“Castalia”, el pub valerano / Por Jesús Matheus Linares

Sentido de Historia

 

 

En la Valera de los años 30, del siglo pasado, una de las principales características de la clase media valerana, era su laboriosidad y emprendimiento para el trabajo. En casi todas las pulperías se ofrecía lo realizado en las casas de familias, desde amasijo, hasta pastelitos, conservas de coco, y todo lo que significara aumentar el ingreso familiar.

De ese tiempo recordamos a los hermanos Celis, que tenían una venta de aguardiente añejado con ajenjo, laurel o díctamo real –la fórmula mágica para la eterna juventud y vitalidad, al mejor estilo del retrato de Dorian Grey-, esta última bebida espirituosa tenía una alta demanda local. Estaba cerca del negocio de don Ramón Briceño, abuelo del amigo, ya desaparecido, el recordado ingeniero Ernesto Rosales Briceño, justo al frente del pilón de Héctor Aponte, en la avenida 10.

Los barberos más populares estaban cerca de la Plaza Bolívar, donde destacaban Jesús Flores y en los locales de los corredores de la calle 8, Lucio Rodríguez.

Hortensia Parilli Cazorla, tía del recordado amigo Reinaldo Parilli, también ofrecía su producción artesanal a los valeranos, una cuadra más arriba del Cinelandia, donde estaba Mercedes Oliva, donde también se elaboraban las paledonias redondas y los bizcochos enrollados. Además, las hermanas Rueda destacaban por sus famosas hallacas navideñas y otras hermanas dedicadas a la confitería y dulcería eran las Manzanilla, especialistas en los mejores suspiros de Valera, que se vendían en el “Castalia”, una especie de pub londinense que regentaba Pedro Febres Jelambi para el “jet set” local.

La diversión para los adultos, los fines de semana, sábado y domingo, era los desafíos de gallos, en las galleras de Pancho García, en la avenida 4, abajo del Hotel Imperial, donde hoy existe un taller y la gallera de don Miguel Vetancourt Sierra, en la calle 7. Era la palabra empeñada lo que siempre estaba en juego en cada pelea, donde asistían los mejores galleros y cuerdas del estado.

Con la llegada del fotógrafo español Diez y Riega a Valera, esa diversión va a conseguir otra forma de competencia. Este ibérico va a fundar en la década de los 30, los dos cinematógrafos más importantes de la urbe para ese momento, el “Cinelandia” en la avenida 12 y el cine “Principal frente al “Conticinio” en la avenida 10 con calle 10 y 11, posteriormente abrirá entre 1947 y 1948, el Teatro Valera frente a la Plaza Bolívar, luego hará lo propio con el Teatro Libertad. El cinemascope incorporaba a los valeranos al mundo.

Ya para los años 50 al 54, un italiano emprendedor de los muchos que han llegado a nuestra ciudad, don Bernardino Raggioli junto con sus hijos Elio y Giorgio, construyen para Diez y Riega el Teatro Libertad, el mural frontal que lo identifica lo traen directamente de Italia, allí posteriormente se presentaron luminarias como Libertad Lamarque, anteriormente en el “Cinelandia” en la década de los 40 había servido de escenario a las presentaciones de Tito Guizar, “La Tongolele”, Rosa Carmina, entre otros.

Los valeranos disfrutaron de films como “La Bailarina”, “Tarzán”, “El Llanero Solitario”, Luis Sandrini, Boby Stellis. Las entradas eran: Palco 1Bs., mezzanina 0,50 y patio 0,25. Antes de entrar al cine, las personas llegaban a las seis de la tarde y se comían un promedio de cinco hallacas de caraotas –carabinas- a cobre o una puya –cinco céntimos- que vendía “Braca”, un muchacho de apellido Bracamonte, muy popular entre quienes asistían a las funciones en el cine, porque también ofrecía la chicha fermentada de cebada, en sus pipotes de cebada, que siempre estaban a “reventar”. Y para los gustos más exquisitos estaban las “solteritas”, unas galletas redondas rellenas con crema. Era la Valera que comenzaba a tener presencia con la puerta cultural del séptimo arte.

jmateusli@gmail.com

Salir de la versión móvil