Casi dos meses después de los sismos, La Guaira se debate entre precariedad y resistencia

Fotografia del 17 de agosto del 2026 donde se observa materiales educativos de la escuela Urimare que resultó afectada por lluvias, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

Catia La Mar (Venezuela), 20 ago (EFE).- Entre las ruinas de edificaciones y el paso de la maquinaria que remueve los escombros, casi dos meses después de los potentes terremotos del 24 de junio, en el estado venezolano de La Guaira la rutina se ha abierto paso entre centenares de carpas en las que imperan la precariedad y la resistencia.

En menos de 60 días, no solo ha cambiado el paisaje; la realidad se escribe para muchos en albergues y refugios improvisados, mientras crecen los llamados a prepararse para El Niño, un fenómeno climático que amenaza con no dar una tregua a quienes perdieron todo después de que la tierra se sacudiera dos veces causando hasta ahora casi 6.500 muertos.

 

Nuevo ecosistema

A punta de donaciones privadas, de la comunidad internacional y algunos apoyos estatales, los habitantes de los distintos campamentos en la localidad de Catia La Mar han levantado un ecosistema con comedores comunitarios, duchas improvisadas, tanques para recolectar el agua proveída por cisternas e incluso emprendimientos.

El llamado ingenio criollo ha permitido ‘pequeños lujos’, como la instalación de equipos de aire acondicionado o ventiladores que algunas personas han podido rescatar de sus pertenencias para instalarlas en las tiendas de campaña.

Esas estructuras donadas por China se han convertido en hogar de los afectados por el doble terremoto, pero también en escuelas, lugar de trabajo y centro de reunión.

Y aunque están en lo que parece un lugar seguro para ellos tras el terremoto, no lo es tanto en medio del intenso calor o la lluvia.

Así quedó en evidencia el pasado sábado, cuando un aguacero que cayó sobre Caracas y La Guaira los puso en emergencia.

«Tuvimos pérdida de colchones, de cuestiones así, de efectos personales», explicó a EFE Germán Machado, de 58 años, habitante del campamento César Nieves, un espacio improvisado en los alrededores de un estadio de béisbol en Catia La Mar.

«Se vivió un momento de angustia, porque venimos del terremoto y después de esa lluvia, bueno, imagínate, son cosas incontrolables», añadió.

Los efectos no fueron duraderos, ya que con temperaturas superiores a los 30 grados centígrados y un sol implacable, gran parte de las calles y los colchones se secaron 24 horas después.

Fotografía del 17 de agosto de 2026 que muestra a personas trabajando en la reparación de un edificio afectado por los terremotos de junio, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

«Lloré mucho»

Otra de las afectadas fue la «Escuela Urimare», que funciona bajo carpas y terminó anegada después del torrencial aguacero.

«La lluvia fue muy fuerte y bueno, los dos toldos principales se partieron y se cayó la lona y perdimos muchos materiales muy apreciados, porque cada granito que hay acá son traídos por ángeles muy especiales que Dios manda. Y bueno, lloré mucho», contó Jazmín Urimare Ramírez, una maestra y paciente oncológica fundadora del colegio .

El agua acumulada en el suelo alcanzó varios centímetros de altura y afectó el césped artificial colocado en las carpas, así como las cajas con cuadernos, libros, marcadores y lápices y las bases de madera de los pupitres. Todo había sido donado.

Este lunes, el piso de la carpa aún continuaba mojado, pese a que el calor arreciaba. Decenas de personas trabajaban para secar los enseres y materiales afectados, a la espera de un cargamento de tablas para construir una tarima que proteja las pertenencias ante la amenaza de un nuevo aguacero, ya que el agua corre con facilidad por el lugar.

De hecho, en varias zonas de Catia La Mar aún eran visibles los rastros de barro arrastrados desde un cerro cercano.

«Esto fue un colapso total, esto fue horrible. Tanto los truenos, la gente con mucho miedo, los niños llorando», relató Ramírez, que también vive en el campamento y solicita ayuda para recuperar los materiales con los que más de 70 niños reciben clases.

Fotografia del 17 de agosto del 2026 donde se observa a un hombre caminar frente a escombros de viviendas afectadas por los terremotos de junio, en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Miguel Gutiérrez

 

Decididos a quedarse

Pese a las difíciles condiciones, la mayoría de los damnificados por los terremotos asegura que no se moverá a los refugios temporales habilitados por el Gobierno por temor a enfrentar situaciones peores.

Según cifras oficiales, casi 20.000 personas perdieron sus viviendas tras los sismos de magnitud 7,2 y 7,5.

La propia Urimare, como muchos ya conocen a la maestra, afirma que de ahí no se mueven.

Machado la respalda y pide que cuando el Gobierno entregue las viviendas prometidas, estas vengan con títulos de propiedad.

Entretanto, la vida transcurre para muchos en medio de una extraña normalidad y conversaciones cotidianas en espacios improvisados.

 

 

 

 

 

 

 

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