Cartas | Lectura Amante (y III) | Por: Juancho José Barreto González

 

No es un cuestionamiento solamente, no hay pureza teórica, académica, propende al acto, ya decirlo es acto de reconocimiento de la acción misma del poder decir terapéutico. El cuerpo terapeuta se expone con su palabra actuando, no mira desde fuera de él, se vive con la otredad y se expone al amor del otro y, por consiguiente, al odio de lo que no es el otro sino lo mismo castrador. Llamo aquí lo mismo castrador al hombre que se considera amo del mundo y del otro, dueño y artífice de sus símbolos y su cultura. Es el gran difusor, dueños de aparatos poderosos que emiten las señales del dominio. Es quien convirtió la palabra, el lenguaje y la imagen en una industria y el mundo se volvió mercancía vendida y comprada, vuelta infeliz que no sólo es económica sino simbólica.

Una frase que me atrapó del libro de Bordelois: “la palabra sola no puede salvarnos, pero no nos podemos salvar sin las palabras” (2007, p. 98). La palabra pan de cada día, la palabra alimento, la palabra volante, voladora. Una palabra bastará para salvarme, o para matarme. La palabra maga y la palabra mala. El mundo da vueltas y vueltas, el hombre da vueltas y vueltas, el lenguaje da vueltas y vueltas. Tratemos que la próxima vuelta no sea la última. La palabra del otro en mi libertad, mi libertad en la alteridad donde un nosotros terapéutico puede ser posible.

Signos, símbolos y sentimientos en la dimensión de curarnos y comprender la dimensión polisémica de nuestro templo cultural.

Cuando hablábamos con el doctor Isidoro Requena, nos invitaba a trabajar como en las colmenas. De allí viene la idea de considerar la cultura en comunicación sabia de todas sus expresiones. La colmena se opone radicalmente a la incomunicación, sería la manera de organizar el sentido de lo colectivo desde “la sabiduría milenaria”. Todos los pueblos de la “patria arriba”, expresión de Briceño Iragorry, han sabido elaborar prácticas sociales de diferente tipo que los coloca en esa dimensión de sabiduría. La colmena es juntura de la heterogeneidad para el diálogo, lavar las palabras desde los fragmentos para buscar el sentido colménico. Así, la semiótica del orgullo postula la búsqueda de la comunicación, desde el nosotros fragmentado, hacia un nosotros “en un mejor lugar” terapéutico, curativo. Desde el lugar habitado, reconocernos como fragmento del mundo, de la cultura y del día a día, asediados por los discursos ideológicos de la división, y en capacidad de interpretar los signos, símbolos y sentimientos como “cuadro de mundo” en función de impulsar la comunicación de los diferentes. La historia está llena de este sentimiento, por la incomprensión o la incapacidad de “trabajar en colmena”.

En “Preguntas a los verdaderos amos del mundo” Pierre Bourdieu hace la siguiente consideración: “… ¿acaso ustedes dominan su dominio? O para decirlo más sencillamente, ¿saben que es lo que están haciendo y todas las consecuencias que ello acarrea? Preguntas a las cuales Platón respondía con una fórmula célebre que sin duda también se aplica aquí: “Nadie es malvado voluntariamente” (Bourdieu, 2008, p.p. 48-9).

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