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CASTRIL DE REINA: UNA MIRADA ETNOGRÁFICA | Por: Anneris Zerpa de León

por Redacción Web
01/03/2026
Reading Time: 19 mins read
Nacida en mis breñas esta blanca

es chalchiqueye y mereciendode mis bosques

los altares de Misnú, con sus aromas le brindaran,

el lirio en el jaral y el pomarrosa en flor de la espesura, los piaches cultos le rindieran y la torcaz y el gonzalito para ella cantarian.

 

Carachi (Pensamiento)

Nacida en mis breñas esta blanca es chalchiqueye y mereciendode mis bosques los altares de Misnú, con sus aromas le brindaran, el lirio en el jaral y el pomarrosa en flor de la espesura, los piaches cultos le rindieran y la torcaz y el gonzalito para ella cantarian.   Carachi (Pensamiento)

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Por: Anneris Zerpa de León

 

 

Ahora la montaña mágica,

se abre a nosotros, por así decirlo, y

nos muestra sus raíces.

Federico Nietzsche

Castril de Reina es un lugar hermoso y mítico, cargado de leyendas que se han tejido a su alrededor. Sobre la montaña Castril de Reina, se cuentan anécdotas sobre sus primeros habitantes, mitos y leyendas que a través del tiempo han cobrado vida en el contar de algunos de sus moradores; por lo tanto, es importante recorrer tan especial lugar y dar a conocer esas historias que han perdurado en la memoria de algunos de sus habitantes a través del tiempo. Castril de Reina es un lugar que se encuentra ubicada en la Parroquia Mendoza Fría, del Municipio Valera, específicamente en el sector denominado “Santa Rita de Tatún”.

La investigación propone conocer el escenario principal, la montaña Castril de Reina, la ubicación donde tuvo asiento la tribu Timoto-Cuicas, al mando de la diosa Icaque en tiempos coloniales. En la montaña existe una laguna “encantada” en la cual, los indios escuqueyes arrojaron el ídolo de oro, perteneciente al dios Icaque  cuando los españoles llegaron al sector.

La investigación es cualitativa, bajo la perspectiva etnográfica, propuesta por el profesor Jairo Portillo en el curso etnográfico realizado en las instalaciones de la U.V.M. El estudio etnográfico se basa en la búsqueda de información sobre la realidad, con la finalidad de conocer y transformar la misma; contempla el estudio de vida de personajes, casos particulares o fenómenos registrados, que ameriten ser estudiados a fin de buscar la mejor salida al problema en cuestión. Al respecto González Rey (2007:11) refiere: “La investigación cualitativa se orienta a estudiar la producción de sentido subjetivo del sujeto, y su forma de articulación con los diferentes procesos y experiencias de su vida social.”

La apreciación de González Rey sobre la investigación cualitativa se basa en el conocimiento particular del investigador sobre el espacio a investigar, así como también, la vida social de la persona o grupo seleccionado para tal fin; esta investigación va a permitir conocer la historia de Castril de Reina, como también  algunos acontecimientos que allí sucedieron.

Castril de Reina, lugar de nuestra investigación es una comunidad pequeña, tiene aproximadamente 300 habitantes, sus moradores  en su mayoría se dedican a la siembra y cría de animales, tiene  gran vegetación, por lo que su clima es fresco y agradable.   El punto de referencia de entrada al sector es el centro turístico Gran Márquez, que se encuentra ubicado prácticamente en la entrada del mismo, e igualmente los famosos “Pollos de Eladio”. Para llegar a  la montaña  Castril de Reina es necesario subir hasta encontrarse con la casa del señor Pedro González y desde allí, se inicia el camino   hacia la montaña.

 

Castril de Reina: Una Mirada Etnográfica.

El día resplandecía sobre las montañas y una fría y blanca sombra se mezclaba con los hermosos arbustos donde se filtraban los rayos del sol, formando encantadoras figuras que danzaban en el corazón de la montaña; allí se vive el ayer y  lo  imaginario  cobra vida en un mundo mágico.

Nos planteamos establecer diálogos y entrevistar personas, para vivir el ayer en las palabras del otro, que cuenta sus vivencias y anécdotas de vida; un mundo cargado de conocimientos que al contarse surgen a través del discurso oral, como bien lo señala Walter Ong: (1996:18) “Los seres humanos de las culturas orales, son aquellos que no conocen la escritura en ninguna forma, aprenden mucho, poseen y practican gran sabiduría.”

En tal sentido, la apreciación de Walter Ong, estas culturas orales poseen la palabra como forma de expresión de su saber, que le permite un conocimiento amplio y apropiado a través de la escucha de la palabra del otro.

Para conocer y ampliar la información, registro anécdotas y en particular, fijo mi atención en todo aquello que observo y en la escucha de vivencias de personas que   me faciliten recoger la información y ayuden en tan ingeniosa y ardua tarea. Por tanto, agarro mi cuaderno y garabateo en el papel, y una a una, las palabras toman forma; mi mirada se asombra en el camino que recorro tras la aventura hacia Castril de Reina.  Es centrarse y mirar más allá de la mirada, en lo profundo de la montaña, rasgarse las vestiduras y deslastrarse de lo viejo, renacer y sorprenderse del atavío nuevo del que se viste la palabra y hace de lo cotidiano trasparencia, espejo y reflejo del mirar del otro. Como Jairo lo señala en “Convivir para Contarlo”: “lo he visto con mis propios ojos y ellas y ellos con los suyos…”

Es el encuentro con lo mágico, con lo histórico, donde se aviva el deseo de reflexionar, buscar aquí, encontrar allá, es el diálogo con la palabra que se desdobla y desnuda con la mirada, tras el contar del otro. Hay que agudizar los sentidos al recorrer la montaña, mirar lo que está escondido y escuchar lo que otros cuentan; al respecto, precisa Walter Ong ( 1996:77) “La palabra hablada o contada, proviene del interés humano y hace que los seres humanos se comuniquen entre sí como personas.”

Son las 8/30 de la mañana y el profesor Jairo apareció, dispuesto, cámara en mano, enfilamos rumbo a la montaña, al mágico mundo de Castril de Reina o Castillo de la Reina. En casa de Pedro González paramos, presenté al visitante y tomamos café insinuado por Jairo, quien ni corto ni perezoso preguntó por él y que además se lo dieran “Bolón”. Felipa, esposa de Pedro lo sirvió, saludé a Cucha como cariñosamente le dicen,  ésta es yerna de Pedro.  Charlamos un poco y escuchamos las memorias de Pedro quien enseguida comenzó el palabreo.- Hace mucho tiempo vivía en la Puerta un señor llamado Eudón Lamus, quien era dueño prácticamente de toda esa extensión de terreno, era muy rico y tenía muchos hijos que le gustaban empinar el codo y gastar cuanto había y tenían.

 Al tiempo murió la mamá de estos y el señor Eudón quedó sólo, ninguno de los hijos lo acompañó, razón por la cual tomó la decisión de realizar una venta ficticia al obispo de Trujillo de sus tierras y así desheredar a los hijos, quienes quedaron sin medio. La venta se hizo por cincuenta mil bolívares, enterró la plata y nadie sabe dónde. Al tiempo el señor Eudón murió.

El contar del señor Pedro González, permite precisar  el retorno al discurso oral, donde el narrador  trae a la memoria esos recuerdos, sobre una persona en particular como fue  el señor Eudón Lamus. Pedro González, enfoca su discurso en la reflexión y descripción, sobre los hechos acontecidos en el pasado, así como también, la referencia que hace sobre   la decisión del señor Eudón Lamus  de  enterrar la plata de la venta ficticia y más nunca se supo de ella.

El señor Pedro González, prosigue con su historia, mientras nos disponíamos a emprender nuestra aventura hacia la montaña, Castril de Reina. En San Miguel de San Pablo, continuó su relato: – Bajaban los indios con un canastico y dentro de este había una pequeña estatua de San Isidro, a quien rendían culto. Una tarde, cuando estos indicitos venían por el camino se les acercó Ricardo, amigo de Eudón Lamus, recuerdan, el que era dueño de toda la extensión de tierra de la Puerta y les dijo: -‘ yo quiero ir con ustedes,-‘ a lo que los indicitos respondieron:-‘ no, no puede ir con nosotros, hay que solicitar permiso al rey a ver si usted puede acompañarnos, -‘ bueno contestó éste, hablen con él y me avisan-“

Al otro día, bien tempranito bajaban los indiecitos con su canastico y se les acercó Ricardo y pregunto: – ¿Qué paso?, puedo ir con ustedes?-‘ si contestaron los indiecitos, pero le manda a decir  el rey que, cuando llegue a la montaña no se asuste por lo que vea; estos emprendieron su camino y al llegar a la entrada de la gran cueva y observar el mundo que se abría a sus pies, Ricardo se desmayó; duro 12 días  así y  cuando  despertó sólo atinó a decir: – era una gran serpiente y murió.

 

Así, entre los cuentos de Pedro y la frescura del agua, degustamos la arepa con cuajada, que Felipa nos preparó y en una busaca cuatro más echó  para el avío vamos pues señor Pedro, – le digo.- espérese un tantito que voy por el machete-. Pedro con su machete en mano y la guacamaya a su lado giraba su cuello con sus resplandecientes colores brillantes, que hacían juego con su mirada triste, no cantó ni habló,  sólo en sus movimientos se observaba el querer salir y volar junto con nosotros a conocer el mágico mundo de Castril de Reina.

Al igual que el giro de la guacamaya, nosotros también lo hicimos. Pedro González, Manuelito, Jairo Portillo y yo, comenzamos adentrarnos por el sendero encantado que se abría como abanico ante nuestras miradas.  El terreno era fértil y la montaña bañada con el canto sonoro de la paraulata, el azulejo y Cristofué, que revoloteando seguían nuestros pasos, guiándonos por el camino, y entre ellos, se erguía la gran señora  y hermosa  guacharaca, quien según Pedro González: – cantan para atraer el agua, cuando se alborotan cantan aquí, cantan allá, rogando con su canto  a la deidad  Icaque para que haga llover en las montaña. Las montañas bailan como Momoyes, envueltas en un manto sagrado, despertando los dormidos guerreros que se levantan para defender el agua y suelo sagrado.

Es así, que paso a paso, atravesamos el inmenso camino escuchando al señor Pedro González contar  sus vivencias  e historia, de  personas que compartieron con él su existencia. Para Henriquez Ureña: (1973:12) “El lenguaje oral es el que todos empleamos para los menesteres diarios de la comunicación, con nuestra familia o con cualquiera a quienes tengamos que dirigir  la palabra.”

Es a través del discurso diario con nuestros semejantes que expresamos nuestras ideas y pensamientos; éste discurso oral se caracteriza por la trasmisión de hechos o ideas de la realidad o del imaginario, expresado por el yo y su deseo de comunicar. El señor Pedro González, en su deseo de contar, utiliza la memoria verbal, cualidad ésta, según Walter Ong: (1996:73) es de las culturas orales y más adelante señala el escritor: “La comunicación oral une a la gente en grupo.”

Es así, que la oralidad como forma de expresión, une en ciertos espacios a grupos definidos con ciertas características con la finalidad, de dar rienda suelta a contar hechos o acontecimientos que de una u otra forma unen a la comunidad.

-Allá en la Flecha, donde vivía Francisco Quintero”, acotó nuevamente Pedro -consiguieron un Máuser y cerca de donde se encontró, por las noches se escuchaban murmullos de voces que parecían personas que estaban escondidas, pero no era así, era el encanto, que allí estaba cuidando el entierro, que cerca de la casa del profesor Carlos  estaba.- Yo estaba presente, cuando encontraron el primero, era una cajita de madera cuadrada, estaba debajo de una piedra.”

El contar del señor Pedro, referido a los tesoros enterrados y escondidos en distintas partes, es el encuentro con los muertos y pertenencias que han dejado para sus familias los ancestros.  Es la creencia y costumbres desde los tiempos de colonización e  Independencia, donde el miedo a ser despojado de algún tesoro eran enterrados y muchas veces nadie sabía su paradero. Se dice, que hay muchas zonas del estado Trujillo, donde han conseguido innumerables tesoros  y algunos aún están siendo cuidados por las ánimas de los difuntos.

En tierras del Castril de Reina, existen leyendas   sobre muchos tesoros  perteneciente al rey  Icaque. Algunas versiones cuentan,  que  fueron enterrados y otros lanzados a la laguna que existe muy cerca de Castril de Reina.  Amilcar Fonseca; (1955:204) refiere sobre el ídolo de oro que perteneció al rey Icaque: “El ídolo de oro que poseían los escuqueyes llamábase Icaque: Quianque nombrabase también el fabuloso azote de los aborígenes.”

Seguimos nuestro andar  pausado, ya que estábamos cansados por el trecho recorrido, nos sentamos en una inmensa piedra rectangular, que según el señor Pedro era utilizada para altares y  sacrificios en adoración al rey  Icaque; era tan grande, que nos subimos en ella, y  desde allí, nuestra vista se  extasiaba, observando  el inmenso bosque  que rodeaba  la montaña.

Fijo la mirada en el poniente, sólo hilos perdidos observo en la distancia. Manuelito y nuestra amiga Princesa (la perrita traviesa y juguetona de Manuelito) a quien no les había presentado anteriormente, van juntos confundiéndose el salto de uno con el del otro, corre por aquí, corre por allá.-estoy cansao, de vez en cuando decía Manuelito– pero princesa hundía su hocico en las aguas cristalinas del riachuelo que junto a nosotros corría  para satisfacer su sed.- camina Manuelito, le dije, que estás muy joven – y el niño jugueteaba  entre caracoles del camino y los brincos de Princesa, que se perdía entre las siembras de cambur  y los contornos de la naturaleza.

Caracoles, nidos, chozas, caballos petrificados por el tiempo, y los árboles alargando sus brazos, queriendo abrazarnos y alcanzar el infinito.  Yo absorta, con mi mirada entre la de ellos y las de ellos entre la mía, dialogando de vez en cuando, para conocer la historia, que Pedro va narrando. Escucho, se aviva mi deseo por el conocimiento de  la historia que el señor Pedro González contaba sobre el rey Icaque.- Era un gran rey, que vivía en lo alto de la montaña, dueño y señor  de Escuque, y desde allí divisaba su castillo, su reino y muy cerca, una laguna hermosa, cantaba y bailaba para rendirle culto al dios de las aguas y la naturaleza que los indios adoraban, pues decían que allí vivían los kateyes, dioses protectores de las aguas y tierras.

Estas historias contadas por el señor Pedro González, coinciden con la explicación que Fonseca (1955: 191) hace al respecto, al referir que:  “La palabra Ikaque,  representa  al dios por cuyo gran santuario, tuvo en tierra de los eskuqueyes.  Ikaque  celebraba  las tunantadas de un personaje, de uñas largas y cabellos luengos, de ronca voz y barba patriarcal: que  azotaba a los indios que durmiesen por las noches sin luna fuera de la cabaña.”.

Como podemos apreciar, los cuentos del señor Pedro, al igual que lo referido por el doctor Amílcar Fonseca coincide; podría decirse, que por alguna razón el contar del señor Pedro fue trasmitido de generación en generación, razón por la cual es a través de la sabiduría y conocimiento que la historia se trasmite a través del discurso oral.

Mientras caminamos por el sendero montañoso hacia Castril de Reina.  Pedro recorría con la mirada el bosque y decía:”-esto es muy bonito, en mis tiempos aquellos, en que tenía mayor fuerza en mis piernas y era más joven, caminaba por estas montañas  y recorría todo el espacio, era muy rápido pero ahora se me hace más difícil por los años, pero ahí vamos, poco a poco– y pasaba su mano por la cabeza, queriendo extraer sus recuerdos de la memoria.

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Árboles gigantescos, majestuosos, erguidos y silenciosos, vestidos de luna y lluvia nos cobijaban cual casa encantada en la espesura del bosque. El mundo que rodea  a  Castril de Reina, se abre como  crisol mañanero  y uno a uno los pájaros traen  el  canto lejano del cacique Icaque, por todos los rincones de la montaña. Yo, miraba impresionada el majestuoso y hermoso panorama que se presentaba,  escuchando,  silenciosa  los cuentos del señor Pedro. Una vaca amarrada en el camino nos detenía en la distancia, con la cabuya enredada entre las patas de aquí y de allá, jalábamos, Manuelito por un lado y yo por el otro y ella tramada, hundida en el silencio, petrificada.

Pedro no paraba de hablar, Princesa y Manuelito delante, piedras van, piedras vienen, y de repente ¡Qué hermoso caballo!, dónde– grito Manuelito, -allá, mira gritaba Jairo  Portillo, allá en la raíz del árbol, mira su cuello, sus patas y el rabo y Manuelito– Yo no veo nada, mira, mira decía Portillo y Pedro murmuraba: “-Hay que ver lo que ven dos o tres, para mirar lo que uno no ve.-“

Camina que camina, sube que sube, baja que baja, caracoles a los lados del camino de las chozas de palo que a mis ojos encantaban, perdidas en el espacio, intactas. El tiempo parecía haberse detenido en cada piedra, en cada rama, en cada mirada. Las piedras cortadas en rectángulo, guardan los recuerdos de los ídolos, que también se utilizaban como escenarios dispuestos para el sacrificio y oración de los antiguos moradores de la región, cuyos espíritus, según la tradición, aún deambulan por estos lugares.

Es el conocimiento y encuentro del pasado con la historia de nuestros ancestros. En relación a lo anteriormente señalado sobre las piedras, Fonseca: (1955: 186) considera:  “las piedras en rectángulos a veces como un triángulo, pendiente de alguno de los lados continuos y paralelos…guardan las criptas del país, denominadas aún “Santuarios”; junto a osamenta de aborígenes, de varones y de hembras de ancianos y de niños…”.

Las piedras son el material más antiguo utilizado por el hombre, para realizar sus herramientas de cazas, así como también, las utilizaban para cubrir nichos o tumbas de muertos para  realizar sus casas. La forma de la piedra y su representación guarda estrecha relación con el pasado, el tiempo del ayer, que se vive con sólo mirar y traer a la memoria los rituales religiosos que nuestros antepasados practicaban para rendir sacrifico y culto a los dioses.

 

 

Continuamos nuestro ascenso hacia la montaña, en el camino nos encontramos con Eduardo, hijo de Aurelio Montilla y Olivia, que agazapado en el camino asaba hojas de plátanos, largas y grandes llamaradas multicolores se extendían hacia el cielo como duendes candeleros y lanzas de llamas multicolores  subían y bajaban.-buenos días Eduardo cómo están por allá, dijo Pedro, quién está allá arriba para que nos acompañe a la laguna,- nadie señor Pedro contestó Eduardo, quien continuaba su oficio, Alegó luego – mi mamá anda pa’ Valera,-anda Eduardo acompáñanos repuso nuevamente Pedro,-no puedo, tengo que asar estas hojas  para entregarlas en Mendoza y junto a él, el pequeño burro  perdido en el cambural,  degustando su delicioso manjar, Manuelito lo abraza y le dice a Portillo– una foto- si le das un beso al burro respondió éste. Manuelito lo mira pícaramente, con el burro abrazado y fijando su mirada sonríe ingenuamente, ante el ojo del lente  de la cámara que le enfoca para captar su alma.

Nos paramos un rato, descansamos y pregunte: – y porqué el nombre de Castril de Reina – ¡Ah!, contesto Pedro, cuenta la historia y verdad que es verdaita acertaba con su voz y con su cabeza. Existió un rey, antes de la llegada de los españoles en lo alto de la montaña y habitaba una casa grande como un castillo y por eso se le llama Castril de Reina o Castillo del rey. y además existía una estatua de oro que los indios escondieron y aún no la han encontrado:

Con el contar del señor Pedro, sobre los indios, costumbres y vivencias, continuamos el ascenso a la montaña; el camino se torna en espiral, subida y descensos. El sudor de nuestros cuerpos se confundía con el agua del camino.  A nuestro lado un profundo  barranco o despeñadero.- Anda Manuelito camina, le  decía y él contestaba, -estoy cansao, agarró a Princesa  por sus grandes orejas, la acariciaba, miraba, y besaba.

A ratos, El señor Pedro paraba, absorto y abrumado por sus pensamientos, gruesas gotas de sudor por nuestros rostros bajaban y la camisa de Jairo Portillo toda empapada; dos águilas en lo alto del firmamento nos miraban y guiaban nuestros  pasos.  Pronto nos acercamos a una casa que estaba rodeada de una cerca de palos y alambre de púas, quitamos la cerca y entramos. Pedro insinuó: “esta  casa es  de Aurelio Montilla”.

La casa en silencio, solamente Capitán ladraba, Mancha escuchaba y Candela brincaba con la cabuya atada a su cuello, queriendo soltarse y sacarnos del espacio invadido. La casa era de bahareque, raída por el tiempo y la lluvia;  silenciosa al pie de la cuesta enclavada, sujeta al espacio en la alta montaña.

Una chiva y dos burros bañándose en un charco de agua que salía de un  manantial  en la parte Sur  de la casa. Entre los cafetales, alrededor de la casa, apareció una hermosa gallina a saludarnos, con alas esponjadas  y  doce crías de la mano piaban. Al frente de la casa había un nicho y dentro de él San Isidro, quien nos miraba .- no, ¡es San Isidro, es San Benito! reparó Portillo,- no, recalcó Pedro, es que está quemado por el sol y el paso del tiempo y así fue como San Isidro en San Benito se convirtió.

Saboreamos nuestras arepas, descansamos y seguimos cuesta arriba. Todos en silencio.  Encontramos  otra cerca de palos y alambre de púas, la quitamos. A lo lejos el  terreno se perdía en una carretera de piedra, caminamos y más arriba,  divisamos un borde de cemento, era la  entrada  que se vislumbraba ante nuestros ojos y abría sus espacios para encaminarnos hacia Castril de Reina.

Unos cinco kilómetros aproximadamente, divisamos una casita azul, bien distribuida, Hernán Manzanilla y sus dos hijos desde lo lejos nos miraban, parecía que nos estaban esperando. Saludamos y entramos y Portillo insinúo su café bolón al señor Hernán, quien inmediatamente mando a Lilibeth, su hija,  a prepararlo mientras conversábamos, Manuelito jugaba con el hijo menor del señor Hernán José Manzanilla, nos presentamos y el señor Hernán comenzó su narración a petición de Jairo Portillo que pregunto: – “Cómo se llama este lugar?”

-Este lugar donde estamos dicen que era el Castril o castillo del rey Icaque, y más allá aparecen unos olores a chivo, pero en la noche es hermoso estar en ese lugar huele a malabares. Me gusta quedarme allí un buen rato y más allá, cerca de la curva aquella y señalaba con su dedo sale el guardián del tesoro, un perro negro cuyos ojos destellan rayos de luz, aparece y desaparece en ese lugar a quien menos se piensa

–Yo lo he visto expresa el señor Hernán y Leonardo Montilla, el hijo de Aurelio también, él ahora no pasa por ese lugar, le da miedo. Yo he buscado el tesoro del  Castillo por estos lugares y miren lo que encontré, un pedazo de oro de una barca, una cadena con un Cristo y una moneda  que se encontró un día  mi  hijo, cuando la máquina que hacía la carretera tropezó con una botija y la rompió. Así el señor Hernán iba narrando lo que según él había pasado.

Para corroborar su narración, el señor Hernán  nos  llevó  por un  camino dentro de la montaña, para mostrarnos un bello molino antiguo  que según  él, dentro de sus entrañas  escondía  la botija anhelada,  pues su papá le había contado que allí enterrada  estaba, solamente tenía que buscar una aguja de azogue y ésta,  le llevaría al sitio exacto del  encanto.

El conocimiento de lo desconocido es hermoso, toda la montaña es un encanto, formar parte de ello, es vivir su vida, compenetrarse y formar un solo cuerpo, una sola alma, una sola vida, para sentir y recoger las palabras del señor Pedro y el señor Hernán, que vuelan como mariposas multicolores por el tiempo  de la historia, para luego hacerse presente a través de su contar.

Absorta en mis pensamientos y envuelta en el mágico mundo de la montaña, no prestaba atención al señor Hernán, quien seguía insistiendo: “.- Hay que buscar la aguja de azogue,   vienen y me acompañan para desenterrar el entierro, aún no desisto comentaba.- ¿Y qué hay mas allá? Pregunto Jairo Portillo.-en aquella casita señalando en lo alto contestó el señor Pedro Gonzales,- viven las cieguitas, -si son varias dijo.-un día bajaron y estaba lloviendo y yo les dije que se quedaran en mi casa porque ya era tarde y Josefina, que así se llamaba una de ellas contestó: “-qué más da, lo mismo para mi es de noche que de día.”

Los rayos de luz bañaban la gran montaña, Se hacía tarde, por lo que no subimos hasta la casa de las cieguitas, decidimos bajar; nos despedimos del señor Hernán, quien nos invitó para otro día a conocer la laguna y acoto: -“hay que ir con gente que conozca el lugar, porque uno allí se pierde, a mí me pasó, me perdí tres veces, y hay un leoncito pequeño hay que llevar no solamente machetes y palos. Bueno hasta otro día.” y empezamos a descender ladera abajo.

Al pasar nuevamente por la casa de Aurelio, Jairo Portillo se agachó, Yo venía delante de él. Por el camino Jairo iba tomando fotos, pero ¿de qué?, me devolví para observar lo que Jairo hacía.  Había una bicicleta abandonada entre los palos de la cerca y el alambre de púa, allí Jairo apuntaba el lente de la cámara hacia la bicicleta solitaria, raída, esperando que alguien algún día, la tomara y le hiciera cariño de acomodarla para así recorrer los   espacios y   nuevos horizontes en la montaña de Castril de Reina.

Continuamos bajando. Manuelito se perdió de nuestra mirada al igual que princesa, solamente Portillo, Pedro y yo quedamos, bajamos, y descansamos un rato en casa de Pedro, quien encantado invitó nuevamente cuando estuviéramos a bien regresar. Portillo partió en su nave y Yo sorprendida por la lluvia que en ese instante baño con sus aguas los campos del sector.

 

Reflexión

Esta narración, es el encuentro de dos historias; una contada por el señor Pedro González y el señor Hernán Manzanilla, voces del pasado, que cuentan acontecimientos y vivencias a través del discurso oral, para dar vida con su palabra a  la  historia que  cuentan, el encuentro de los personajes que fueron protagonistas en tiempos del ayer  en Castril de Reina y una segunda, que vendría a ser la historia de los aborígenes y el reinado del dios Icaque en épocas de la colonia.

Esta investigación denominada, Una mirada etnográfica a Castril de Reina permitió conocer un lugar maravilloso, llenos de encanto y sabiduría ancestral que nos une al pasado, por lo tanto, nuestro estudio logró las expectativas propuestas en el inicio de nuestra investigación, además, permitió el encuentro de personas unidas por el conocimiento y la palabra contada de otros, que hicieron posible el encuentro de estas historias.

 

 

Referencias:

Fonseca, R Amílcar: Orígenes Trujillanos. Caracas.1995.

González, Rey Luís: Investigación Cualitativa y Subjetiva. México. 2007.

Henríquez Ureña, Alonso: Gramática Castellana. Buenos Aires. Edit. Losada. S.A.1973.

Ong Walter: Oralidad y Escritura. Fondo de Cultura Económica. Argentina, 1996.

Portillo, Jairo: “Convivir Para Contar”. Educere, Mérida, Venezuela, Junio, 2007.

González, Rey: La Investigación Etnográfica o Cualitativa. 2002.

 

 


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Tags: Sentido de Historia

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