proyectoclaselibre@gmail.com
Se trataba de poner a disposición el “derecho internacional” a los fines estratégicos de largo alcance que convertía a los EEUU en una potencia imperialista presta a apartar cualquier estorbo para la posesión material del planeta. “Estados Unidos desvinculó la Doctrina Monroe de la propuesta del Canciller Drago, no sólo porque, según su criterio, no veía obstáculo a la acción de un Estado para obligar a otro al pago de sus deudas al calificarla “como una intervención lícita, mientras ello no implique una adquisición territorial en América”, sino además porque el presidente Teodoro Roosevelt, quien gobernó ese país entre 1901 y 1909, hizo de tal Doctrina un instrumento preventivo e intervencionista en el mundo. Tomó el principio básico descrito por el Presidente Monroe en 1823 de “no intervención de las potencias europeas en América como medio preventivo de adquisición territorial en el hemisferio” principio ante todo geopolítico- para proclamar su “Corolario a la Doctrina de Monroe”, como vienen a constituirse, entre otras, las intervenciones en República Dominicana, Haití, Nicaragua y Cuba, al considerar Estados Unidos de manera unilateral que había peligro de una intervención extracontinental por las condiciones de desorden financiero o político que prevalecían en esos países. Este procedimiento se incorporó en la política exterior norteamericana para defender los intereses de las inversiones privadas de ese país y sentar las bases de su influencia económica y política en las Américas y en otras regiones del planeta” enfatiza claramente Paulina García de Larrea. De tal manera, los americanos del norte construyen su derecho como potencia interventora. La doctrina y sus futuros corolarios es el instrumento jurídico estratégico reforzado con otros, pulimentados en su cultura imperialista para universalizar el modo de vida norteamericano. El mundo se americaniza. Voz de América y Hollywood llevarán la delantera junto a sus compañías guipuzcoanas y sus guerras de liberación o de “justicia infinita” como le gustaría decir a uno de sus presidentes más “modernos”.
Ya otro argentino registrará en sus escritos “las comprobaciones penosas para nuestro patriotismo hispanoamericano, las inducciones inquietantes para el porvenir” de lo que significará los Estados Unidos. Nos referimos a Manuel Baldomero Ugarte quien va a plantearse los alcances de “El peligro yanqui” (1901). Es en “La América de origen español es un hombre y cada república es una parte de él” (1910) donde puntualiza sobre las dos causas “evidentes” de la desigualdad, entre la mitad de América que habla inglés y la otra que habla español: “Primero, las divisiones. Mientras las colonias que se separaron de Inglaterra se unieron en un grupo estrecho y formaron una sola nación, los virreinatos o capitanías generales que se alejaron de España, no sólo se organizaron separadamente, no sólo convirtieron en fronteras nacionales lo que eran simples divisiones administrativas, sino que las multiplicaron después, al influjo de los hombres pequeños que necesitaban patrias chicas para poder dominar”.
“La segunda causa de esta desigualdad es la orientación filosófica y las costumbres políticas que han predominado en el grupo. Mientras los Estados Unidos adoptaban los principios filosóficos y las formas de civilización más recientes, las Repúblicas hispanoamericanas, desvanecido el empuje de los que determinaron la Independencia, volvieron a caer en lo que tanto habían reprochado a la Metrópoli. Aquí el autoritarismo, allá la teocracia, en todas partes hubo una ligadura que detuvo la libre circulación de la sangre. Una oligarquía temerosa y egoísta se apoderó de las riendas del gobierno en la mayor parte de los Estados” (Véase La nación hispanoamericana, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1978).
.
