Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmil.com)
Debemos asumir la profunda crisis del sistema educativo como una oportunidad para robustecerlo y transformarlo de modo que se constituya en un pilar firme para el progreso económico y la convivencia social. Para ello, en primer lugar, debemos aliarnos y unirnos todos para salvar la educación que está herida de muerte, y garantizar a todos, especialmente a los millones de niños y jóvenes que están fuera de las aulas, su incorporación al sistema. Junto a esto, tenemos que garantizar a todos los alumnos no meras migajas educativas, sino una verdadera educación de calidad, que es el medio esencial para el desarrollo personal y social. La educación moldea vidas. La cantidad y calidad de la educación que una persona recibe influyen en su productividad, sus ingresos y su bienestar. A todos nos conviene tener más y mejor educación y que todos los demás la tengan. Si esto es así, debemos defender y proteger la educación pública, como derecho y deber fundamental y combatir la mentalidad que quiere hacer de ella una mercancía: buena educación para los que pueden pagarla y pobre educación para los pobres. En consecuencia, la educación de calidad para todos debería transformarse en el gran proyecto nacional, fruto de alianzas y consensos, e impedir que sea utilizada para propuestas personalistas o grupales y para inculcar una determinada ideología.
Junto a esto, debemos abandonar de una vez esa educación que enseña a responder preguntas intrascendentes y ajenas a la realidad e inquietudes de los estudiantes, y trabajar por una educación que nos enseñe a interrogar permanentemente la realidad de cada día para descubrir los mecanismos de opresión y discriminación, y promueva el pensamiento crítico y autocrítico. Educación que nos enseñe no a repetir información, sino a procesarla y analizarla. Educación para resolver problemas, para saber reconocer y desmitificar las propuestas mágicas de certidumbre que nos llegan de los centros de un poder que no buscan precisamente transformar el mundo, sino mantenerlo en su injusticia e inhumanidad. Educación que nos enseñe a aprender, comprender, emprender, desaprender, y reaprender permanentemente; que promueva más que la enseñanza el aprendizaje continuo. Educación que se integre y articule cada vez con mayor firmeza con las familias y las comunidades. Educación que reflexione sobre el uso poco adecuado y la excesiva mitificación de las tecnologías, que tiene el peligro de propiciar y fomentar una educación bancaria, transmisiva y no una educación que promueve el pensamiento crítico, el aprendizaje y coaprendizaje permanentes, el diálogo de saberes. Hoy, por lo general, las tecnologías se están utilizando de un modo transmisivo, como los antiguos pizarrones, libros de texto y enciclopedias. Es urgente que nos atrevamos a utilizar las tecnologías para la autonomía en el aprendizaje. Por ello, la necesaria e imprescindible dotación de tecnologías debe ir acompañada de formación pedagógica para garantizar un uso apropiado de ellas.
Pero más allá de todo esto, la educación debe retomar con fuerza su esencia humanizadora y orientarse a la formación de los valores humanos esenciales que nos permitan realizarnos como auténticas personas, convivir con los otros diferentes, y defender la vida humana, animal y vegetal donde quiera que esté siendo amenazada, maltratada y destruida. Educación que considere la diversidad como riqueza, fortalezca la cultura democrática, y combata los comportamientos racistas, discriminatorios y excluyentes.
De ahí, en resumen, la necesidad de una educación que promueva el pensamiento crítico, el desarrollo de habilidades comunicativas y creativas, las capacidades para sustentar la disciplina del aprendizaje continuo y del trabajo en equipo, y sobre todo, la formación humana. Educación que enseñe a conectar corazón, cuerpo y cerebro y cultivar el mundo interior. A desarrollar una inteligencia emocional y espiritual que permita comprender, modular, y transformar las emociones, entender los sentimientos de las personas y desarrolle la empatía y la comprensión.
Educación, en definitiva, que nos enseñe a vivir, a convivir con los otros diferentes y con la naturaleza y a gastar la vida para que todos tengan vida y la tengan en abundancia: educación, en síntesis, que nos enseñe a amar y a enseñar con amor, es decir, con una pedagogía del amor y la ternura. Amor se escribe con “a” de aceptación, atención, ánimo, asombro, apoyo, acompañamiento, alegría y amistad. El educador es un amigo que ayuda a cada alumno, especialmente a los más carentes y necesitados, a aceptarse, valorarse, superarse, y ser cada vez mejor.
Lograr una educación de calidad para todos exige valorar y remunerar apropiadamente al educador según la transcendencia e importancia de su labor como constructor de una nueva humanidad. Como vengo repitiendo incansablemente, si queremos que la educación contribuya a acabar con la pobreza económica, social y moral del país, debemos primero acabar con la pobreza, que llega a niveles de miseria, de los educadores.
@antonioperezesclarin
www.antonioperezesclarin.com
¡Mantente informado! Síguenos en WhatsApp, Telegram, Instagram, TikTok, YouTube, Facebook o X
