Por Oswaldo Manrique
Si en La Puerta, se propone tratar el tema de los primeros comerciantes, y de los más prósperos, sin duda, saldrá a relucir, el nombre de don Audón; un sagaz y dinámico comerciante y hacendado, quien hizo una enorme fortuna, adquirió mucha propiedad inmobiliaria, que incluyó, el lote de terreno y lo que quedó del Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios de La Puerta, que construyó de su propio dinero el padre Rosario, en 1818; Lamus lo adquirió del señor Giacopini y su esposa, el 23 junio de 1922, un hacendado italiano involucrado en el fraudulento Juicio de Partición de Tierras del Resguardo Indígena de La Puerta, lo que produjo innumerables leyendas y narraciones extraordinarias.
Sus tierras de la finca El Pozo, camino a La Lagunita, eran muy productivas con buen ganado lechero y producción de quesos; colindaban con las del varón de la Cordillera, Mitrídates Volcanes; igualmente, se debe mencionar la “Posesion Media Loma”, de la que Lamus, era propietario; alguno considera que esta era la antiquísima e indígena “Lomalla de Busandi”, camino a La Lagunita del Portachuelo; el “Negro” Audón como tambine se le llamaba, se entendió con Cesáreo Parra y éste comenzó a hacerla producir. Así, fue adquiriendo otras propiedades, que lo convirtieron en terrateniente y en el hombre más rico del pueblo. Su nombre: José Abdón Lamus Briceño, en vida titular de la cédula de identidad N° 1.003.362; la gente de la comarca, le rendia respeto como Don Audón. Nació en La Puerta, en 1.886. Era hijo de un comerciante de evidente origen judío: don Juan Pedro Lamus, y de una nativa mujer mestiza: María Briceño. Su padre Juan Pedro, hombre de mucho trabajo, vinculado al campo de los negocios de San José de Cucuta, le fue inculcando el conocimiento en el manejo del comercio; este en 1891, había comprado con mercadería, derechos a unos indígenas, y quedó beneficiado como adjudicatario de tierras en el juicio de Partición del Resguardo Indígena de La Puerta, con los lotes N° 30 (6ª. adjudicación) y el 36 (53ª. adjudicación), en lo que se convertiría el área urbana de dicho Municipio. Para dicho año, era Juez del Municipio La Puerta.
En las tierras del Oratorio de la Virgen de Guadalupe de Indios, edificado por el presbitero y prócer independentista Francisco Antonio Rosario D., Audón en 1922, con mucha sapiencia comercial inmobiliaria y con visión futurista, se va a vivir a ese zona, a la entrada norte de La Puerta en una casa de la esquina avenida Bolívar con calle 1, justo en el lateral Sur del hoy hotel Guadalupe, antiguo Oratorio y establece su residencia, allí mismo, con varias puertas en la fachada, abre su negocio de telas, ropa, zapatería, sombreros y mercadería seca, como en los tiempos coloniales, mientras más puertas tenía el local, era señal de gran prosperidad; en el costado norte y lado izquierdo del negocio, montó una bomba de gasolina, era la entrada del pueblo y del hotel. En el costado Sur, tenía un solar donde criaba gallinas, puercos, pavos, gansos, quedaba una casa abandonada, que se presume el Padre Rosario la habia dedicado para dar posada a los peregrinos, y al final de este patio estaba el portón que da al zanjón de la caraota amarilla, la del antienvejecimiento; este zanjón al tiempo se lo vende al señor Carlos Jaeger, del Hotel Guadalupe, después que le vendió el terreno donde se construyó el Hotel. Este sector, después fue llamado el “Topón.
Posteriormente, convivió con su señora Aminta Briceño, compartieron esfuerzos, trabajo y cohabitaron por espacio de 40 años, según el cálculo de su sobrino Arnoldo Briceño. Aminta, era nativa del caserío El Molino (Molino de “Mimbón”, para los indígenas Bomboyes), cerca del trapiche viejo de los Araujo, vino al mundo en la casa materna el año 1925, era hija de Manuel Briceño y de Juana Rivas. Sus hermanas Celistia la mayor, nació en 1923, murió en 1972, Silvia del Carmen Briceño, la menor, habría nacido en 1927.
Audon tenía ya tres hijos con otra señora, sus nombres Rafael, Ramón y La Nena Lamus. Se había casado, con una de las muchachas González, familia también terrateniente.
Algo curioso ocurría en el lugar. El señor Lamus, según nuestros abuelos, se reservó el bosque y los zanjones del Oratorio del Padre Rosario, donde estaba la plantación indígena de los árboles de caraota amarilla, que era recogida para las celebraciones de todos los diciembres, y en augurio de prosperidad para el año siguiente. La tradición oral, repite que ordenaba preparar una comida colectiva, una especie de mute, con maíz y pedazos de aves y cerdo. Al parecer, los indígenas le atribuían a esas leguminosas propiedades energéticas, alimenticias, espirituales, prosperidad, abundancia y de longevidad. Audón se la reservó, para su consumo y el de sus amigos en diciembre.
Audón muere en el año 1978, tenía 92 años de edad, de trabajo diario, incansable, atendía varios negocios, fue herido en una balacera al enfrentar a un grupo de guerrilleros de las FALN, de la que salvó la vida; de las voces de nuestros más viejos vecinos, se escuchó que su dieta basada en la caraota amarilla, extraída del zanjón del Oratorio, de la arboleda de los indígenas, tenía las propiedades nutritivas, reconstitutivas y propicias para la longevidad, no solo era una de las leyendas relacionadas con el santo padre Rosario, anterior dueño de esa posesión, que al parecer, solo le gustaba que le prepararan su sopa de caraota amarilla, durante su periodo de activa expiación y penitencia.
El nuevo propietario del Oratorio, un descendiente de judíos
El local de la Tienda de telas y ropa de don José Abdón Lamus y la denominada Casa Blanca, hasta la hoy Calle 2, y el lote donde está el Hotel Guadalupe y lotes aledaños, según documentos públicos inmobiliarios, corresponden a la antigua propiedad del padre Rosario, es decir, lo que era el Oratorio de la Virgen de Guadalupe. A modo de mitos y leyendas, relata la tradición oral, que en ese sitio se han presentado algunos sucesos que la comunidad considera verdaderamente extraños. El Negro Audón, al llegar allí, se hizo inmensamente rico, se convirtió en una especie de prestamista y banco para la comunidad y el comercio en general, fue obteniendo más propiedades, casas, fincas, haciendas, comercializaba telas y mercadería seca en los Estados Trujillo, Mérida y Táchira; se llegó a comentar, que consiguió la botija de las pepitas de oro, que le regalaron los indígenas al padre Rosario; Lamus era tan rico, que las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), en la década de los 60 del siglo XX, realizaron dos operaciones guerrilleras de expropiación financiera en su local, por el que hubo balacera, heridos y resultaron presos varios guerrilleros del MIR y el PCV, incluyendo varios jóvenes de La Puerta.
Don Audón, fisicamente, era un hombre de estatura mediana, de piel morena, pero con sangre de comerciante sefardí, lo que patentaba su apellido; era muy dinámico para los negocios. Tenía una camioneta tipo panel cerrada que viajaba cada semana al Estado Táchira, para llevar cotizas, sombreros, sardinas enlatadas, tasajo (carne de buey enlatada); este vehículo lo manejaba Pedro Rodríguez, que fue su primer chofer; y el segundo, fue el señor Camilo Paredes, de quien se dice era su hijo, y vivía con su familia al final de la Calle 2 de esta Parroquia.
Es importante señalar otro dato curioso, la casa de don Audón, donde tenía la tienda comercial, muy vieja, estaba hecha de paredes de bahareque. Con el tiempo la mandó a reconstruir pero con paredes de bloque, que es la que aún se encuentra en pié a la entrada del pueblo. La construyó el maestro Roviro Briceño, que vivía en La Hoyada; el maestro era un hombre pequeño, con conocimientos y experiencia en construcción civil, era familia de Audón. Éste Roviro, transformó el inmueble de acuerdo a los requerimientos del dueño. Terminada la obra, le siguió haciendo arreglos, y adecuándola a las necesidades del negocio mercantil, ampliándole los ambientes y depósitos. Esa relación, de trabajo se mantuvo por muchos años, y para muchos en el pueblo, más allá del tiempo. Esto, lo fundamentan en que, el mismo día en que murió don Audón Lamus, murió el maestro Roviro; es decir, que en esos días los velaron a los dos, les rezaron a los dos, y también, el mismo día los enterraron a ambos en el cementerio del pueblo. Dicen que las coincidencias no existen; quizás. Ahí les dejo eso.
La “Casa Blanca” de Abdón, ubicada al lado de la tienda, también ha sido fuente de infaustos hechos, desde la incomodidad y molestias para quienes la alquilan para vivir, no aguantan mucho tiempo; una vez, intentaron montar una clínica de sanación y rejuvenecimiento holístico y los resultados para los pacientes fueron negativos; la han alquilado para festejos y se producen hechos de sangre o policiales. Parece que su destino es siempre estar vacía.
Como parte de nuestra investigación, compartimos a continuación el Acta de matrimonio de Abdon Lamus, de donde se desprenden varios datos de interes, para sus familares y vecinos, que es del tenor siguiente:
<<Hoy catorce de agosto de mil novecientos nueve a las siete P.M, constituidos en la sala del Despacho de la Jefatura Civil del Municipio La Puerta Natividad Survaran y su Secretario comisionado por el ciudadano Presidente del Concejo Municipal del Distrito Valera en el auto fecha cuatro del presente mes y corre en el expediente de matrimonio entre Abdon Lamus y Clemencia Gonzalez y de conformidad con lo dispuesto en el articulo 109 del Codigo Civil compareció Abdón Lamus de este vecindario mayor de veintiun años soltero agricultor e hijo legítimo de Juan Pedro Lamus y Donaciana Briceño el primero finado y la segunda vecina del Municipio Monte Carmelo mayor de edad viuda y comparece tambien Clemencia Gonzalez de este vecindario de oficios propios de su sexo e hija legitma de Miguel y Barbara Gonzalez finados con el fin de celebrar el matrimonio civil…El jefe Civil Natividad Survaran…Secretario>> (Libro Matrimonios año 1909. Archivo Registro Civil de la Parroquia La Puerta).
Abdón, descendiente de judíos, era furibundo católico, colaboró económicamente con el Padre Trejo, en la construcción del actual templo de San Pablo Apóstol, y todos los años, en diciembre y enero, como tradición realizaba una gran fiesta de varios días de duración en honor a la Virgen de Guadalupe y al Niño Jesús, en la que en la que encerraba a los participantes e invitados, para que comieran, bebieran y rezaran todo el día y toda la noche; les daba regalos, pero no se podían ir sino hasta el día siguiente, los obligaba a quedarse, y por si acaso, para que no se fueran se plantaba en la puerta de la casa, armado con su revolver para que se respetara el compromiso. Así eran las cosas.
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