Cartas | Un trozo de dulce | Por: Juancho José Barreto González

 

Busco en el bolsillo de mi lengua materna las palabras más queridas. Árbol y gracia se ponen de acuerdo para no pelearse el primer lugar. Llegan juntas de igual a igual y doy gracias al árbol, el árbol de la gracia. Enseguida recuerdo al dios de la arena cuando me enseñó a escribir sobre ella. Mis dedos se hundían en el contorno de la inicial de la “j”, letra de mi nombre y de mi niñez. “Jallo” brota en la comisura de la boca y comienza a recoger en manos de mi padre el café disperso en el patio de atrás para su calentura por el sol.

Si pudiésemos escribir la historia de nuestras palabras de infancia tendríamos que reinventar nuestros primeros cuadernos. Pasa revoloteando la palabra “pasa” dulce y algo gelatinosa. Después a los años la palabra maní se convertiría en acompañante de carretera.

“Las palabras abren nuevas rutas del sentido y son también recuperadoras de viejos caminos”. “El camino de tus primeros pasos se tambaleaba y te echaba hacia los lados”. La palabra “caerse” anunciaba futuros temores. Había que aprender primero dar un paso después del otro, pero el ánimo de volar como pájaro o ser “como los peces en el agua” permitía abrir muchas puertas a la vez cuando en realidad la vieja casa sólo tenía tres puertas. La puerta principal permitía salir y entrar. “Las otras dos sólo permitían salir, en todo caso para poder entrar de nuevo a la casa porque habías “salido por detrás” debías escribir “mi casa es bonita y es de color verde”.

Un buen día descubrimos el cielo y la fuerza de gravedad. Uno de mis ingeniosos hermanos “agarró una tuza de maíz y le puso una gran pluma de gavilán”. La lanzó con gran fuerza hacia el cielo. En ese instante conocí el cielo con solo ver el cielo y la tuza comenzó a caer dando vueltas como si una mano invisible “la pusiera a girar cayendo”.

Un trozo de dulce de coco me hizo soñar con el mar. No me explico cómo, y ahora menos con estos ruidos en la cabeza, llegan a darse la mano estas palabras. Para no preocuparme demasiado, comenzamos a chupar caña. El dulzor se nos metía por todas partes, era una feria de bocas disfrutando las palabras dulces. Con una tiza inmensa aprendimos a escribirlas en el pizarrón verde del salón del primer grado. Después pasamos para los biombos, los bordes de las camas, el tallo alargado del café, el café soy el café, hasta que aprendimos a subir a lo más alto de los árboles para huir de las vacunas. La palabra “aguja” comenzó a darnos miedo desde la primera vez que la vimos botar gotitas por la punta. “Eso no duele, eso no duele decía la enfermera de falda marrón y camisa blanca”.

El dolor se hizo para doler y no puede llevar la gracia a la desgracia. Entonces, un dolor tiene al lado a su desdolor. Enseguida la computadora la coloca en rojo de “error”. Así llegué a entender cómo el error es tan importante, nos permite aprender “lo que no es de lo que es”.

Nos enseñaron a olvidar las palabras llenas de gracias. Vuelve a tu cuaderno primordial. Llego a la casa de uno de mis hermanos, La pandemia nos había separado más de lo que estábamos. Nos abrazamos fuertemente. Ambos sentíamos una emoción infantil. Luego, a golpe de cinco de la tarde comencé a escribir esta carta.

“Busco en el bolsillo de mi lengua materna las palabras más queridas. Árbol y gracia se ponen de acuerdo para no pelearse el primer lugar”. Subo al árbol de la vida, aéreo, invisible, invencible. Mi hermano dice, tomémonos despacio las palabras que nos alimentan… Ella se ríe y celebra, él come lechoza.

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