No tienen seguros que cubran pérdidas. No tienen ahorros que les permitan detenerse. No tienen instituciones que sustituyan su ingreso diario. Están solos, muchas veces, a la buena de Dios, dependiendo únicamente de sus manos, su fuerza y su capacidad de reinventarse.
Esa es la Venezuela real que se levanta después del terremoto.
Por eso, más que crítica, lo que se requiere es comprensión. Más que juicio, respeto. Cada quien tiene derecho a vivir su proceso como pueda, como le salga, como lo permita su realidad. Nadie debe imponer una sola forma de duelo o de reacción ante una tragedia colectiva.
El país necesita reconstrucción, sí, pero esa reconstrucción no es solo física. También es social y emocional. Y comienza por reconocer que el venezolano trabajador que volvió a la calle desde el día uno no está ignorando la tragedia. Está, de hecho, enfrentándola desde el único lugar que le es posible: el trabajo.
En esa decisión, tan dura como necesaria, hay una forma de resistencia silenciosa. Una voluntad de no rendirse, incluso cuando todo alrededor parece quebrado. Son esas personas, con sus limitaciones y su esfuerzo diario, las que en muchos casos empiezan a sostener el tejido mínimo de la vida cotidiana.
Apoyarlos no es solo un gesto de empatía. Es una necesidad colectiva. Porque sin ellos, la reconstrucción no es posible.








