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Cuando un amigo se va |  Por: Carolina Jaimes Branger  

por Carolina Jaimes Branger
06/04/2026
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In Memoriam, Eduardo Blank Montoya

 

El papá de mis hijas, George Greaves Núñez, conoció a Eduardo Blank Montoya cuando ambos entraron a Cornell University. Se hicieron más que amigos: eran panas, curruñas, compañeros, confidentes… Cuando nosotros nos casamos, Eduardo fue testigo de nuestro matrimonio civil. Y años más tarde fue el padrino de mi hija Irene.

Hubo un hecho que recuerdo como si hubiera pasado ayer: Eduardo se había casado antes que nosotros con Ana Teresa López de Ceballos, a quien yo ya conocía del colegio. Tenían tres niñitas, la pequeña, apenas una bebé recién nacida. Las otras dos tendrían 7 y 5 años. Nosotros no teníamos hijas todavía. Estábamos saliendo de la casa de ellos en La Victoria, Estado Aragua, porque íbamos a almorzar en el Hotel El Recreo. No habíamos recorrido ni una cuadra, cuando una de sus niñitas gritó desde la parte de atrás de la camioneta: “¡se me quedó la Barbie!”. Eduardo, que iba manejando, de inmediato frenó, metió retroceso, dio la vuelta en un garaje que estaba abierto y se devolvió para su casa.

George estaba atónito: “¿Qué pasó?”, preguntó. Y añadió:  “¿qué es una Barbie?”. Eduardo le respondió mientras Ana se bajaba con la niñita a buscar la muñeca: “Eso lo vas a aprender muy pronto, si tienes una hija: la Barbie es como la American Express, nunca salgas sin ella”.  Yo solté la carcajada. Eduardo tenía esas salidas divertidas y agudas. Con ellos compartimos muchísimo, sobre todo los años que nosotros vivimos en Maracay. Por eso hoy escribo esto con los ojos llenos de lágrimas, porque hay despedidas que no caben en la palabra “adiós”. Y es que no son finales, sino una especie de pausas cargadas de memoria, afecto y gratitud.

Eduardo, compadre querido: hoy no te digo adiós, te digo “gracias”. Gracias por la lealtad sin condiciones, por los paseos en Cariaprima, por las conversaciones en las que queríamos arreglar el mundo —o al menos hacerlo más llevadero—, por esa risa tuya que, sin pedir permiso, se volvía contagiosa y necesaria.

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Hay amistades que se eligen, y hay otras —como la nuestra— que se sienten destinadas. Porque son esas que resisten silencios, distancias y hasta las vueltas caprichosas de la vida. De esas que no necesitan explicaciones porque se sostienen en algo más profundo: el cariño genuino.

Me quedo con lo vivido, con lo compartido, con todo lo que, de una forma u otra, sigue estando. Porque cuando la amistad es verdadera, no entiende de despedidas definitivas.

Así que no cierro esta página, Eduardo. Solo la dejo en pausa, con la certeza de que los afectos sinceros siempre encuentran, de alguna manera, el camino de regreso. A Ana, Ana Cristina, Mimi, Caro, sus esposos y sus niñitos, van dedicadas estas palabras.

Adiós, querido compadre. Nos quedó un abrazo pendiente.

 

@cjaimesb

 

 

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