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Cuando la solemnidad se vuelve caricatura  | Por: Adalberto Gabaldon 

por Redacción Web
11/03/2026
Reading Time: 3 mins read
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Por: Adalberto Gabaldon

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01/04/2026
Del Olimpo al buche de sangre
En 1959, la Asamblea Legislativa de Trujillo ardía en un debate encendido sobre diferencias territoriales con el estado vecino. Las arengas eran explosivas, casi una declaración de guerra. En medio de esa tensión, un diputado de la zona en disputa pidió la palabra por primera vez. La expectativa fue enorme: todos pensaban que iba a pronunciar la madre de los discursos, el alegato definitivo que marcaría la sesión.
Con solemnidad saludó y dijo:
“He tomado la palabra para informar que la semana pasada no pude asistir porque me saqué una muela y tuve buches de sangre.”
El silencio se quebró en carcajadas. La frase, trivial en medio de un debate casi bélico, se convirtió en burla colectiva y pasó a la historia como anécdota popular, repetida en plazas y corrillos durante años.
Décadas después, la escena pareció repetirse. La convocatoria era solemne: una rueda de prensa en un majestuoso hotel, con la promesa de un posicionamiento político de envergadura.
Hecha por una víctima, que sufrió el horror de verse privado de libertad sólo por denunciar con valentía lo ocurrido el 28 de julio, la convocatoria adquiría un peso moral adicional. No era solo un acto político: era la esperanza de que la voz de los perseguidos se transformara en palabra histórica. Además, el aura de haber estado con Trump reforzaba la idea de un escenario de resonancia mundial.
Yo pensé: “el elegido de los dioses del Olimpo para dirigirnos a la libertad”. Otros imaginaron: “el hombre que recuperará el espantoso CNE”. Se esperaba un gesto histórico, una palabra que abriera caminos y definiera destinos.
Pero el discurso tuvo un tufo a síndrome de Estocolmo. Casi una invitación a borrar y cuenta nueva: verdugos disfrazados de corderos abrazándose con las víctimas. Ninguna referencia a la crueldad. Ni a las ancianas presas por ser madre de un preso. Ni a los niños encarcelados. Ni a las mujeres embarazadas pariendo en cautiverio. Ni a los muertos como Alfredo Díaz. Cero mención. La guinda del pastel, el innecesario blanqueo de imagen a un personaje repudiado en su pais natal y aqui ni se diga. Que sea su amigo, ni es criticable ni es censurable. Se respeta. Pretender que el pais lo glorifique es otra cosa inadmisible.
La atmósfera solemne se desplomó. Lo que debía ser un acto de grandeza terminó reducido a un buche de sangre simbólico: un exceso de palabras que, en lugar de elevar, expuso la distancia entre la expectativa y la realidad.
Así, lo que parecía un discurso histórico se convirtió en caricatura. Del Olimpo al Averno, de la esperanza a la sátira, la política volvió a recordarnos que la solemnidad puede deshacerse en segundos cuando se ignora el dolor de las víctimas.
Un país no se libera con discursos vacíos: se libera con memoria, justicia y verdad.
Adalberto Gabaldon
Marzo 2026
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