DOÑA LOURDES DUBUC DE ISEA, PRESENCIA CEREMONIAL DEL LENGUAJE | Por: Libertad León González

 

 

Por: Libertad León González

 

Uno busca la ciudad encantada/

y se imagina que ha de existir una/a la

manera de un gran sueño/.

 

Eduardo Zambrano Colmenares

 

 

Ser y lenguaje, fibra de la hechura de cada humanidad que trasciende. Pensamiento y lenguaje, dicotomía intrínseca de la autenticidad en lo humano. Ningún atisbo de contradicciones. Crear con decisivo esmero la palabra, desde el verbo pronunciado hasta la escritura nacida de la pulcritud del espíritu. En un universo de preámbulos que profesan el respeto al escucha, al lector, para conducirlo a caminos certeros del relato; además de formativo, acucioso en referencias que abunden la certidumbre de lo expresado, de lo exaltado, de lo narrado. En este trazo de la palabra finamente delineada germina la escritura de doña Lourdes Dubuc de Isea.

Sobre sus caminos escriturales nace su obra compiladora, Proclamación de la heredad. Boconó: Estancias y Vivencias (1998), en el que se reconoce admiradora del valle hermoso en el que surgió la ciudad de Boconó. Como cronista de larga data, alberga este libro una prodigiosa selección de textos sobre los datos fundacionales, testimoniales, históricos, vivenciales, poéticos, con referencias a cronistas de Indias, historiadores, investigadores, escritores de diversos géneros, para tratar los argumentos en torno a dos variantes: la objetiva y la afectiva, así reconocidas por la autora, alrededor de este portento natural y urbano llamado Boconó.

 

Hacia la génesis poblacional

 

A la par de la insustituible belleza natural de sus ríos, cascadas y pozos; la presencia marcada de los ancestros cuicas, por un lado y de los momoyes, guardianes del paisaje, por otro; y muy a pesar de las contradictorias reformas urbanas de la ciudad, también muestra su arraigo en su esplendente crecimiento cultural.

Cada trujillano o venezolano que desee calibrar el valor de este lar andino llamado Boconó tiene en la obra de doña Lourdes Dubuc de Isea razonamientos suficientes, diversos, contundentes, para que en medio de la descripción del paisaje privilegiado que posee desentrañar en sus orígenes, en su historia, en su evolución, la presencia de personalidades que la han impulsado a crecer. Por eso la primera frase de la autora proclama: “Los pueblos tienen amantes. Un cierto hechizo ejerce sobre las personas a quienes subyugan rincones, olores, luminosidad del entorno. Este influjo se manifiesta impregnando la existencia de unos o dejando en otros una estela nostálgica.” (Dubuc de Isea, 1998, p. 7) Eso pasa con Boconó, pero también con cada lugar de nuestra amada Venezuela donde la esencia de la querencia está en el corazón de sus habitantes o de quienes prendados por el hechizo deciden pernoctar en determinado espacio durante todo el tránsito de sus vidas. Podemos pensar, del mismo modo, en la ciudad soñada en contraposición con la ciudad vivida cuando las circunstancias de la realidad se alejan de los anhelos de sus habitantes.

Leer la ciudad a través de cada testimonio que nace de esta extensa y prodigiosa naturaleza. Sea preciso el comienzo de la lectura, plácida y análoga al hallazgo de un mundo particularmente atractivo: “Se invita al lector a iniciar su camino por el Jardín de Venezuela, a participar en el sosiego de sus estancias y vivencias y a dejarse penetrar, no solo de la magia del entorno, sino de la urgencia de su solidaridad. (p. 12) Cada fragmento narrativo y/o descriptivo de la autora y del extenso abanico de escritores citados configuran el libro de doña Lourdes en un relato de amplia envergadura emocional y potencial, de categórica mirada al futuro alrededor de esta excepcional ciudad andina.

Boconó paraíso evocador de rapsodas que le cantan asombrados a los prodigios de su naturaleza, su historia y su presencia en el anchuroso mosaico poblado de Venezuela. De ese lugar privilegiado surgen las denominaciones poéticas con que la autora nombra las secciones de la primera parte del libro, La Heredad: Un ancho valle de sabana limpia, El caudaloso y trabajoso río Boconó, Ciudad abierta, alfarería de sueños, Todos cultos, todos trabajadores, todos señores. Títulos que enlazan la maravillosa naturaleza a la ciudad que emerge en la precisa intervención de lo humano. Podemos entonces seleccionar expresiones que in crescendo dan muestras de la excepcionalidad del valle, el río, la ciudad y su gente. Surgen imágenes profusas para describir la exuberancia del valle que despierta en diferentes observadores la presencia de todos los sentidos hasta alcanzar expresiones que abrazan la magia divina de su creación:

Dios está cerca, arde en la distancia, tiembla con el viento en los árboles. Otro replica: Dan ganas de figurarse que un Niño Dios acaba de jugar allí con esmeraldas y espumas y luz de sol. Uno más resume: El Valle es un regalo de Dios… (p.25).

Luego, la fuerza del río descrita en términos técnicos dada la importancia de su presencia y su caudal para la región, también se dibuja con versos que lo atavían y lo vuelven excepcional:

A este río caminante se le encomia su oficio pastoril. Forman la cintura de copa o de campana de la ciudad, el dialogar del río y la montaña. Por ello, Boconó baña en el cristal de su río la fluyente perennidad de la gracia. (p. 39).

El valor ancestral de sus aguas muestra su esencia y candor mítico cuando se afirma: El agua es una niña y queda la duda, por ejemplo, sobre la inundación del 8 de junio de 1981 como agravio de los guardianes telúricos cuando se ofenden las aguas y a la Madre Naturaleza, causas del problema ambiental ante el irrespeto de algunos de los pobladores al verter desechos sólidos en sus aguas y construir viviendas a orillas de su cauce.

Será la mudanza de la ciudad de Trujillo a la ribera del río Boconó, entre los años 1560 a 1563, por parte de Diego García de Paredes cuando la nombra, Trujillo de Salamanca, el preámbulo para que un grupo de colonos ante un nuevo traslado decidieran permanecer y así se establece el 30 de mayo de 1563 la configuración urbano –social de la ciudad de Boconó. La ciudad comienza a desarrollarse participando del modelo económico de la colonia las encomiendas, como base de la economía rural y agrícola hasta 1687 en que “una Cédula Real le pone fin para impulsar la organización político religiosa de las Doctrinas, convertidas después en Parroquias.” (p. 47). En tal sentido, precisa la autora:

Políticamente Boconó se inició como Pueblo de Indios, situación que se prolongó hasta 1608 cuando se le determinó como Pueblo de Doctrina (38). Villa en 1811, Cantón en 1786, Departamento en el ano de 1864, Distrito desde 1884 y Municipio a partir de 1990, según lo postulado en la vigente Ley de Ordenación Político-Territorial. (p.48)

Los cambios vienen con el transcurrir del tiempo; en 1918 cuando se convierte en el primer productor de café del estado. La bonanza no se hizo esperar en buena parte del siglo XX con la exportación del café y el asentamiento de familias y comerciantes prósperos. Sin embargo, el progreso también tendrá sus consecuencias, a partir de 1950, en cuanto al irrespeto a las normas urbanísticas, tras la demolición de viviendas relevantes. Doña Lourdes denominará estos cambios drásticos del crecimiento urbano: fuerzas ciegas en la desvalorización de la heredad. (p.50). A la par, crece la indetenible marejada cultural de la ciudad que exhibe rasgos amables, disidentes, que la humanizan y reivindican. (p.51). Encuentra la autora las mejores metáforas que delineen a Boconó, un macizo de luz inunda el contorno de la ciudad.

 

La condición humana de la heredad

 

En cuanto a la conformación del gentilicio de Boconó, sea necesario entonces resaltar el valor de un proceso histórico que nos coloca en lo que en la actualidad sea el valor de su gente. Recapitula, doña Lourdes, la presencia de los Cuycas, pueblos originarios divididos en cinco naciones: cuicas, tostoses, escuqueyes y tirandáes. La llegada posterior de los españoles conquistadores y encomenderos de dónde se inicia todo el proceso de mestizaje; recordamos la conformación del modelo de ciudades en nuestra América, explicadas y especificadas por Ángel Rama en su famoso ensayo, La ciudad letrada (1998). Las ciudades ordenadas, letradas, escriturarias, modernizadas, a partir de un modelo estructural como signo de traslación y permanencia de un orden económico, social, cultural, escritural normativo, teniendo como estamentos fundacionales la evangelización y la educación.

De tal forma, no duda la autora en subrayar y referir desde sus comienzos la valoración de los habitantes de Boconó:

Se advierte aquí el alto sentido de la vieja hidalguía castellana heredada de los fundadores, la severa mesura…la amplitud espiritual…que nace de la convivencia.

Desde la más alta posición hasta el obrero, el boconés es un hombre de dignidad y de fe. (p.66).

Mención aparte merecen las mujeres boconesas, con apego histórico en las voces del propio Libertador y el poeta chileno Pablo Neruda, como oportunos visitantes de Boconó, para reconocer no solo la innegable belleza de cada mujer de este valle de luces sino también la inteligencia y el trabajo en procura de importantes causas en beneficio de la ciudad. En definitiva, pronuncia la autora: Hombres y mujeres de Boconó le han dado gloría a la Patria. Médicos, escritores, periodistas, comerciantes, profesionales en general, maestros. (p. 70).

Abrazamos el valor de lo universal a partir del reconocimiento del valor de lo local. Nos recuerda doña Lourdes en su obra Proclamación de la heredad. Boconó: Estancias y Vivencias (1998) su percepción y hondura por mostrar todos los aspectos que consolidan la conformación de esta ciudad de los Andes venezolanos. Sea pertinente evocar el texto, Lecturas venezolanas (1926) del Dr. Mario Briceño-Iragorry, corolario verbal de ciudadanía e historia, representativo de la idiosincrasia y la tradición en Venezuela, particularmente recomendado por el mismo autor, al mostrar una mirada amplia como herederos de una nacionalidad. Ambas producciones literarias, cuidadas en lo selectivas, prendan al lector en cada pasaje presentado, en cada aspecto natural y moral que valora el lugar, en uno; el sentimiento de lo nacional, en el otro. El orgullo de sentirnos privilegiados de pertenecer a un poblado, a un país, como sucesores de un pasado que nos engrandece. “El valor de la Historia como fuerza creadora de los pueblos” – en precisas palabras de don Mario. Por lo cual enfatiza el Maestro: “Destruir el valor de las ciudades y reducir las fuerzas de las nacionalidades, es negar el sentido personal de los pueblos …” (Briceño-Iragorry, 1957). En ambos textos de doña Lourdes Dubuc de Isea y de don Mario Briceño- Iragorry se procura, precisamente, reafirmar el sentido personal de la ciudad de Boconó, traducimos el énfasis de la autora trasladado a la valoración de cada ciudad de nuestro país en la extensa obra escrita de los cronistas e historiadores y, en cuanto al texto de don Mario, se detiene en toda una tradición e historia cívica que nos une como venezolanos. El texto se presenta como un compendio didáctico que sirva a los maestros y a los entes educativos en ese caro objetivo de proyectar los fundamentos simbólicos, naturales, cívicos, discursivos de nuestra nacionalidad.

 

Miradas alrededor del valle hermoso

 

La segunda parte del texto de doña Lourdes se expande fastuoso colorido, recorriendo cada aspecto en el que se configura el valle hermoso. Como antología, hay en ella una representatividad plural (p.75), dirá la autora. Desde personajes de resonancia continental hasta viajeros de casas comerciales. El sortilegio de su paisaje cautiva a propios y extraños, a nativos y visitantes, lo cual se traduce en sendos testimonios históricos, analíticos, poéticos de los cuales apenas seleccionaremos algunas muestras, para despertar en ustedes, amigos lectores, la premura por abordar el amplio recorrido escritural seleccionado por doña Lourdes Dubuc de Isea en su emblemático libro de grata compilación.

De Amilcar Fonseca (Trujillo,1870 – Antímano, 1937). “El Villaje de Boconó”:

(…) Allí en el propio lugar donde el peninsular sacrifica al silencioso indígena derramando la primera sangre cuica, porque no pudo escanciar en copa de oro el líquido envenenador de su avaricia, subsiste hoy una ciudad notable por su suelo y más todavía por la cultura de sus hijos, la cual conserva orgullosamente su viejo nombre de estirpe cuica: Boconó. (p.85-87).

De Oscar Sambrano Urdaneta (Boconó, 1929- Caracas, 2011). “Sonetos fluviales al río Boconó”.

Este paisaje boconés reclama/ el acento del dulce Garcilaso/. ¿Quién, si no él, deste encendido ocaso/ podrá elogiar la nemorosa flama? /

Quién, como él, describirá la rama/ donde arrebol fugaz dejó un retazo, / como si fuera el árbol un cedazo/ por donde el rojo sol cuela su llama? /.

Mas llega el río de gentil prestancia, / y al encendido vegetal que eleva/ cabe su orilla escribe una balada/.

Por una breve y sonorosa estancia/ que en baja voz recita, bien se lleva/los aplausos de toda la arbolada/. (p.105).

De Domingo Miliani (Boconó, 1934 – Caracas, 2002). “Palabras”

Y la ciudad donde todavía el aire huele a afectos incontaminados proyectará la historia pequeña en sus esfuerzos para que no olvidemos de dónde viene la hermosa estirpe de civismo que nos enorgullece cuando pensamos que hemos nacido aquí, no por azar, sino por imperativo hondo de una identidad que nos forjó como pueblo culto, manso y abierto a la mejor nobleza, no la de sangre, sino la de alma(…). (p.253).

 

 

Referencias:

Briceño-Iragorry, Mario (1957). “Por la ciudad, hacia el mundo”, Obras Completas, Volumen 1, Caracas: Ediciones del Congreso de la República.

Dubuc de Isea, Lourdes (1998). Proclamación de la heredad. Boconó: Estancias y Vivencias, Caracas:Anauco Ediciones.

 


 

¡Mantente informado! Síguenos en  WhatsAppTelegram, InstagramTikTokFacebook o X 

 

Salir de la versión móvil