Dos tachirenses recién llegados a España ven sus vidas paralizadas en medio del coronavirus

Gabriella Colmenares y Jesús Zambrano, esposos tachirenses emigraron a España a mediados de 2019. Vivían de trabajos obreriles, pero con la llegada de la cuarentena por coronavirus ahora dependen de los ahorros y de pedirle a Dios el cese de contagios y muertes, para poder continuar con sus vidas

Gabriella y Chui han buscado oportunidades de crecimiento económico y personal en dos países, luego de salir de Venezuela

 

 

 

Mariana Duque

@mariananduque

Las calles de Valencia – España se vistieron de fiesta, los ninots (muñecos gigantes de hasta 30 metros de altura) y títeres de más de 5 metros de alto, de diversos colores y formas, se prepararon con sus mejores sonrisas, los expositores de todo tipo de mercancía se instalaron llenos de alegría, y las bandas musicales con sus armoniosas melodías, acompañadas de quemas de pólvora ya engalanaban las calles como preámbulo a lo que serían las Fallas 2020.

La pareja de jóvenes tachirenses emigró de Venezuela en el año 2016 a Ecuador. Ya han pasado por dos naciones buscando estabilidad, pero aseguran no sentirse cómodos

La algarabía y el ambiente festivo no habían sido opacados a principios del mes de marzo por el coronavirus y su incidencia mortal en España, sobre todo en Madrid. Los habitantes de estas tierras estaban preparados para recibir a ciudadanos de todas partes del mundo, y vivir una vez más la aglomeración propia de estos días, hasta que desde el Ministerio de Salud anunciaron que estas fiestas que se realizan desde hace 246 años en honor a San José (cuyo día se celebra el 19 de marzo) serían suspendidas.

Desde su fundación en 1774 hasta la fecha, estas actividades catalogadas como fiestas de interés turístico internacional e inscritas en noviembre del año 2016 por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, han sido suspendidas tan sólo en seis oportunidades: en 1886 por el aumento del canon de colocación de los monumentos, en 1896 por haberse anunciado estado de guerra por la Guerra de Cuba;  en 1937, 1938 y 1939 por la Guerra Civil Española, y en 2020 por la pandemia del coronavirus.

La suspensión de estas actividades alarmaron a Gabriella Colmenares (33) y Jesús Alexander Zambrano “Chui” (37), venezolanos, oriundos del estado Táchira, quienes emigraron a esta ciudad española a mediados del año 2019. Aunque conocían lo que estaba ocurriendo con el Covid-19 en otros países y en varias poblaciones de España, se dieron cuenta de que se trataba de  algo realmente serio con la suspensión de estas actividades.

Ella es licenciada en Comunicación Social y él licenciado en Ciencias Gerenciales. Se casaron hace 7 años en Venezuela, adquirieron vivienda, vehículo y tenían un negocio propio, sin embargo, la crisis económica, política y social que se registró en el país con mayor intensidad desde el año 2014 los llevó a buscar otros horizontes.

A principios de año solicitaron asilo, por lo que aún no cuentan con una legalidad que les permita obtener trabajo en sus áreas. Desde 2019 hasta la fecha se han dedicado a realizar trabajos obreriles, como mesoneros o en limpieza y pintura de espacios, que les permitía cubrir las necesidades básicas.

La cita para obtener los primeros documentos legales del asilo fue asignada para el mes de mayo,  pero por la cantidad de muertos por coronavirus que hay en España 19.314 personas y 184.945 casos de contagio, según actualización del Ministerio de Salud hasta el 15 de abril, es probable que el proceso se dilate. Es a partir de allí donde sienten que sus vidas se paralizaron y que corren riesgos como migrantes.

La mayoría de las historias durante las últimas semanas en el mundo han estado enfocadas a los contagios, muertes, atenciones de casos por coronavirus, despidos masivos y el retorno de migrantes a Venezuela,  pero la migración de 4.5 millones de venezolanos a distintas partes y continentes del globo terráqueo, según balance de la Organización de las Naciones Unidas –ONU-, deja otro punto a analizar, ¿qué hacen quienes están a millones de kilómetros de su tierra nativa y no tienen trabajos fijos?

 

Viviendo de los ahorros

En Valencia- España hasta el 16 de abril de 2020 hay 4.752 casos confirmados, 447 de los cuales han fallecido y otros 1.587 se han recuperado, mientras que en las tres provincias de la comunidad valenciana se han diagnosticado 9.615​​ casos positivos.

A Gabriella Colmenares le preocupa que al no tener ingresos ni ella, ni su esposo, pueden seguir ayudando a su familia en Venezuela, además de que teme quedarse sin ahorros de alargarse la cuarentena

Chui y Gabriella no entendían en un principio de qué trataba bien la cuarentena. Pensaban que tenía un resguardo y que podían ejercer ciertas actividades con los cuidados establecidos por la Organización Mundial de la Salud –OMS-, pero con el paso de los días se dieron cuenta que era una medida radical que les impedía volver a trabajar, pues tan  sólo pueden salir a hacer compras de comida que sean considerables.

Las calles por las que antes había movimiento, ahora siempre están solas. De vez en cuando ven pasar patrullas de la policía, realizando recorridos para no permitir la salida de ciudadanos, y el sonido de los helicópteros retumba sobre los techos en las horas de sobrevuelo. A las 8 de la noche salen todos los vecinos a los balcones, para dedicarle un minuto de aplausos al personal de salud que está dedicado a hacerle frente a la pandemia en los hospitales.

Hasta la fecha por la zona en donde viven no se han registrado casos de coronavirus, ni siquiera sospechosos, por lo que consideran que tienen menos riesgos de contagios.

Mientras enfrentan los cuidados de la pandemia y se enteran de lo que ocurre en el mundo, el pánico se ha apoderado de ambos pensando en qué harán si la cuarentena se extiende por más meses. Llegaron a Valencia con unos ahorros que no pensaban gastar en alimentación, pero ahora son su única opción de sobrevivencia.

Desde el balcón de la casa de Gabriella y Jesús se observan calles solas en medio de la cuarentena por coronavirus.

A través de  la red social whatsapp, Gabriella relató al Diario de Los Andes el temor que siente de que la cita del asilo se extienda y no puedan retirar los documentos que les da legalidad para conseguir mejores empleos.

“Se suponía que en mayo deberíamos ir a la cita para que nos den los primeros permisos de trabajo, porque hasta el momento hemos trabajado como camareros, de limpieza, en casas arreglando cosas, pero todo eso se para hace más de 15 días por la emergencia del coronavirus. Eso nos ha afectado bastante porque nos ha tumbado todo el trabajo. Por no poder salir de la casa se nos cayeron trabajos que teníamos en restaurantes, que teníamos con limpieza, que Chui estaba haciendo con arreglos en apartamentos y oficinas, entonces nos ha afectado; además de que con ese trabajo estábamos cubriendo los gastos de comida, porque aunque no es mucho lo que entraba, nos alcanzaba, con que trabajáramos dos días a la semana podíamos cubrir 15 días de comida. Ahora estamos aquí encerrados y gastamos y gastamos, pero no entra nada, ahora si nos estamos comiendo los ahorros”, expresó.

 

Dos países después de Venezuela

Para la pareja de tachirenses no ha sido fácil la vida fuera de Venezuela. Antes de llegar a Valencia – España vivían en Quito, capital de Ecuador. Fue en enero del año 2016 cuando guardaron lo que pudieron de su vida en una maleta, dejaron a padres, familiares,  amigos, y recuerdos, y al igual que la mayoría de los 4.5 millones de venezolanos que han salido de sus fronteras, cruzaron el Puente Internacional Simón Bolívar, que comunica a San Antonio, municipio Bolívar del estado Táchira con el Departamento Norte de Santander – Colombia, rumbo a la nación sudamericana.

Llegaron con 3.000 dólares para pagar alquiler, comida, movilización y obtener la legalidad. Tenían que invertir unos 1.500 dólares para obtener la visa y la cédula,  la mitad de lo que llevaban, y conseguir un buen empleo no era tarea fácil sin adquirir un documento legal.

“Los primeros años fueron complicados, tuvimos trabajos sencillos, no ganábamos más del sueldo mínimo que eran 350 dólares cada uno, con los descuentos nos quedaban unos 270 dólares, teníamos que vivir y enviar a Venezuela, porque nuestras familias siempre estuvieron presentes”, relató Gabriella.

Aunque Chui pudo ingresar a un buen trabajo en su área e ir escalando al demostrar sus conocimientos y habilidades, Gabriella no encontró empleo como periodista, por lo que se tuvo que reinventar adquiriendo conocimientos de marketing, y así uniendo ambas experiencias logró encontrar mejor empleo. Ambos alcanzaron ingresos de entre 1.000 y 1.300 dólares.

A pesar de ello la xenofobia los afectaba. En Ecuador el venezolano no era bien visto y ocurrieron episodios de persecución y amenazas en contra de connacionales, que los llevaron a sentir temor hasta de salir del apartamento en el que vivían. La diferencia marcada de clases en ese país los hacía sentirse extraños, pues en Venezuela el respeto hacia el que estudia y el que no, al que tiene dinero y al que no, se mantiene, mientras que en Ecuador no se podía saludar al personal obrero, si la persona era estudiada.

La vida en esta nación sudamericana es costosa y ambos sueñan con ser padres, lo que veían casi imposible. “Acceder a comprar una vivienda o un vehículo es imposible, un carro nuevo puede costar con crédito unos 20 mil dólares, y un carrito usado podía costar 8 mil o 10 mil dólares, era un esfuerzo muy grande y no íbamos a poder reunir. El tema de la educación es bastante complicado porque es demasiado costoso, entonces no podíamos pensar en tener un hijo, pagar un colegio privado puede costar 600 dólares y nosotros ganábamos entre 1000 y 1300 dólares”, describió Gabriella.

A principios del 2019 la hermana de la periodista, quien también había emigrado a Ecuador, se muda a Malta – Italia junto a su esposo. A mediados de mayo, surge la posibilidad de que Jesús Alexander viaje a llevarle la mascota, y allí pudo evaluar nuevas opciones.

En Malta, Chui consiguió trabajos en el área de cocina con visa de estudiante, pero se da cuenta que la legalidad es complicada porque depende de un empleo, por lo que se plantea la posibilidad de irse a Valencia- España, a donde un familiar.

“Definimos que yo trabajaba hasta septiembre, esperaba mis pagos y me venía en octubre a España. Los sueldos normales no son más de 1.200 euros, sea de camarero, en una oficina, en un cargo administrativo, pero la seguridad social, la salud, la educación es más accesible, y vimos que aunque no era fácil tener los documentos, teníamos un ahorro de Ecuador que nos permitía aguantar mientras llega el asilo”, relató Gabriella.

Pero sus sueños se han estancado con el coronavirus, y ambos ven su cambio de vida más difícil de lo que era. Les preocupa su familia en Venezuela y la necesidad  de seguirlos ayudando económicamente, sobre todo porque el padre de Jesús Alexander padece una enfermedad crónica para la cual requieren la comprar de medicamentos de altos costos, que con un salario básico en Venezuela no pueden subsidiar sus hermanos.

La hermana de Gabriella, quien es arquitecto, se encargó de apoyar durante estos meses a su familia en Venezuela, pero por las secuelas económicas que ha generado el coronavirus en Italia, un  país con 168.941 contagios de Covid-19 y 22.170 muertes, llevaron a que quedara desempleada, perdiendo con ello la legalidad y además la posibilidad de continuar ayudando.

El estrés generó que la joven tachirense protagonista de esta historia se enfermara  y tuviera que ser trasladada a emergencias en una ambulancia, sin permitirle la compañía de su esposo. Después de ser revisada por el médico y sin mayores respuestas, más que el regaño de una enfermera, fue sacada del hospital a merced de encontrar un taxi en las calles vacías de Valencia. Cuando logró retornar, la tristeza había albergado su corazón, está cansada de no sentirse en casa desde hace cuatro años que salió de Venezuela, la agota que el migrante no es importante ni para el personal sanitario, ni para el resto de la población.

Sentir el abrazo de su padre, los cuidados de su mamá, la caricia de la abuela, los consentimientos de sus tías, y las palabras afectivas de sus amigos, se hacen aún más necesarios en estos tiempos, pero se tiene que adaptar a unas cuantas letras escritas a través de las redes sociales o a video llamadas.

Gabriella no sabe cuál será su destino en medio de esta pandemia, mientras tanto se hace la fuerte para apoyar anímicamente a su esposo, quien se encargó de las tareas del hogar mientras ella recupera físicamente.

“Nada es como Venezuela y vivir fuera de mi país en estos tiempos se hace aún más duro. Le pido a Dios que esta pandemia pase y que Chui y yo podamos encontrar trabajo y seguir adelante con nuestras vidas”, expresó con voz melancólica.

 


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