“Huid del país donde uno solo ejerce todos los poderes: es un país de esclavos”.
Simón Bolívar
Desde adentro, en silencio, esa es la destrucción más aterradora, la que causa más estragos que las bombas o los terremotos. Hay países que aprenden a devorarse a si mismo, países que se auto consumen en su propio caldo de irracionalidad y ambiciones inmorales e inhumanas. Países que sucumben a la maldad voraz de seres aterradores que se aferran a sus propios demonios arrastrando a todo un pueblo a un abismo insalvable.
Estas son cosas que no ocurren de un día para otro, sino que van querellándose en el corazón de las sociedades que ceden ante un silencio de maldad que inunda cada rincón de patria adolorida. Todo comienza con una grieta invisible, dolorosa, que crece en cada tictac que mueve las agujas del reloj de la historia. Así, la confianza se torna sospechosa y la solidaridad se transforma en recuerdos distantes. Poco a poco la sociedad comienza a desmoronarse y cada quien toma para si los bloques desprendidos del edificio que se desploma lentamente, sin percatarse que de este modo comienzan a debilitar la casa que otrora nos cobija a todos. Cada bloque se convierte en una solución individual y así arrasan el edificio entero.
La madera es convertida en polvo por acción de las termitas de la corrupción. Las termitas no hacen ruido, y en silencio consumen todo, hasta que el menor viento coloca de rodilla todos los árboles del bosque. Entonces, viene la primera pregunta, ¿Cuándo comenzó todo esto? Y no entendemos que lleva años entre nosotros, alimentándose del silencio, la complicidad y el miedo. Todos sienten e miedo entre sus huesos, solo algunos se arriesgan y terminan en celdas de torturas.
Desde este instante en que las costuras comienzan a ceder, el idioma de la impunidad toma el control social, transformándolo todo en un amasijo de ignominia que engulle todos los jugos sociales que alimentaban a un país desfallecido y tenue. La leyes que antes eran puentes entre la gente, se transforman en murallas que protegen privilegios de pocos. Entonces, la fila organizada muestra a la dignidad escondida haciendo turno detrás del miedo.
La sociología nos enseña que ningún país se destruye absolutamente a causa de pobreza o escases. Sino por la ausencia de humanidad, cuando se rompen los hilos que unen a la sociedad. Cuando todo es dominado desde un solo punto referencial y los poderes que debieran formar a la Republica, se convierten en apéndices serviles de los centros de poder que lo dominan todo. Es entonces en qué los conciudadanos comienzan a ser vistos como un enemigo, un obstáculo o como una oportunidad para sacar provecho útil a egos y ambiciones. Desde este fatídico momento, la nación deja de ser un espacio para la convivencia colectiva, para convertirse en un amplio archipiélago de ambiciones y soledades frías.
La educación que es la llamada a iluminarlo todo, ha sido desbancada de su sitial de honor, ya no ilumina, es apenas una lámpara con poco aceite, que se extingue ante el mas pequeño soplar de viento tenue. Entre tanto voz de la cultura sé ahoga entre los gritos de la propaganda, mientras los más jóvenes han aprendido lamentablemente que es más fácil emigrar que construir, mientras viejos y ancianos perciben el recuerdo como única herramienta de vida.
A final de todo, el poder cambia de tono, y continúa pintando los muros de una casa que fenece abrazada por la llamas que crecen desde adentro, consumiendo todo. Cambia colores a conveniencia de su oportunidad, haciéndose el pendejo ante el fuego que destruye las vigas y el humo impide ver y respirar convirtiendo el día a día en un acto de resistencia colectiva.
De todo este cuento, lo que resulta profundamente doloroso es que a un país no lo destruye un solo hombre, lo destruye Miles de seres que abrazan la renuncia, miles de renuncias cotidianas, silencios obligados, mentiras aceptadas, miedos acumulados, indiferencias vestidas con trajes de prudencia, complicidad y palangrismo. Se dibuja en primer plano una sociedad autófaga.
Ningún país muere cuando se acaban sus recursos, fenece cuando desaparecen sus principios éticos y morales. Muere cuando se acaba la conciencia. Duele, duele mucho; dejarle a nuestros hijos y nietos un país en ruinas. Por suerte, todo país lleva en su seno una fuerza suprema que le otorga la capacidad de renacer.
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