Me duele el cuerpo muerto, la muerte sigue con dolor. Debajo de los escombros gime, llora la muerte por la vida que me ha tocado vivir. Gime el dolor y, al otro, casi no le duele, o no duele en absoluto.
El asesino nos ha enseñado. Se ufana de sus asesinatos, los comunica como victoria sobre la vida de otros que merecen morir. Dice deben morir porque les toca morir, están destinados a morir por nosotros.
Nos prestaron sus casas sin hacer ruido, sin televisarlo. Nos perseguía un asesino inmenso con tanques y radios que hablaban de nosotros, los herejes, los enfermos, los primeros destinados a morir. Pero, llegamos a ese lugar bendito y maldito, nos prestaron sus casas y los fuimos sacando de sus casas, a empujones les puñaleamos las espaldas y quedaban sin respirar comiendo tierra de la tierra.
Los colones sobre la tierra, los aviones sobre el aire, acompasados. Los muertos sobre la tierra, debajo de los escombros, dolorosa muerte con dolor, el dolor humano, milenario, de ayer, de mañana. La humanidad adolorida, aquí, allá, en todas partes, sobre la tierra, debajo de sus propios escombros, sus edificios partidos en pedazos como su corazón, sus tiempos, sus espacios, ensordecidos por el asesino de ayer, de hoy, de siempre. La tragedia.
Una humanidad trágica sería aquella capaz de enfrentar a las fuerzas superiores que la esclavizan, la vulneran y la hieren siempre a muerte, a dolor dolido debajo de sus propios escombros. Descubrir al asesino que nos enseña a matarnos unos a otros, a ser soldados del mal contra los que merecen morir y estar entre la tierra despojada y los escombros de la vida.
Un asesino disfrazado de humano hace que la vida se retire de nosotros, que seamos pura muerte, pura tristeza y rabia en los corazones, Un disfraz fuerte, de hierro y símbolos y discursos de la muerte. Un disfraz de otros disfraces esparcidos en el viejo mundo de las discordias y de los rebaños arrasados para alimentar al odio del monstruo de los siglos por los siglos.
La guerra a ese monstruo es justa, en todas partes y bajo cualquier circunstancia. Debemos reconocerlo con todos sus disfraces para no seguir cayendo muertos en la tierra desolada de la vida. Esta vida que cuelga de un hilo cada vez más deshilachado.
En la voz quebrada del humano, en todos los idiomas de la tierra, en las hablas terrícolas, se alimenta la rebeldía contra los que nos matan y nos enseñan a matarnos unos a otros. Es un canto duro, desconsolado, urgente, urgido de voces, de ojos, de manos armadas con la aurora de todos los tiempos y de todas las búsquedas.
No es un dolor virtual, desdoblado en publicidad. Es un dolor de dentro del dolor eterno de las derrotas, de las hambrunas, de las heridas mortales de la humanidad herida. Es un dolor que le duele al dolor mismo, heredad de todos los dolores.
El asesino sonríe, nos mira, alardea de su poder. Hace ya mucho tiempo, desde hace tiempo, alardea. Debemos fijarnos en él, debidamente, sin quitarle los ojos de encima, mirarlo de noche y de día, escrutar sus pasos. Sólo así podemos descubrir que ¡ya no usa disfraz! Que habla por la boca de sus cañones y de sus discursos. Ya no oculta su adoración por la muerte. Capaz de matar a todos por sobrevivir, nos aniquila cada vez, cada rato, en cada rincón de la tristeza y de la muerte.
El asesino sonríe, nos mira, alardea de su poder. Alardea, sonríe, nos mira.
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