¿De “impecable” reputación? | Por: Carolina Jaimes Branger

 

Carolina Jaimes Branger

Hay personas que entienden la reputación como una inversión a largo plazo. Otras, en cambio, la manejan como un maquillaje: se aplica en público y se retira sin culpa en privado.

Desde 2023 tengo una acreencia pendiente con alguien que se rehúsa a pagar estando él -y su entorno- muy conscientes de la existencia de la deuda. La frescura de su conducta me ha impulsado a reflexionar sobre la diferencia que mencioné antes.

El protagonista de esta historia es un ingeniero activo en el sector petrolero ampliamente conocido en su medio. Es de esos nombres que circulan con facilidad en reuniones importantes, que generan asentimientos respetuosos y que suelen venir acompañados de calificativos como “serio”, “responsable” y, por supuesto, “de impecable reputación”.

Siempre me ha intrigado esa última expresión. Impecable. Porque, al parecer, la impecabilidad tiene sus márgenes.

Han pasado meses. Luego años. Y lo que comenzó como un simple compromiso económico se ha transformado en algo mucho más revelador: un ejercicio prolongado de clara evasión impuesta con desprecio y a conciencia con maniobras propias de deudores carentes de ética empresarial. Negación de la existencia de la deuda. Por fortuna, yo guardé los chats y ahí están las pruebas. Promesas que se diluyen. Mensajes que no llegan. Respuestas que nunca terminan de concretarse. Y ese silencio tan elocuente que algunas personas utilizan como estrategia.

Lo verdaderamente fascinante —si se me permite el sarcasmo— es la capacidad de sostener, en paralelo, una imagen pública sólida mientras en lo privado se incumple sin mayor incomodidad. Como si fueran dos vidas distintas: la del profesional intachable y la del deudor persistente. ¿Manipulación, narcisismo, abuso de poder, psicopatía?

Y uno se pregunta: ¿en qué momento se produce esa desconexión? ¿Cuándo deja de importar la palabra dada? ¿En qué punto alguien decide que su prestigio profesional es suficiente garantía para ignorar sus obligaciones más básicas? ¿Cómo coexisten el empresario colosal con el depredador sin escrúpulos a quienes trata con desprecio?

Porque no, no estamos hablando solo de dinero. Estamos hablando de respeto. De responsabilidad. De esa noción, cada vez más escasa, de que lo que se promete se cumple.

Resulta tentador pensar que este tipo de conductas son excepciones. Pero quizás el verdadero problema es otro: que nos hemos acostumbrado a admirar trayectorias sin detenernos a examinar coherencias.

Y la coherencia —esa sí— no admite discursos. Se demuestra. Se sostiene. O se pierde.

Mientras tanto, la deuda sigue allí. No solo en términos económicos, sino como recordatorio constante de que la reputación, cuando no está respaldada por acciones, no es más que una historia bien contada.

Y las historias, como todos sabemos, pueden ser muy convincentes… hasta que dejan de serlo…

 

@cjaimesb

 

 


¡Mantente informado! Síguenos en  WhatsAppTelegram, InstagramTikTokFacebook o X 

 

Salir de la versión móvil