Luis A. Villarreal P.
Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, un personaje sobresalientemente histórico hecho una leyenda, sin duda ha llenado de curiosidad y admiración al mundo entero. Su obra, matizada por una serie de acontecimientos y circunstancias relevantes que dan razón de un ser preocupado por su preparación autodidacta, repleto de ideales y espíritu inquieto y muy determinado, en propósito y acción.
Mucho más que un don Juan o don Quijote como ha sugerido en su inferir abstraído el laureado historiador venezolano Tomás Polanco Alcántara; de cuyo tintero ha puesto en nuestras manos una de las biografías más proporcionadas y extasiantes, en la que se muestran los perfiles de un hombre tan singular, persuasivo y monumental como Francisco de Miranda; multiplicándole la vida y la presencia en el mundo reciente, actual y venidero; y proyectando su enorme trascendencia, refulgiendo aún más su luz en los Elíseos de la gloria.
Caracas fue su origen y La Carraca su desaparición física; ahora vive cómodamente —por su inmenso legado— en la memoria e ideario del pueblo que lo ha querido conocer, de lejos y de cerca, en el pasado y el futuro, en su multifacético mundo; identificándolo como un personaje de tendencia universal. Y no sólo como venezolano, tal lo sugiere la extrema modestia de la comprensible institucionalidad criolla, sino de personalidades del mundo quienes en él reconocen a un ser relevante que buscó participación y alternancia más allá de las fronteras nacionales, en asuntos militares, políticos, culturales y espirituales, en su conjunto humanitarios.
Vivió en sus 66 años una fulgurante trayectoria de denuedos por reafirmar sus inquietudes y convicciones –en tiempos de realizaciones esclarecedoras como los siglos XVIII y XIX, de florecimiento y práctica filosófica, de cambios profundos en el pensamiento y por ende en los sistemas de gobierno–, sin acomodos ni temores, a plenitud de sus elevados y nobles ideales políticos, a través de su vocación y envergadura militar, con sus insaciables deseos de deleitar la vida desde su prolífica biblioteca y sus abundantes archivos, molde y prueba de su cultura, de sus ambiciones, de su desenvoltura en los círculos sociales más enaltecidos, en los que brilló su personalidad ilustrada, su ecuanimidad políglota, que le dieron tanto favoritismo y atención en el exigente entramado social y político de las elitistas sociedades de la época en América y Europa.
Revolucionario, diplomático, conspirador, ‘masónico’, militar y republicano, con visión profundamente integracionista
Protagonizando en la realidad contemporánea, un caudal de opiniones y narrativas y los más aproximados datos biográficos, hasta el metraje de la recién y conspicua cinematografía donde solo tienen cabida las hazañas de los héroes y el drama de las sobresalientes actitudes humanas, que no deberían ser sencillamente catalogados, en el caso de Miranda, como provenidos de un ser simplemente cosmopolita, sino más que eso.
Quién podría negar del Capitán, Coronel, Almirante, Teniente coronel, General, Mariscal de Campo, Miranda, su reencarnación en posibles personajes de ficción, accionando inteligencia revolucionaria, contactos y esquivos a sus implacables perseguidores e inquisidores de una España imperial celosa y preocupada por el futuro de sus vastas posesiones de ultramar colonizadas política y religiosamente, y de un poder eclesiástico egocentrista siempre queriendo llevar las riendas del pensamiento humano, a gusto de su capricho dogmático impositivo.
En su accionar, era necesario poner a salvo los altos propósitos políticos, su gran misión redentora: conspirando, realizando cautelosa diplomacia; mimetizándose entre las logias donde hizo su reducto y su canal, principalmente en la Logia Gran Reunión Americana, conocida también como Logia de los Caballeros Racionales, iniciativa de Miranda, cuya derivación práctica nos habla de la Logia Lautaro, tan directamente útil a la lucha revolucionaria independentista, interpretándose como el recinto sagrado de esclarecidos próceres y libertadores de la Sudamérica anti colonial y republicana; logias masónicas donde la información clasificada y comprometedora corría a manantiales por su cualidad secreta, fundamentada en juramento y blindaje de lealtad, basadas en el respeto a las impostergables causas, al verdadero conocimiento, a los altos y tangibles ideales y designios de la razón; medio y combustible del ser transformador, libre de las ataduras y del miedo al control social ejercido férrea y peligrosamente por el poder monárquico ultra conservador y coercitivamente eclesiástico.
El coronel Miranda en realidad no luchó directamente por la independencia de EEUU, más bien fue solidario y admirador de dicha gesta republicana
Su actuación en la batalla de Pensacola, al mando de Bernardo Gálvez, tuvo que ver con las fructuosas intenciones de España de recuperar la Florida en manos inglesas, unificando el territorio que sería vendido a EEUU. Se supone que con dicha acción militar se favorecía anticipadamente la ‘seguridad’ y aspiraciones de la proyectada potencia americana, con el desalojo de los ingleses de territorios adyacentes y a la ya acariciada idea del expansionismo estadounidense.
Sin perder de vista el también cavilado proyecto cuasi continental de Miranda en torno a la ansiada unificación de las colonias españolas para formar una potencia republicana independiente desde el río Mississippi —frontera de las trece colonias de la recién Unión Americana– hasta Cabo de Hornos en Chile.
Estos sueños y ambiciones serían más tarde procesados por los implicados, a quienes el habilidoso Miranda tendría que tocar la puerta en busca de ayuda y financiación para el comienzo de su descomunal proyecto; es decir, de la lucha por la independencia latinoamericana. Ayuda que no se materializó más allá de hacerse de la vista gorda en ambos casos. Según se desprende de las entrevistas e insistencias ante el Primer Ministro inglés William Pitt, por un lado, y, por el otro, con el presidente Thomas Jefferson y su secretario de estado James Madison.
Miranda, desde Cuba inició su escape de la inquisición española, comenzando el periplo de darse a conocer a otros niveles y de ir construyendo su andamiaje de relaciones requerido para una causa in crescendo en medio de aspiraciones geopolíticas continentales
Juan Manuel de Cajigal fue el más oportuno confidente de Miranda para salvarlo del ‘Tribunal Inquisitorial’ católico, quien le preparó una ruta de salvación con sendas presentaciones a líderes en territorio estadounidense que ya gozaba de independencia
En su estadía tuvo la ocasión de conocer aspectos de lo que sería la nueva y ambiciosa república, y de alternar con parte de sus fundadores y liderazgos federalistas, también con personalidades independientes.
Esperanzas y cuidados de Miranda ante anglosajones rivales, temerosos de no desafiar abiertamente el poder español al tomar partido por la independencia latinoamericana por él promovida
Moverse entre intereses no coincidentes de la aún potencia mundial inglesa y la incipiente promesa estadounidense, debió ser un asunto de acrobático riesgo y cuidados intensos. Al premier Mr. Williams Pitt le vendía la idea de posicionar las relaciones y ventajas de intercambio comercial en los territorios y pueblos liberados del yugo español; y a falta de acuerdos con ingleses, a los nuevos gobernantes estadounidenses la idea de frenar las aspiraciones de dominio inglés sobre territorio latinoamericano; algo así como jugar a dos bandas, pero entendiéndose fallido el primer intento con los ingleses.
En la secuencia de ambos casos no obtuvo los resultados esperados, por la precaución anglosajona de no entrar en conflicto con los españoles. Pero en este último y fallido intento preló la estrategia del liderazgo estadounidense de no complicar y más bien despejar el camino a sus planes de adquisición territorial como primer paso de su ya concebida política expansionista. Con lo que Miranda entendió reducido su proyecto original —Colombeia— desde la margen occidental del Mississippi.
Revolución Francesa: prueba de fuego y prestigio militar del general Miranda
Se unió al parecer girondino, facción intermedia y moderada de la Asamblea Nacional francesa, siendo incluido en el ejército revolucionario como mariscal de campo.
Su desempeño militar, pese a las negativas contingencias acaecidas a lo interno del fuero castrense debido a la asimetría con sus superiores en el cumplimiento de sus deberes, lo que ocasionó su detención y un juicio del cual salió victorioso; conduciéndolo a los derroteros de la lucha independentista latinoamericana a continuar en Inglaterra, y con la reputación en alto grado a Estados Unidos, al Leander, con su tricolor, nuestro tricolor nacional, a la ciudad de Coro, en un desaforado entusiasmo dispuesto a hacer realidad su grandiosa e incomprensible Colombeia; en el marco de intentos y derrotas, más allá del archivo tan confidencial que llevaba igual nombre.
Miranda, satisfizo con creces sus compromisos de «Liberté, Égalité, Fraternité» en el gran país galo napoleónico. Dichas pruebas se pueden visualizar en el Arco de Triunfo de París, en Valmy, y el Palacio de Versalles.
El proyecto de Miranda —y de quienes siguen sus ideales— podría ser reconsiderado en el futuro, reviviendo su Colombeia aunque en términos sudamericanos, al tener que asumir los requerimientos integracionistas para contener de mejor modo el ventajismo del poder extranjero y de la geopolítica mundial
Habiendo sido propulsor de la Sociedad Patriótica, y esta a su vez de la declaración de la independencia, firmante del acta, Francisco de Miranda fue nombrado Jefe Supremo de los Estados de Venezuela, con el grado de Generalísimo.
El fatal final de Miranda, en 1812, debido a la Capitulación en San Mateo causante de la pérdida de la Primera República, atribución que consideró lo más recomendable y con oportunidad de reponerse debido a las abruptas y calamitosas circunstancias en una Venezuela además azotada por el extendido terremoto, es una de las páginas oscuras y dolorosas de la guerra emancipadora; principalmente al terrible desenlace entre dos figuras excepcionales de la patria. Dejando una estela de sempiterno lamento en el alma de los venezolanos.
Por un lado, la aventurada intervención de patriotas aduciendo indecorosos y repudiables manejos por parte de Miranda, lo que bien se pudo tratar en un futuro juicio revolucionario a través de una corte marcial aunque fuera improvisada o transitoria para evitar la entrega repudiable del Generalísimo al enemigo, lo que indica un descabellado procedimiento; y por parte de la jefatura y jurisdicción realista que incumplió los términos y el espíritu de la Capitulación y las razones de la misma argüidas por apelación del mismo Miranda.
Lamentable y resignadamente ha quedado para los estudiosos dotados de suprema imparcialidad, bajo la égida de historiadores y jurisconsultos, considerar los errores y las culpas en los excesos sobre los actos suscitados; para de algún modo seguir haciendo justicia sobre el infausto acaecido en la humanidad y reputación histórica de Miranda. Aunque desde entonces se ha venido reconociendo en Venezuela y el mundo la decorosa figura del prócer incomparable.
En pueblos y ciudades del mundo se ha dejado claro la reivindicación de su portentosa imagen, con el bronce en efigies y monumentos, su nombre en calles y avenidas, y su epónimo brillando en municipios y en el estado que sin intermediario lleva su nombre. El tricolor ideado por Miranda lo exhiben con orgullo y significación tres países por ser parte de su legado. Lo que sin duda es el mejor de los reconocimientos a su encumbrada trayectoria, cada día recibiendo el inmenso amor del pueblo y de quienes ya no tienen duda de su hoja de servicio inmarcesible en beneficio de su patria y de la causa universal humanitaria.
Reflexivamente, su inmerecido final, nos hace pensar con mucho pesar en un acto de ligereza y falta de cordura militar e injusticia en las filas patriotas contra un baluarte de la independencia e integración latinoamericana.
