Cartas | La cultura de la división | Por: Juancho Barreto

 

Juancho José Barreto González

proyectoclaselibre@gmail.com

De Dondequiera que vayas. Ensayo sobre el miedo, quiero transcribir como carta de esta semana lo que sigue:

La política es obligarse a la verdad para transformar la realidad a favor del mundo humano, no en su contra o a favor de uno de los tronos. Hace cuarenta años en el barrio se decía “viene trono”. Borracho, drogado. La división nos ha drogado unos contra otros y de la naturaleza de la división arribamos a la “cultura de la división”.

La verdad es que necesitamos de un extraordinario esfuerzo para comprender todo esto que he llamado “estrategia invisible”, comporta esta estrategia la extinción de los vínculos, de las relaciones, de las imágenes umbilicales, aquellos nexos que nos comunican con la memoria de ser habitantes de la tierra y del agua. Es la mejor explicación que puedo ofrecerles de esta mirada hacia nuestros orígenes y la alerta por nuestra fragmentación social como estrategia imperial con sus tácticas de “desperdigar”. No podemos seguir tan forondos, tan pasivos, pues.

Se ha hecho muy poco para profundizar y comprender las diferencias y se ha hecho mucho para distanciarlas cada vez más. El rasgo común en todas partes es la debilidad de los nexos comunes y desaparecen los espacios para encontrarse en los lugares que alguna vez volverán a ser comunes. El lugar de los albañiles culturales, donde seamos capaces de reconstruir y recrear la comunidad. La lingüística del insulto, el “coñoesumadrismo” semántico, invadió la vida de manera monstruosa, se sobrevalora por encima de cualquier sentimiento de la cercanía.

La cultura de la distancia como ideologización de los odios impide oírnos, tenemos que gritar como si estuviésemos en el páramo donde el viento es muy fuerte y tenemos que gritar para que el otro nos pueda escuchar para herirlo. El amor se volvió una mentira y la paz en una consigna bufa, llena de huecos por todos lados. El ánimo cotidiano ha sido perforado y la alegría se coloca bajo sospecha, si te ríes es porque “estás muy bien”. Es prioritario convertirnos en unos constructores culturales, en albañiles y campesinos capaces de edificar y sembrar lugares comunes para relacionarse y vivir, no para seguir partiendo las naciones en el marco de una geointeligencia que ha instrumentado la división de los pueblos y comunidades, ha desvalorizado la reunión y el discernimiento para apuntar al control de los fragmentos y sus conflictos, capaces de garantizar la efusión hacia lo empresarial globalizado de las geoenergías fundamentales para funcionar desde una geopolítica singular donde son las potencias económicas y militares quienes deciden el comportamiento de los gobiernos, y el sustrato de derechos para los movimientos sociales, cuando no son una amenaza para este tan mentado establecimiento neoliberal de la globalización.

Los constructores culturales del lugar común debemos inventar, crear y reinventar todas las técnicas posibles para la reunión, el discernimiento y la resolución de los conflictos comunitarios y nacionales. Una especie de nacionalismo comunitario donde la casa-nación se reinventa. El viejo maestro de los pueblos, Mario Briceño Iragorry, nos recuerda que el nacionalismo no se opone al internacionalismo, pero sí al imperialismo. En nuestro caso latinoamericano, la construcción cultural del lugar común queda asociada con la pendiente utopía de la Gran Colombia, atascada hoy al igual que ayer, y atacada, por quienes se acostumbraron a decidir por encima de las comunidades, dejándonos sólo el papel de ser subalternos de la geopolítica y de la geointeligencia, cuyo poder pretende disputarse, y se disputa el planeta bajo nuevas reconfiguraciones. (Dondequiera que vayas, Ensayo sobre el miedo, 2020, pp. 23-26).

 

 

 

Salir de la versión móvil