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El futuro del trabajo es existencial | Por: Arianna Martínez Fico

por Redacción Web
28/01/2026
Reading Time: 9 mins read
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La frontera que ya cruzamos

El futuro del trabajo suele presentarse como un problema tecnológico. Nuevas herramientas, habilidades y modelos productivos. Pero más que una simple transición laboral, lo que estamos atravesando es algo más profundo, más difícil de nombrar y mucho más incómodo.

Estamos frente a un quiebre en la relación entre trabajo, identidad y sentido.

Las narrativas tradicionales -estudiar, trabajar, progresar, jubilarse- han perdido coherencia en un contexto donde la longevidad crece, la tecnología se acelera y las certezas van diluyéndose. Durante siglos, el trabajo ha funcionado como una columna vertebral de la vida adulta: organizó el tiempo, estructuró la identidad, dio pertenencia y ofreció un horizonte de sentido. Hoy, ese relato ya no alcanza para explicar lo que vivimos.

Algo se rompió en el mundo laboral contemporáneo. Y no se trata solo de condiciones externas o de cambios de mercado. La sensación es tanto individual como colectiva. Una incomodidad difusa que señala una frontera, ese espacio donde los modelos heredados dejan de funcionar, lo viejo ya no explica lo que vivimos y lo nuevo aún no tiene forma.

Durante mucho tiempo me conté -y conté- el cuento de que el trabajo podía ser una fuente profunda de significado. Que amar lo que hacía y poner mis talentos al servicio de un mundo más humano, más consciente y más sostenible justificaba el esfuerzo, el tiempo y la entrega. Quizá también porque no tuve hijos, mi forma de contribuir estuvo siempre ligada a mi trabajo profesional. Mi identidad, mi propósito, mi legado y mi manera de estar en el mundo han estado íntimamente vinculados a lo que hago.

Hoy no tengo esa claridad. Tampoco una nueva historia que reemplace a la anterior. Tengo, más bien, una crisis existencial silenciosa que me obliga a cuestionar el cuento que me he contado casi toda la vida. No desde el desencanto ni la resignación, sino desde la honestidad de quien siente que algo profundo dejó de encajar.

Y sé que no es solo una experiencia personal. Es un malestar extendido que atraviesa generaciones, sectores y geografías.

Si bien la inteligencia artificial no inaugura esta crisis, la acelera y la vuelve imposible de ignorar. No tanto porque haga tareas tradicionalmente humanas, sino porque cuestiona algo más esencial: ¿qué lugar ocupamos en el sistema productivo cuando pensar, decidir y optimizar ya no son exclusividad nuestra?

Ahí es donde el debate deja de ser técnico y se vuelve inevitablemente humano. El futuro del trabajo es, ante todo, una conversación existencial.

 

El relato dominante sobre el futuro del trabajo

El discurso dominante sobre el futuro del trabajo está bien documentado y ampliamente difundido. Informes como el Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum ofrecen cifras claras y contundentes: millones de empleos que desaparecerán, otros tantos que se crearán, habilidades que se volverán obsoletas y nuevas competencias que ganarán protagonismo.

Se habla de reskilling, upskilling, adaptación, flexibilidad, aprendizaje continuo. De pensamiento analítico, alfabetización tecnológica, liderazgo, creatividad, capacidad de aprender a aprender. El mensaje es consistente: el trabajo no desaparece, se transforma. Y quienes logren actualizarse a tiempo podrán seguir siendo relevantes.

Este enfoque es necesario, incluso urgente, pero, está incompleto porque la pregunta que articula es la misma de siempre: ¿cómo seguimos siendo productivos y empleables en un mercado que cambia?

Y deja fuera otra mucho más disruptiva ¿Qué lugar ocupa el trabajo en la vida humana cuando ya no puede garantizar identidad, continuidad ni sentido de vida?

El énfasis está puesto en la empleabilidad, la eficiencia del sistema y la capacidad de adaptación individual. Se asume que, si aprendemos lo suficiente y nos actualizamos a tiempo, el problema estará resuelto. En ese marco, la responsabilidad se desplaza casi por completo a las personas: adaptarse, reinventarse, actualizarse y demostrar valor una y otra vez.

Lo que este relato no termina de nombrar es el costo subjetivo de esa exigencia permanente: el malestar creciente, la desafección, la hiperdesconexión, la fatiga emocional, la sensación de provisionalidad e irrelevancia constante, la experiencia de estar siempre “en evaluación”. Incluso cuando hay empleo y hay desempeño, muchas personas viven con la percepción de que su lugar es frágil, revisable, fácilmente reemplazable.

Tenemos más datos y herramientas, así como más velocidad que nunca. Y, al mismo tiempo, una gran confusión sobre el lugar del trabajo en la vida humana.

Ahí aparece una grieta que los informes no capturan del todo. El futuro del trabajo se discute como un problema de habilidades y productividad, mientras emerge una experiencia íntima de desorientación y pérdida de significado que no se resuelve con más cursos ni más eficiencia.

Este no es un cuestionamiento a la tecnología ni a la necesidad de aprender. Es una observación más profunda.

 

La paradoja: más empleo, menos sentido

Aunque el empleo se transforma, se multiplica o se redefine, el sentido no crece al mismo ritmo.

Nunca hubo tantas personas ocupadas -haciendo cosas, cumpliendo tareas, respondiendo mensajes, gestionando proyectos- y, al mismo tiempo, preguntándose “¿para qué hago lo que hago?”

Esto va más allá de desempleo o precariedad. Se trata de una crisis del “para qué” del trabajo.

Muchas personas están dentro del sistema. Trabajan, producen, entregan resultados, pero ya no encuentran en el trabajo un relato que organice su identidad, una narrativa que conecte esfuerzo con propósito, tiempo con contribución.

El trabajo empieza a vaciarse de propósito incluso cuando sigue ocupando horas, energía y atención. Vemos carreras fragmentadas, trayectorias sin hilo conductor, cambios constantes que no siempre responden a una búsqueda consciente, sino a una necesidad de sobrevivir, adaptarse o no quedarse atrás. El trabajo deja de ser un lugar donde ser alguien y se convierte, muchas veces, en un lugar donde simplemente estar. A esto se suma la sensación de estar siempre “de paso” por la propia vida profesional. Como si nada terminara de asentarse y todo fuera provisional.

Cuando el trabajo ya no ofrece un marco estable de significado, las personas la buscan en otros lugares, o lo abandonan del todo. Aparecen el cinismo, la desconexión emocional, el “cumplo y me voy”, o la hiperactividad sin profundidad.

¿Qué pasa con una sociedad cuando el trabajo deja de ser una fuente de sentido compartido, pero sigue siendo el principal organizador del tiempo, del ingreso y del estatus?

Esta es la paradoja de nuestro tiempo. Antes de preguntarnos qué trabajos vendrán, tal vez necesitemos preguntarnos algo más básico: ¿qué lugar queremos que ocupe el trabajo en la vida humana cuando ya no puede, ni debe, sostenerlo todo?

 

IA agéntica y el desplazamiento silencioso del humano

Cuando era adolescente vi Terminator y, como muchos, crecí con la imagen de un futuro distópico en el que las máquinas dominarían a los humanos. El peligro parecía venir en forma de confrontación abierta: robots hostiles, control explícito, una guerra entre especies. En ese imaginario, las máquinas nos esclavizaban por la fuerza.

Visto desde hoy, ese futuro resulta casi tranquilizador. No porque la amenaza sea mayor ahora, sino porque es mucho más sutil. El problema ya no parece ser que las máquinas nos dominen, sino que no sepamos gestionar todo lo que la inteligencia artificial puede hacer por nosotros sin terminar delegando también aquello que no deberíamos delegar. No hablamos de esclavitud ni de guerra, sino de desplazamiento y pérdida de centralidad.

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Durante mucho tiempo, la conversación sobre automatización giró en torno a tareas. La tecnología reemplazaba acciones repetitivas, mecánicas, predecibles. El humano seguía ocupando el centro: decidía, coordinaba, interpretaba y asumía la responsabilidad final.

Eso ya no es así…

Con la irrupción de la inteligencia artificial agéntica estamos frente a algo cualitativamente distinto: sistemas capaces de tomar decisiones, coordinar procesos, priorizar acciones, anticipar escenarios y actuar de manera autónoma dentro de marcos definidos. No solo ejecutan: proponen, recomiendan y, en algunos casos, deciden.

El desplazamiento que esto genera no es abrupto ni visible. Llega como una pérdida progresiva de centralidad. El humano sigue estando, pero ya no necesariamente en el centro del sistema. A veces supervisa, otras valida. A veces observa cómo las decisiones se toman en otro lugar, a otra velocidad y desde otras lógicas.

Este es el desplazamiento silencioso: no nos quedamos sin trabajo de un día para otro, pero empezamos a perder el lugar desde el cual ese trabajo tenía sentido, autoridad y peso.

El impacto de la IA agéntica no es solo tecnológico o económico. Se juega en el lugar desde el cual nos reconocemos valiosos, necesarios y partícipes del mundo que ayudamos a sostener.

 

¿A qué nos dedicaremos los humanos?

Si la inteligencia artificial ocupa progresivamente el centro de la optimización, la predicción y la toma de decisiones, la pregunta ya no es solo qué trabajos desaparecerán o se transformarán, sino ¿A qué nos dedicaremos los humanos cuando ya no seamos necesarios para sostener el sistema productivo como lo conocemos?

Durante décadas, el trabajo fue la gran respuesta social por el lugar de cada uno, pero si buena parte de ese trabajo puede ser realizado -y optimizado- por sistemas no humanos, lo que entra en crisis no es solo el empleo, sino la forma en que hemos organizado la vida adulta.

Aquí empieza a tomar fuerza una intuición todavía difícil de nombrar: lo humano del futuro no estará donde la IA es más eficiente, sino donde no puede -o no debería- reemplazarnos.

No todo es automatizable. Quedan fuera de ese alcance, al menos por ahora, los trabajos profundamente ligados al cuerpo, al vínculo, a la presencia, al cuidado, a lo artesanal y a lo simbólico. Actividades donde el valor no está en la velocidad ni en la optimización, sino en la experiencia, la relación, el tiempo compartido y la sensibilidad.

Cuidar, acompañar, educar de manera situada, crear con las manos, sostener procesos humanos complejos, facilitar conversaciones difíciles, trabajar con el dolor, con el sentido y con la transformación subjetiva. Oficios donde la presencia no es delegable.

Paradójicamente, muchos de estos trabajos han sido históricamente los menos valorados económica y socialmente. Hoy podrían convertirse en el corazón del trabajo humano del futuro.

Volver a lo básico es reordenar. No un retroceso o nostalgia romántica por el pasado, sino una revalorización consciente de aquello que nunca fue reducible a eficiencia.

Este giro no es sencillo ni automático. Exige aceptar que tal vez no todos los humanos seremos necesarios para producir, pero todos seguiremos siendo necesarios para sostener la vida.

Y eso nos deja frente a una pregunta material y política que no podemos eludir:
si el trabajo deja de ser el principal organizador del valor social, ¿cómo se vive, cómo se contribuye y cómo se sostiene la dignidad?

 

Reordenar el contrato social y económico

Durante buena parte del siglo XX, Josemaría Escrivá de Balaguer insistió en una idea radical para su tiempo: que el trabajo profesional no era solo un medio de subsistencia, sino un lugar de sentido, de realización y de contribución al mundo. Santificar el trabajo -decía- no era huir de la vida ordinaria, sino habitarla con conciencia, responsabilidad y dignidad.

Pero si el trabajo deja de ser el gran organizador de la vida, no basta con redefinir empleos ni con adaptarnos a nuevas tecnologías. Necesitamos repensar el contrato social completo que se construyó alrededor de él.

Ingreso, tiempo, reconocimiento, contribución, identidad, dignidad. Todo eso estuvo mediado por el trabajo. Hoy esa mediación se vuelve inestable, desigual y, en muchos casos, excluyente.

La pregunta ya no es solo cómo nos adaptamos al futuro del trabajo, sino qué hacemos como sociedad cuando el trabajo deja de cumplir la función que le dimos durante tanto tiempo.

¿Cómo distribuimos valor en un mundo donde producir ya no es exclusivamente humano?
¿Cómo sostenemos el sentido de contribución sin reducirlo a eficiencia? ¿Cómo cuidamos la dignidad cuando el empleo ya no garantiza lugar ni pertenencia?

No tengo respuestas cerradas. Y quizá nadie las tenga todavía.

Pero sí tengo una certeza: el futuro del trabajo no se decidirá solo en laboratorios tecnológicos ni en informes económicos. Se decidirá en las conversaciones incómodas que nos atrevamos a tener como civilización.

Porque lo que está en juego no es solo cómo trabajaremos. Es cómo viviremos, cómo conviviremos y qué lugar daremos a lo humano en un mundo donde la eficiencia ya no puede ser el único criterio.

Y esta, sin duda, es una conversación de frontera.

 

 

 

 

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