La vida se encuentra no solo fuera del arte,
sino también dentro de él, en toda la plenitud
de su ponderabilidad valorativa.
Mijail Bajtín
Acercarnos al pensamiento y al imaginario que sitúa la escritura literaria del Dr. Raúl Díaz Castañeda, nos lleva en primera instancia al reconocimiento de un ser humano de profunda valía, en el que se conjuga la civilidad, la honorabilidad y la intelectualidad; virtudes que colorean la configuración de un escritor portador de experiencias de vidas y del hacer histórico-cultural de nuestra región (Valera, Trujillo). Su escritura trama historias que nos tocan muy de cerca, y donde nos deja huellas precisas de asunción, y todo sin dejar de aludir su fino don de la amena conversación.
La novela Las manchas de la serpiente (2024), publicado por Amazon.com, presenta desde el mismo título, alucinantes sentidos. Título de dualidad simbólica, cuya configuración parte de la mirada inocente e ingenua del niño, Abdénago Rojo hijo, quien ante la ilustración alegórica de la medicina, hojeada por su padre el doctor Abdénago en el libro Serpientes de Venezuela, expresa: “—Papá, esa culebra no tiene manchas”; estado de pureza que en la conformación narrativa se tiñe incesantemente. Y, la mancha, de acuerdo al Diccionario de Símbolos de Chevalier, J. y A. Gheerbrant
-
…es en sí misma un símbolo, el de una degradación, una anomalía, un desorden; es en su género una cosa contranatura y monstruosa. Venga como efecto del envejecimiento de las cosas que se desmoronan, o venga del resultado de un accidente, la mancha sella la contingencia del ser, pues la perfección, en caso de alcanzarla, dura poco. Es la impronta de la debilidad y de la muerte[1].
Esta contingencia del ser nos traslada al génesis bíblico, a la concepción judeo cristiana del “pecado original”, y a la sentencia de Jesús en el Evangelio, según San Marcos 7, 14-23 “Escúchenme…Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre…Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones…”. Hecho transgresor de lo humano que tiene sus marcas derivativas en la novela en el extraordinario personaje de Mercedes Marval, la seductora Meche, quien en la escena final de la planificada e intencional fiesta de Año Nuevo, paradojalmente y con tono sarcástico tienta al pecado, no para cometerlo sino para confesarlo, para llevar al ser, o sea a todos los asistentes enmascarados, al desenmascaramiento de su ruindad humana, al develamiento de las transgresiones cometidas, entre los que se encuentran con notoriedad varios galenos del gremio:
-
No hay nadie que se salve, porque no hay ni uno solo que no tenga la condecoración de una infamia o un pecado. Detrás de las máscaras que los revela, hay una lista de las porquerías que cada uno de ustedes ha cometido en la vida para tener derecho a estar en esta fiesta de La Selva…Quien se atreva a quitarse la máscara y leer en clara voz alta sus crímenes y confesarse culpable, podrá hacer sexo conmigo el resto de esta noche…[2]
A diferencia de las creaciones anteriores: José Gregorio Hernández, un milagro histórico (2014) y Se llamaba Adriano, le decían el Nene (2022), la novela Las manchas de la serpiente (2024), contextualiza bajo la mirada de la modernidad, personajes, argumentos y escenarios irruptores de la acostumbrada tradición hospitalaria, en la travesía de las décadas del sesenta y setenta del pasado siglo; esa realidad que –parafraseando a Habermas- vive de la experiencia de revelarse contra todo lo que es normativo. Ámbito espacial y temporal al que se entretejen variadas escenas y lugares en incesantes revelaciones y presuposiciones, que marcan abismos de la alteridad, “característica esencial del hombre moderno”.
El discurso narrativo concentra una forma estética de estilo realista, en tanto que revela el problema humano de la realidad circundante; refleja personajes, contexto, argumento y lenguaje, a partir de un saber al dedillo. No obstante, desde una perspectiva vanguardista, trata la realidad interna del hombre en sus circunstancias y contradicciones existenciales que marcan rupturas, desafíos y extravíos, de orden ético y moral. De manera tal, que “traslada esta realidad conocida y valorada a otro plano valorativo, -al decir de Bajtín-, la subordina a una nueva unidad y la vuelve a ordenar; la individualiza, concreta, aísla y termina, pero no suprime la cognoscitividad y valoratividad de dicha realidad: precisamente a estos últimos se dirige la forma estética terminada”[3].
En esta configuración artística, Raúl Díaz Castañeda hace de la obra una suerte de teatralidad[4] sobre una ética social en crisis, al representar en el entramado discursivo las inmoderadas transgresiones éticas y morales del gremio médico, a la que suma la falta de profesionalidad, y que bajo argumento narrativo del doctor Alastre, personaje arquetipo de la ética, vulnera el noble ejercicio del doctor Próspero Reverend, quien en “los últimos días de Bolívar lo atendió con más abnegación que ciencia”, refiere Alastre en uso de las palabras del ensayista Mariano Picón Salas (p.103). A esta realidad narrativa se une en secuencia otras rupturas del orden, actos inmorales o subversivos en personajes pertenecientes al ámbito institucional, religioso, estudiantil, político y social.
En esta novela, el escritor inclina su mirada hacia espacios de realización del hombre para desnudar su hacer y determinar el ser. Revela verdades enriquecidas por el imaginario que sellan huellas de deterioro en el camino existencial de los nuevos tiempos.
Así, encontramos en el escenario narrativo del centro hospitalario (uno de los espacios, entre otros tantos) varios personajes médicos internos, residentes y especialistas, que mantienen actitudes y actuaciones indecorosas, irresponsables y hasta perversas; totalmente alejadas de la deontología médica (deber, principios) y del célebre Juramento Hipocrático. Sin dejar de nombrar, el peso de la moral y ética profesional del gremio médico, otorgante de garantías políticas en la vida de una sociedad. Al respecto, Wittgenstein sustenta: “La ética es la investigación acerca del significado de la vida, o de aquello que hace que la vida merezca vivirse, o de la manera correcta de vivir»[5].
En contraposición a esta realidad, arquetipo de la inmoralidad y la ruindad humana, se destaca la figura del doctor Alastre, quien representa la honorabilidad, la rectitud y la integridad ética profesional en el seno de la institución. Virtudes que, más allá del reconocimiento inobjetable de su “valía como médico”, no eran admitidas con agrado por los profesionales dentro de la comunidad hospitalaria, y menos fuera de ella, como le hacían saber. La historia, además, nos devela un personaje de recto comportamiento anclado a los valores y principios fundados en el hogar. De tal modo que la obra enlaza una relación de yuxtaposición que nos lleva a la evocación del “tratado de los vicios y virtudes”[6], expresado en la estructura del poema La Divina Comedia.
Igualmente es valioso significar el razonamiento lúcido y cultivado del doctor Alastre, la reflexividad en sus lecciones de vida sobre el reconocimiento del yo y del ser en su esencia, mediante el forjamiento de nociones de carácter filosófico, como la vida, la existencia, la verdad, la mentira, la justicia, la vejez, el suicidio y la muerte, entre otros. Concepciones definitorias, también, del dominio intelectual y reflexivo del doctor Abdénago Rojo –padre y psiquiatra- como las manifestadas a los doce jóvenes médicos internos (residentes), en su reunión de despedida. Ejemplo de ello, “La verdad no es un legado sino un logro personal; uno puede compartir su verdad, pero renunciar a ella equivale a suicidio…” (p.355).
En las lecciones filosóficas vemos la configuración de conceptos o categorías existenciales, determinantes en la realización consciente del hombre en sociedad, alineados al deber ser o por lo menos a lo deseable; un ideal de conducta que desfile por el reconocimiento de nuestro comportamiento diario, por el trato justo y humano signado bajo el respeto, la honradez y la verdad, por aportar sentido común, sensatez, entre otras actuaciones ponderadas.
Ahora, bien, la estructura narrativa de la obra marcada por el juego entrecruzado del tiempo, el recurrente estar e ir del presente al pasado y viceversa, apela al recurso estructurante de la confesión, al que “Llegamos –afirma Bravo- después de un largo camino de disimulos y largas traiciones, después de pequeños actos vergonzantes y de las concesiones de lo cotidiano, para purificarnos con el poder de la verdad…”[7]
El eje discursivo rector de la confesión se centra en la revelación que le hace el doctor Manuel Hidalgo, personaje protagónico, al doctor Abdénago Rojo hijo, sobre las contradicciones y vulnerabilidades de su vida, entre reminiscencias, espejismos y delirios sobrevenidos durante la hospitalización, dado a su estado crítico de salud. Acto de confidencialidad que “hará el lugar donde reconocerse pero también el tránsito hacia la muerte…”[8], elemento estructurante que junto a los papeles escritos de Manuel complementan su confesión, y que Abdénago como custodio de los mismos, en compañía de su esposa van descifrando. Cabe destacar de ello, una interesante apertura de valor discursivo, y es que estos papeles al ser considerado por la pareja de nivel literario, amerita de ciertos ajustes para su publicación, por lo que Abdénago le advierte la posibilidad de “borrar algunas cosas si es necesario”, a la cual en tono irónico, responde Manuel “–¿Sabes qué hubiera dicho tu padre?: Que borren, pero no mucho porque se pueden quedar sin nada” (p. 268).
A esta confesión se entrelazan la de otras, tantas, voces que en la dialogicidad de la palabra cuentan e intimidan diversas experiencias de vida, “sencillamente sus conatos de ser” al decir de María Zambrano[9]. De modo que las confesiones traman la composición novelesca, “el lenguaje de alguien – prosigue Zambrano- que no ha borrado su condición de sujeto”[10].
Otro recurso estructurante que rige la trama de la obra es la fiesta de Año Nuevo, celebrada en la mansión denominada “La Selva”, elemento simbólico de profunda connotación que, unido al de la máscara, desencadenan un espacio donde se produce la transfiguración del «sin sentido de la vida» –argumentada por los filósofos existencialistas-, mediante el fantástico juego de la máscara que no es más que el develamiento del verdadero rostro, el sentido del “sin sentido” en la que hasta entonces han vivido los galenos invitados a la fiesta de disfraces. Donde la anfitriona, Mercedes Marval ha diseñado con claro propósito y sarcasmo la ceremonia del enmascaramiento, y desenmascaramiento de la misma justo a la hora del recibimiento del Año Nuevo, 12 de la noche, referente que nos indica la oportunidad de renovación, de deslastrarse de oscuros procederes o falsas apariencias.
Las ceremonias enmascaradas
-
Son cosmogonías en acto que regeneran el tiempo y el espacio: pretenden por este medio sustraer al hombre y a los valores de que éste es depositario, de la degradación que afecta a todas las cosas del tiempo histórico. Pero también son verdaderos espectáculos catárticos, en el curso de los cuales el hombre toma conciencia de su lugar en el universo, ve su vida y su muerte inscritas en un drama colectivo que les da sentido[11]
De modo que la fiesta en “La Selva”, al estilo de “un relato de Oscar Wilde” y “La fábula aquella, la del burro culpable…Creo que es de Samaniego, o de Esopo…”, argumenta Mercedes (p.92), constituye una fabulosa reunión teatral en la que, a través de las máscaras representativas de animales y asignadas respectivamente a los asistentes según su propio estereotipo, reviste desde ya el desafío del desenmascaramiento “Porque la máscara, señor presidente, es la cara verdadera que en estos personajes oculta la careta del rostro”, dice Mercedes (p.370). El propósito de la escena es la de colocar a los portadores en presencia de su profunda realidad, en el reconocimiento de las actuaciones ignominiosas, para dejar al descubierto la falsedad que representa el ser. Pero nadie se atrevió a dar el paso de mostrar esa interioridad de la vida, el auténtico yo; quizás,
-
…porque nos da miedo salir al escenario y quitarnos la máscara, preferimos el disimulo…o el suicidio… -argumenta Alastre- Cuando actuamos como realmente somos, no todos los que nos ven son capaces de descifrarnos si no nos miran con ojos desprejuiciados, y no se trata de tolerancia, que es lo mínimo, sino de iluminación (p.133).
En el desarrollo de estos aspectos simbólicos y estructurales se entrelazan valiosos elementos o formas discursivas que dinamizan y recrean el continuum narrativo, como los tonos de sarcasmo, ironía, humor, sugestivas de un isomorfismo estético; además de expresiones características de lo popular, apodos y hasta palabras procaces, en una visión del entorno social. Aspectos que rigen la enunciación dialógica, al decir de Emile Benveniste “enuncian actitudes del enunciador hacia lo que enuncia”[12], formando un tejido estilístico que permite dejar al descubierto intenciones, posturas, aparentes verdades o falsas mentiras en la secuencia narrativa.
Importa destacar en el entrelace del hilo narrativo de las historias, la contemplación del arte en sus distintas manifestaciones artísticas: la literatura en sus variados géneros, la música clásica, la pintura, la fotografía, manifiesta en algunos personajes, notablemente en el doctor Ramón Alastre, un vehemente seguidor de la belleza y el gusto artístico, almacenada en su sagrada biblioteca, en su memoria y en la actuación de su vida privada. Entre tantas menciones de grandes escritores, pintores, músicos, obras y actores, cabe señalar, por ejemplo, la lección del doctor Alastre al doctor Manuel sobre la contemplación estética: “De esto se aprende poco a poco; el placer estético se da lentamente con el entrenamiento de la sensibilidad, igual sucede con la música culta, con los vinos y la buena cocina; hay en todo esto un cierto erotismo” (p.120-121).
Efectivamente, las satisfacciones y placeres de la vida están en el arte, sus variadas expresiones otorgan verdadero sentido y trascendencia de vida. Si nos acogemos al precepto heideggeriano de que “El arte es histórico y como tal es la contemplación creadora de la verdad en la obra”[13], y en la premisa bajtiniana de que “lo estético se realiza a plenitud sólo en el arte”[14], veremos, entonces, en Las manchas de la serpiente, como el arte en contraposición a las rupturas y transgresiones de la realidad ética y moral, entrelaza, en efectivas analogías, referentes artísticos en los que la intelectualidad cultural y valores estéticos reviste el otro estado del ser, el de la sensibilidad y sublimidad en la más amplia expresión de lo humano. Esta visión estética embellece y enriquece la obra, dimensiona e integra el lado humano de la subjetividad, muestra como “La persona –prescribe Alberoni- es unidad de sentimiento y de razón, es interioridad y acción. La moral debe mantener unidos también estos dos ámbitos”[15].
Vemos, así, como el Dr. Raúl Díaz Castañeda, en el tratamiento novelesco intenta desarrollar una doble vertiente creativa: los pliegues de la ética y el influjo estético del arte, aspectos que conjugan la existencia humana, esa unidad de la racionalidad y la sensibilidad que hace del hombre un ser inteligentemente “sintiente”, en noción del pensador español Xavier Zubiri.
Las manchas de la serpiente, es una novela apasionante que encarna en los personajes actuaciones estremecedoras, voces que enuncian resonantes sentidos, connotados en varios elementos simbólicos, recursos estructurales y elementos discursivos. Conforma una historia que, finalmente, pareciera abstraerse en sí misma; pues a medida que avanza el desencadenamiento narrativo crece en los personajes arquetipos, profundas significaciones figurativas de los límites de realización humana. Así con la muerte natural del doctor Manuel Hidalgo, personaje protagónico, se disuelve las contradicciones y el fracaso de la vida; con la anunciada despedida de Mercedes Marval, desaparece el fluir de la conciencia; con el suicidio del doctor Lino Casanova, cae la fragilidad del ser; y con el asesinato del doctor Alastre, se derrumba la ética. Y con todo ello, la imposibilidad de poder alcanzar la benevolente mirada de la serpiente sin mancha, albergada en el niño Abdénago; aproximarse a la esperanza de un resurgir en espacios más edificantes, de mayor valoración de lo humano y de altos valores éticos y morales, esenciales para encontrarse o reinventarse en las nuevas estructuras sociales.
En la narrativa el doctor Abdénago Rojo, Padre, nos dice: “Lo de nosotros, en aquel hospital, fue tratar, un tanto a lo Quijote, que esa culebra no tuviera tantas manchas, sin mirar las nuestras. Nos enrollamos en eso” (p.269).
Esta novela comporta en su extraordinario manejo estético de interconexión entre lenguaje y mundo, el poder de desenmascarar realidades establecidas, como lo enuncia el propio autor “Todo lo que estas páginas notician sucedió o se declaró en lugares distantes unos de otros, como confesión o denuncia” (p.6).
En su buen arte de narrar, la creación destella la revelación de verdades encubiertas, de verdades indecible. Y porque, como bien lo afirma María Zambrano, “No se escribe ciertamente por necesidades literarias, sino por necesidades que la vida tiene de expresarse”[16].
A manera de colofón, les confieso que si en algún momento de mi escritura hice ciertas menciones en aspectos centrales de la novela, para hoy el llamado espóiler, la intención no fue otra sino la de seducirlos, tentarlos, a la ineludible lectura de esta estremecedora obra del Dr. Raúl Díaz Castañeda. ¡Léanlo!
[1] J. Chevalier y A. Gheerbrant. Diccionario de los símbolos, Editor digital: Titivillus. Traducción: Manuel Silvar & Arturo Rodríguez, 1969, p.1047.
[2] Raúl Díaz Castañeda. Las Manchas de la serpiente, Amazon.com, 2024, p.371. Las subsiguientes citas de la novelas se indican directamente en el texto, solo con el número de página entre paréntesis.
[3] Mijail Bajtín. Problemas literarios y estéticos, Ciudad de La Habana, Cuba: Arte y literatura. , 1986, p.36.
[4] La teatralidad Es una realidad sostenida por una determinada estructura que cohesiona sus elementos y que no necesita el ser mirado por alguien para poder existir, sí quizá para ser leído o interpretado, pero su existencia es previa al momento de la interpretación. Óscar CORNAGO, “¿Qué es la teatralidad? Paradigmas estéticos de la Modernidad”, 2005, en: https://archivoartea.uclm.es/textos/que-es-la-teatralidad-paradigmas-esteticos-de-la modernidad/, (Citado en febrero de 2025).
[5] Ludwig Wittgenstein. Conferencia sobre ética, Barcelona: Paidós, 1995, p. 35.
[6] Francesco Alberoni. Valores. 23 reflexiones sobre los valores más importantes en la vida, Barcelona, España: Gedisa, 2004, p. 45.
[7] Víctor Bravo, Op.cit., p. 34.
[8] Víctor Bravo, en reinterpretación al escritor japonés, Yukio Mishima, Op.cit., p.35.
[9] María Zambrano. La Confesión: género literario, Madrid: Siruela, 1988, p. 161.
[10] Ibíd.
[11] J. Chevalier, y A. Gheerbrant, Óp. cit., p.1074.
[12] Emile Benveniste, Problemas de Lingüística General II, México: Siglo XXI, 1979, p, 87.
[13] Martín Heidegger. Arte y poesía, México: Fondo de Cultura Económica, 1985, p. 118.
[14] Mijail Bajtín, Op.cit., p.28.
[15] Francesco Alberoni, Op.cit., p. 33.
[16] María Zambrano, Op.cit., p. 25.
Ver esta publicación en Instagram
¡Mantente informado! Síguenos en WhatsApp, Telegram, Instagram, Facebook o X