
POR: Pedro A Hernández V.
CASOS Y COSAS QUE PASARON Y QUE FUERON RESCATADAS POR AMILCAR FONSECA EN ORIGENES TRUJILLANOS.
Amílcar Fonseca nos cuenta que por allá por 1750 algunos indios unieron su creencias ancestrales con las ceremonias del ritual religioso y el indio Juan Benito Vásquez, natural de Boconó y vecino de Carache, que titulándose obispo ordenó sacerdotes a Dionicio el Tartamudo, Gonzalo Patero y Don Lorenzo de Urbina cacique de Siquisay, y que tenía por creyentes las parcialidades de Siquisal, Santa Ana, Pampán, Mocoy, Cubiscús, Beticó, Esnugué, y San Jacinto.
Los sábados venía de Carache, a veces solo y otras con acólitos, entre estos Mauricia Bolsones, india mojana, natural de Boconó, a los santuarios de Siquisal y Mocoy, y antes un muñeco de monstruosa forma con plumajes de guacamaya vestido y sombrero de pajas cubierto, decía misa, que oían los indios con muestras reverentes, por demás bendecía los conucos, bestias y ganado, recetaba a los enfermos, castigaba a los malos casados, cuenta que mientras el oficiante fatigaba con el demonio recogían los cortejantes las ofrendas; cacao, reales castellanos de a 34 maravedises, ovillos de hilo, Paquitas de algodón o añil; garbanzos y otras legumbres, plumas, mantas. Terminaba la función avanzada ya la noche con macabros al son de pitos, tambores, maracas y fóticos, en que lucía a basto la fermentosa chicha y el aguardiente catalán.
Amílcar Fonseca también nos mostró otra leyenda que cuenta que el cacique Lorenzo de Urbina a quien el alcalde ordinario de Trujillo nombró provincial, tenía una cajeta llena de limalla de oro en polvo, un muñeco también del mismo metal, me supongo yo pequeño, su Dios milagroso que no lo mostraba sino por ofrendas de gran valor. A este personaje lo persiguió el Padre Bartolomé Deavoin, quemó las casas de este piachi en Beticó, Cusbiscú que olían a santería y lo reclamaba a las justicias con persecución como doctrinante suyo.
Según los autos este provincial hacia bailar al chorote, curaba con cáscaras, granos de cacao y otras raíces, pervertía a los otros indios sonsacándolos con la familia para el partido de Siquisay , aspiraba al bastón del cacicazgo de San Jacinto, pretendiendo ser hijo de Don Lucas Cumbe , cacique primitivo, sin ser hijo legítimo, no pagaba tributos, ni enseñar el sitio donde sus mayores conocieran una mina de oro en Mocoy. Urbina fué aprendido en Trujillo por el aguasil del Santo oficio en comisión del Cura de San Jacinto; y llevado a este pueblo, se le juzgó en toda forma de derecho y solemnidad judicial hasta condenarle por idólatra, brujo, y supersticioso a diez años de destierro a las Barras de Maracaibo.
En desagravio de estos delitos fue excomulgado clamoreando las campañas, y sacado de la prisión, con grillos, esposas, y mordazas, una cruz a cuesta y sogas al cuello, preguntando sus culpas, oyó misa y la explicación del evangelio, terminado el acto de fe en el botalon de la plaza pública, se le dieron cincuenta azotes por el verdugo. A los tres días salía escoltado a las Barras de Maracaibo.
Las costas del proceso y su ejecución alcanzaron a 30 pesos de plata de 8 reales de vellón, que se pagaron con bienes de este cacique, sacerdote y provincial, entre ellos el muñeco de oro, la limalla, y otros abalorios, que si bien olíentes á demonio tuvieron compradores en la subasta.
Así eran castigados amigos lectores según este relató los idólatras, brujos y supersticiosos.





