EL BOSQUE TRICOLOR DE COJEDES | Por: Adalberto Gabaldón

 

A Kamal Mazzaoui

Llegó mayo con sus lluvias, con sus aves, su calor, las inmensas llanuras inician su refrescamiento. Es el fin de la estación seca con el Orinoco avisando exactamente el día que empieza a subir, en un rito que lleva millones de año. Mayo tiene una singular importancia histórica en las tradiciones ambientales conservacionistas de Venezuela. Cipriano Castro decretó el día del árbol como instrumento de conservación y preservación cuya celebración se hizo obligatoria en las escuelas, pocas quizás en ese entonces, pero significativo el gesto. El himno al árbol, poema un tanto ripioso pero cuya estrofa inicial “al árbol debemos solícito amor” quedo grabada en todos los venezolanos nacidos y educados en el siglo 20. En mayo, el presidente Rómulo Gallegos designó el Araguaney como emblema nacional. En sucesivos eventos se estableció la semana de la conservación extendida desde el último domingo de mayo hasta el día mundial del ambiente el 5 de junio. De manera que era una semana que a veces era con más de 7 días y a veces con menos. Un evento movilizador de la cultura y de la conciencia ambiental, especialmente vinculado a los niños como forma de desarrollar una conciencia conservacionista en forma divertida y simpática. Durante muchos años el diario El Nacional publicaba un encarte alusivo a las festividades del árbol, y en la cual se incluía una semilla dirigida a los niños de todas las edades para hacerla germinar y sembrarla en el momento apropiado. Los Consejos de ministros, específicamente ambientales de donde surgieron más de la mitad de los parques nacionales, Refugios de Fauna, reservas forestales, los humedales costeros. Un inmenso conglomerado de espacios naturales que constituyen quizás el acervo nacional más preciado.   ¡Cuidado y Quizás más que el petróleo!!

Sin embargo, esa tradición fue fracturada. Mayo evolucionó de esa vigorosa presencia y resonancia en la vida del país a una devaluada con desangeladas evocaciones retoricas dirigidas a deidades incaicas. La gestión ambiental en Venezuela pasó del cuidado técnico al abandono o, peor aún, a la intervención brutal. El Ávila, Morrocoy y Los Roques han sido testigos de abusos unilaterales para el provecho de pocos.  Ni hablar del empeño en reinventar nombres.

Al sur del Orinoco, la herida es más profunda: el Arco Minero o Antro Minero como apropiadamente debería llamarse, ha devorado más de 60,000 hectáreas, transformando selvas milenarias en desiertos de roca solida con el mercurio y el cianuro dispersos a la buena de dios.  por la libre. Las reservas forestales en vías de convertirse en leña. La lista es interminable con la monumental crisis de los sistemas de abastecimiento de agua que mantienen sedientos a millones de ciudadanos. Cumaná ya desborda la crisis y está en el umbral de hecatombe. ¿La institucionalidad? Bien gracias. Borrada, sustituida por nombres vacíos que nada conservan.

En este panorama desolador hay focos de resistencia que demuestran que no todo está perdido. En el Estado Cojedes, la gestión ambiental liderizada por el ingeniero Kamal Mazzaoui es un testimonio de lo que se puede lograr «con las uñas». Mazzaoui es un digno continuador de la ruta que señalaron hombres como Henry Pittier, Francisco Tamayo, Marcelo González Molina quienes dejaron su impronta a lo largo del país en los últimos 100 años. Sin recursos materiales escamoteados por la mezquindad centralizada, pero con talento y determinación está logrando milagrosos resultados. El emblema es el Bosque Tricolor donde araguaneyes, jacarandas y flamboyanes, al florecer, dibujan nuestra bandera sobre la tierra. Logrado con la entusiasta participación de cientos de niños y sus padres.  No es solo un esfuerzo de reforestación; es un acto de rebeldía civil y educativa frente al destrozo nacional.

No todo este perdido. El Bosque tricolor nos señala que el destrozo nacional puede ser revertido. Los bosques de Mazzaoui serán un símbolo ya que a este país le sobran manos para volver a sembrarlo.

 

 

 

 

 

 

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