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Cartas | Ningún ejército va a venir a salvarnos | Por: Juancho Barreto

por Juan Barreto
05/12/2025
Reading Time: 3 mins read
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Juancho José Barreto González

Una parte de nosotros es hispánica. El imperio que le dio forma a las colonias, el que nos conquistó y convirtió en parte de lo que somos fue el “híspañol”. La armada norteamericana hace guardia en el mar Caribe desde 1898 cuando hunde a la armada española frente a las aguas de La Habana. Mucho antes arrebataron a México la mitad de su territorio. Hegel en 1823 decía en Europa en una de sus conferencias “el mundo comienza en oriente y termina en occidente”. Occidente es la cuna de la civilización y está llamada a salvar a la humanidad. En ese año Monroe exclama su tesis, convertida en doctrina, “América para los americanos”. Europa y Estados Unidos, una misma cultura, la empresa metamorfoseada de la conquista del mundo por los poderosos.

La armada norteamericana es el ejército de los súper ricos dueños de los Estados Unidos erigido como el gobierno del mundo. Los guardianes del “derecho internacional”. Otros guardianes y sus empresas se disputan ese derecho. Son los márgenes abiertos de la inseguridad planetaria. Tal disputa pone en riesgo la vida planetaria.

El guardia está ahí, apunta a mi casa, a la cabeza de mi casa y a mi cabeza. Mueve sus manos como un tétrico bufón metálico y letal. La historia en grande del miedo. Su dedo acusador soba el gatillo, sabe disparar, amenaza. Le es insignificante nuestras vidas. Nuestro doble

valor de consumidores y esclavos es lo que importa. Su dedo es un gran cañón cultural, me apunta. “Ustedes los bárbaros” dice.

“Mi hermano leía una novela vaquera en tres horas. Un tipo de ojos azules y mirada de acero era el más audaz de los pistoleros…”. Desenfundó rápidamente y con un disparo certero puso la bala de plata en medio de los despavoridos ojos del recién muerto. No nos entristece el muerto para nada. El espectáculo está en la fulminante puntería del pistolero de la humanidad, de su insensibilidad. El gran cañón nos apunta, nos asusta y nos entretiene. Es un bufón de metal, letal.

Es significativo que en la sociedad venezolana haya aparecido una clase política, tiene sus estamentos y estatutos, cuya acción es debilitar la nación mientras que crecen sus cuentas bancarias. La política se convirtió en una empresa política mercantil.

El cálculo de la ganancia sustituye la visión ideológica y los que no cobran son aquellos que realmente ansían cierto cambio de rumbo, pero están atrapados por esta burocracia bipolar. No tienen fusiles, como en otras latitudes, tienen micrófonos y cámaras. Montan escenas y el gobierno les ha seguido el juego, vaya a saber por qué. Parlanchines virtuales con poder real. Son actores y accionistas.

Es un momento para aprender a decirnos, para hablar venezolano. Ningún ejército va a venir a salvarnos.

Es urgente aprender a encontrarnos, a apropiarnos de nuestra conciencia y de nuestro horizonte. Como me gusta decir, el horizonte es horizontal, si nos metemos en él lo viviremos, lo levantaremos. Construir la verdad histórica es saberse habitante de la casa en un nosotros contradictorio y dinámico. De este lado nadie se levantará a entregar las llaves de nuestros caminos secretos al pretenso reconquistador.

Debemos superar la guerra civil entre venezolanos. Inventemos las técnicas necesarias de la reunión. Así, nadie tendrá el poder de imponerse. La casa venezolana es un bien común. Los proyectos de unos y otros deberían de revisarse. La opresión, la división y la ignorancia se alían.  Ningún fusil debe apuntar al pueblo, el pueblo debe ser el dueño de los fusiles.

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