Por: Juancho José Barreto G
América en el hombre y en la naturaleza. Ojo dibujante de los contenidos diversos de los cuales es depositaria la poesía, el arte, paisaje traducido en el alma de la palabra mineral y del cuerpo, nostalgias o afluentes de sed que se reconocen en los suplicios de su metamorfosis, “expiación” misma de la Historia. Andrés Bello en su Agricultura de la Zona Tórrida (1826) lo exalta:
Cuántas doquier la vista
no asombran erizadas soledades
do cultos campos fueron, do ciudades?
De muertes, proscripciones,
suplicios, orfandades
¿quién contará la pavorosa suma?
La palabra fluye en los tiempos y se interroga. Visión de visiones, vocación que despierta la imagen en el cuerpo del mundo, interrogándolo, aportando esencias para su configuración. El poeta indaga su mundo y su naturaleza, sobreseído por la palabra que construye la imagen, va recorriendo, desde distancias y lugares varios, va diciendo. El poeta de siempre, anunciante y perverso, metido en los territorios que les ofrece la vida, la vida en su tiempo y en su búsqueda, la vida íntima y la que se ofrece al desvelo, despedida o retorno, da lo mismo. Entonces, el ojo poético que mira no tiene tiempo o tiempos, los hila por recurrir a la imagen que tiende puentes, por decirlo así, el ojo tiene imágenes y de ellas vive, permanece. Me permito creer que está fuera de toda teoría crítica, es decir, no se le puede atrapar en aquellas consideraciones verbales que delimitan la imagen, que si romántica o modernista. La imagen cabalga sobre nosotros, no podemos atraparla en un concepto. Por eso, el poeta no tiene tiempo, es eterno en el cuerpo cultural en que participa. ¡Al menos que ese cuerpo se muera! En “Amanecí de bala”, el poeta venezolano “Chino” Valera Mora (1987) nos confiesa:
Aún en medio de las más terribles tormentas
Siempre he optado por defender
La dignidad de la poesía
Volverla a sus orígenes
A su deslumbrante cuchilla de muchos filos.
Desde el más desdichado desvarío hasta la más elevada experiencia poética la palabra nos coloca en el ámbito de la imagen. Aquí propongo que veamos la poesía nuestra, la de antes y la de después, la de siempre como la metáfora de América, la nuestra, esa que se destila en los alambiques del espíritu poético, consagrando su cuerpo de miles formas, combinando sus esencias con hierbas ocultas del diálogo que establece con sus signos vitales. Es la traducción del cuerpo en el universo. Como lo dice J.A. Ramos Sucre en esa frase-verso insustituible de su Granizada: “Un idioma es el universo traducido a ese idioma” (1980).
Establecer una imagen totalizadora de ese cuerpo cultural pueda que sea un presagio de la imposibilidad. Pero, podemos mirar las particularidades, esas voces que desde distintos ángulos de la geografía espiritual le han dicho, contado y cantado, desde el más desdichado desvarío hasta la más elevada experiencia poética. Esa condición de estar, respirar, vivir o morir, de desdoblarse e inventar no está colocada fuera de la historia de ese cuerpo, participa en él. Esa constante está allí, puede que cambie la visión, algunas veces cósmica, su razón de la existencia, los modelos, las imágenes del mundo y de la sobrenaturaleza.
Desde la primera piedra tallada con el mensaje al otro invisible o visible hasta la palabra que se escribirá dentro de un instante cruza y es-está cruzada por esa enorme esencia que le da existencia eterna a la poesía que hace el hombre, que hace al hombre, a semejanza de sus dioses, construye mundos con sus palabras, mundos no alejados de ese cuerpo que lleva e “himnifica”, que vive y sueña. Veamos, finalmente, el Himno de Despedida, que es el himno de los sacerdotes o aukis indígenas, lo recibimos traducido por Arguedas (Bendezú, p. 227): para el hombre vivo, para el hombre caminante,/ u wayli,/a fin de que regrese, de que vuelva,/u wayli,/ hasta mi retorno, padre montaña, /u wayli.
proyectoclaelibre@gmail.com
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